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FAU-Chola: Copey [Completo]

In FAU - Chola on marzo 12, 2010 at 3:01 am

Extraído de la página oficial de la FAU

Documentos de FAU – 1972

En los últimos meses han sucedido cosas importantes. Hechos que introducen variantes suficientemente grandes como para justificar el replanteo de temas tácticos, que exigen más afinamiento dentro del nuevo marco creado por aquellos hechos. Sin duda lo más importante ha sido la ofensiva represiva y sus efectos, ya bien visibles. Parece prioritario, antes de entrar a toda consideración, realizar un balance, necesariamente sintético, de esos efectos de la campaña represiva, sobre el Movimiento de Liberación Nacional (M.L.N.), principal objetivo de la misma.

Esquemáticamente los resultados obtenidos por la represión se pueden expresar así:

  1. Se causaron pérdidas muy importantes, en efectivos al M.L.N.

  2. Lograron desmantelar, de manera grave, su infraestructura (locales, berretines, servicios, etc.).

  3. Gran parte del armamento y parque cayó en manos de la represión.

  4. Han sido asesinados o detenidos gran parte de los cuadros previsiblemente mejor capacitados para vertebrar el funcionamiento del M.L.N.

Esto es lo que surge de la información disponible y son esos los hechos sobre los que insiste la propaganda reaccionaria.

Pero, además, se pueden deducir dos resultados de tipo político:

  1. Se ha revelado, inequívocamente el potencial que había desarrollado el M.L.N., dejando en claro un ejemplo de lo que se puede hacer en esta materia.

  2. Se ha demostrado cómo un aparato armado, realmente importante, puede ser desarticulado, desmantelado y reducido, en términos relativos, a un nivel mucho más bajo de operatividad, en un plazo corto, si los criterios que orientan su acción no son adecuados.

En esos resultados obtenidos por lo represión, la propaganda reaccionaria pretende fundar conclusiones políticas. “La lucha armada no es viable en el Uruguay y, la violencia -como el crimen- no paga”, afirman sus portavoces. “La lucha armada no sólo no conduce al poder sino que es contraproducente, compromete el trabajo de masas y deja ‘pegados’ a los militantes que lo realizan”; corean los reformistas.

La selectividad de la represión que zarandea y golpea, ocasionalmente al reformismo, pero, en definitiva, lo “perdona” tiende a:

  1. Premiar, ahorrarles el castigo, a quienes se mueven políticamente dentro de las pautas previstas por el sistema.

  2. Dejar abierta una salida, un escape legalizado y controlable, a las tensiones sociales. Golpeando selectivamente a los revolucionarios, se beneficia políticamente al reformismo. Es por esa vía, parece indicar la represión, que debe tramitarse la lucha de clases.

Las clases dominantes quieren imponer que todos jueguen su juego. Un juego inventado, previsto por ellos. Un juego en que ellos no pueden perder. Ese juego bien conocido: partidos legales, propaganda controlada, elecciones periódicas… y vuelta a empezar. En ese juego ellos tienen una carta que “mata” a todas las otras. Es la represión. Políticamente hablando, la dictadura. Convencer a todos de que es así, de que es inevitablemente así, de que ese juego de ellos es lo natural, de que siempre será así, es el cometido político de la represión.

Lograr que todos los revolucionarios se pregunten: “¿Si hicieron esto, tan rápido, con una organización como el M.L.N., qué no harán con otros?”. Facilitarles a los reformistas y claudicantes de todo tipo la presunta confirmación de su tesis contrarrevolucionaria: “la violencia no paga”, “los aventureros”. Sugerirles a los vacilantes el camino del “bien y de la ley”. La búsqueda, dentro del sistema capitalista, de la manera de hacer que sea menos malo… salvando el sistema como tal. Todo eso y mucho más es la “lección” que quieren hacer aprender. Muchos dudan. A nivel de opinión pública es casi inevitable que surja el gran reflujo de desengaño ante el presunto fracaso de la vía armada, de la que muchos esperaban un desenlace revolucionario más o menos próximo. Muchos tienen miedo y el miedo los paraliza. Muchos quedarán “quemados” por la experiencia negativa.

Todo eso pasa cada vez que la revolución sufre una derrota. Y lo que parecerá ser el desmantelamiento del aparato del M.L.N. es, digámoslo con toda claridad y pensando bien las palabras, una grave derrota para la revolución uruguaya. Es una importante batalla perdida. No es, no puede ser ni será el fin de la guerra. No es, no puede ser, por supuesto, el fin de la lucha de clases. Esta existe y existirá, bajo formas distintas, con niveles distintos en cada momento, en cada etapa, hasta que el sistema se derrumbe. Así será porque esa lucha nace del propio sistema capitalista, de su propia esencia explotadora y opresiva. Es un producto de su organización y funcionamiento. Mientras ese sistema exista, habrá inevitablemente, lucha de clases.

La derrota de hoy no es tampoco el fin de la lucha armada. Esta existe y existirá como un nivel de la lucha de clases mientras el proceso económico-social y político de nuestro país se siga dando dentro de los términos actuales. Porque ese nivel de lucha armada surge como una necesidad planteada por las características del proceso de deterioro económico-social y político al que no le han encontrado ni le encontrarán salida las clases dominantes. Es ese deterioro sin salida el que plantea la necesidad de un nivel de lucha armada, y mientras siga el proceso de deterioro seguirán habiendo condiciones para una actividad armada. Siempre habrá organizaciones que asuman esa tarea para la cual las condiciones están dadas.

La lucha armada no terminará, en fin, porque hay organizaciones en condiciones de continuarla. Y continuará.

Lo que no debe perdurar es la concepción errónea que ha predominado aquí, hasta ahora, en esa materia. Lo que está en crisis -confiemos que definitivamente- es la concepción foquista. La derrota que bajo esa orientación sufre hoy la revolución uruguaya es para nosotros, revolucionarios, también nuestra derrota.

El camino de la revolución no transcurre en un prado florido. Es difícil, tortuoso y está empedrado de dificultades. Por él se avanza y en él se aprende y hasta cayendo. ¿Cuántas veces? ¿Cuánto tiempo? No hay en estas cosas, bola de cristal ni magos que puedan predecir el futuro. Aquí, también se hace camino al andar. La marcha es larga, lo sabemos. Lo único decisivo es la voluntad de seguir adelante. No para quemarnos como bonzos, en aras de una fe ciega. Sino porque las condiciones en que se desenvuelve el proceso lo hacen imprescindible y posible. Sólo abandonaremos la vía de la acción armada, si un cambio muy importante de aquel proceso nos indicara que ella es contraproducente para los fines revolucionarios. Nada que indique ese cambio ha sucedido. Al contrario. El proceso de deterioro es más claro y grave que nunca. Nada indica, por lo tanto, que tengamos que cambiar la estrategia, y en esa estrategia, la lucha armada ocupa un lugar fundamental.

La actividad armada se orientó hasta hoy, predominantemente, a través de la concepción foquista. Con esa concepción discrepamos desde el principio, vimos y señalamos sus debilidades, hicimos lo posible porque ellas fueran superadas, orientamos nuestra práctica según otra línea. Contra todas las apariencias, por encima de nuestras propias insuficiencias, de nuestros propios errores, el tiempo, los hechos, nos han dado la razón. No podemos alegrarnos al comprobarlo. Ante tantos compañeros del M.L.N. asesinados, torturados bestialmente, presos, ante toda esa maravillosa construcción levantada en años por el esfuerzo de tantos que se jugaron por la revolución y que hoy parece irse derrumbando, no podemos sentir satisfacción por el hecho de que se cumpla puntualmente lo que previmos hace años. Esos muertos son nuestros muertos, esos torturados son nuestros torturados. Tan nuestros como los compañeros de la Organización que hoy, que ahora mismo, están soportando las más salvajes torturas, están jugando su vida defendiendo los principios, la vida y la línea de nuestra Organización.

Lejos de nosotros, pues, toda suficiencia. Mucho más lejos, obviamente, la actitud canallesca de los reformistas, oportunistas y cobardes, que escupen ahora, ostentosamente, el odio contrarrevolucionario que escondieron hipócritamente, cuando las cosas iban mejor. El camino es largo, tortuoso, empedrado de dificultades. Es casi imposible no tropezar, no caer inclusive. Sobre todo en las condiciones tan complejas, tan particulares de Venezuela. Pero de los tropiezos y las caídas hay que aprender. Si, la marcha es larga y difícil. Por eso mismo sería imperdonable tropezar dos veces en la misma piedra. Para no hacerlo, para aprender, hay que analizar con la mayor objetividad posible lo que ha pasado en estos meses duros, y a partir de las conclusiones de ese análisis, habrá que afinar la técnica, prever más pormenorizadamente sus términos.

II

Como toda victoria revolucionaria, el triunfo de la Revolución Cubana tuvo en América Latina un efecto estimulante contribuyendo a hacer avanzar el proceso de la lucha en todo el continente. Demostró la viabilidad de la lucha armada, evidenció la existencia de condiciones para iniciarla. Demostró que, incluso, en ciertas condiciones precisas y concretas, se podía obtener la victoria en un lapso relativamente corto. Esa fue la experiencia cubana. No nos queremos extender aquí sobre las vastas y variadas repercusiones que la Revolución Cubana tuvo. De Cuba aprendieron los revolucionarios muchas cosas. También aprendió la contrarrevolución.

Hoy nos referimos sólo a una concepción de la lucha armada, que se presentó como basada en la experiencia de Cuba. Esta concepción conocida como “teoría del foco” o “foquismo” sistematizada en su momento por Régis Debray, especialmente en su obra “¿Revolución en la Revolución?” pretendió ser una conceptuación de la experiencia cubana. Pretendió concretar en algunos criterios estratégico-tácticos bastante precisos, las enseñanzas que, según sus sostenedores, se podían sacar de la guerra de guerrillas en Cuba. Esos criterios estratégicos se presentaron como generalizables, como aplicables en la mayoría de los países latinoamericanos. Su influencia fue muy grande, motivando entonces, sobre todo a propósito de su formulación por Debray, polémicas muy intensas.

En nuestro país también se polemizó al respecto, también se ejerció fuertemente la influencia de esas concepciones. Esas concepciones fueron las que guiaron, básicamente, la práctica de M.L.N. Apresurémonos a aclarar que la línea del M.L.N. no fue, sin embargo, una aplicación digamos ortodoxa, clásica, de los criterios foquistas. A lo largo de sus años de actuación y aún desde sus comienzos, dicho movimiento introdujo variantes, corrigió o adaptó los conceptos foquistas. La línea estratégico-táctica del M.L.N. no ha sido un traslado mecánico de la línea foquista primera y original. Esas adaptaciones constituyen lo original, lo propio, lo específico de la experiencia de guerrilla urbana (las Unidades Tácticas de Combate) que el M.L.N. protagoniza en Uruguay. Sin embargo, a pesar del grande y muy valioso esfuerzo creador aplicado a la adecuación del foquismo a las condiciones locales, ese esfuerzo no llegó a alterar los supuestos básicos foquistas que informan la práctica del M.L.N. Este constituye una variante sin duda original y específica del foquismo. Por eso dada la gran importancia que la actividad que ese movimiento tiene en el proceso de las luchas en nuestro país, es útil antes de analizar su actuación, realizar un balance evaluativo de los criterios que constituyen la concepción foquista de la lucha armada, tal como ellos fueron formulados por sus teorizadores, en especial por Debray.

Nuestra Organización discrepó con el foquismo desde su surgimiento como concepción. Entendemos que los fracasos que hoy experimenta el M.L.N., y con él la revolución uruguaya, responden a que las debilidades del planteo foquista no fueron superadas oportunamente, por el M.L.N. A que sus esfuerzos apuntaron a una adaptación del foquismo y no a romper con él. Esto nos lleva en primer término a exponer brevemente las características que entendemos más salientes del planteo foquista.

Estas son:

  1. La necesidad de iniciar la lucha armada a la brevedad posible siempre que existan ciertas condiciones económico-sociales que la hicieran viable. Se partía de la base de que esas condiciones estaban dadas en la casi totalidad de los países latinoamericanos (Debray decía que el Uruguay y Chile eran la excepción, que en ambos países no se daban esas condiciones), como consecuencia de su subdesarrollo y atraso.
  2. Las condiciones políticas y aún ideológicas (llamadas “condiciones subjetivas”) se desarrollarían como consecuencia de la actividad del foco armado. De ahí que la existencia o no de los partidos políticos revolucionarios se considerase como algo secundario y seguramente no prioritario. Las simpatías suscitadas por la actividad militar del foco, debían ser encuadradas en organizaciones cuya función era, casi exclusivamente, contribuir al esfuerzo y la victoria militar. Más que partidos, propiamente hablando, lo que se trataba era de organizaciones de apoyatura y sostén del esfuerzo militar, con tareas de cobertura, apoyatura logística y propagandística, reclutamiento, etc., concentradas hacia el desarrollo del potencial operativo del foco armado, y a su crecimiento. El desarrollo de la lucha se mediría en términos de crecimiento de la capacidad operativa; el éxito en términos de éxito militar; y la victoria era la victoria militar en la guerra. La expectativa y la confianza en esa victoria, que surgiría de la acción armada, era el logro y el requisito esencial en el plano ideológico.
  3. La guerra se concebiría en términos de guerra de guerrillas, centrada en el medio rural, al amparo de condiciones geográficas adecuadas (montañas, selvas, etc.) que hicieran posible el ocultamiento de los guerrilleros y viable la táctica de “golpear y desaparecer” moviéndose siempre, característica de la guerrilla rural. En su formulación clásica, original, el foquismo negaba la viabilidad de la guerrilla urbana. Por definición “siempre en presencia del enemigo” siempre alcanzable por éste, el guerrillero urbano -se decía- estaba condenado a un rápido aniquilamiento. La actividad armada y urbana sólo cumpliría una función complementaria de la guerrilla rural, que sería quien protagonizaría el enfrentamiento, y quien a través de muchas pequeñas victorias parciales, conquistaría la victoria final reduciendo a la impotencia al ejército contrario.
  4. La actividad militar del foco inauguraría un proceso donde cada acción, cada operación del foco motivaría réplica generalizada, respuesta de la represión. En la medida en que la guerrilla fuera operando con intensidad mayor, a niveles más altos, la represión se iría endureciendo, se iría generalizando. En la medida en que la dura represión, generalizándose, afectara a un sector cada vez más amplio de la población, mayores serían las simpatías que concitaría el foco y mayores, por lo tanto, sus posibilidades de desarrollo. En esta dialéctica ascendente de acción-represión, se generarían condiciones político-sociales cada vez más favorables a la acción militar, hasta culminar en una situación ideal en que importantes sectores de la población, sosteniendo a la guerrila, su vanguardia armada, impondría la caída del gobierno despótico, solo sostenido por la minoría privilegiada y por el aparato represivo, vencido en sus esfuerzos por suprimir militarmente la guerrilla.

La generación de esta dinámica -en definitiva el planteo central del foquismo- emanaría de los éxitos armados. Estos generarían la perspectiva de victoria capaz de atraer a las masas en el marco de una creciente opresión política. La actividad de la guerrilla, la respuesta represiva que ella inevitablemente produciría, cerraría ante las masas todas las puertas, todas las vías que no fueran la vía de la lucha armada, volcando -necesariamente- al pueblo del lado de la revolución. Así se procedería por un camino corto, simple y directo, a la “politización de las masas”, su nucleamiento tras la vanguardia armada guerrillera. A partir de este planteo se caía en la subestimación de la importancia de toda la actividad de masas (gremial, propagandística, política pública) no apuntada de manera directa a favorecer el esfuerzo bélico. Una actividad de masas suponía distraer fuerzas en aspectos considerados muy secundarios o aún negativos en la medida en que pudieran abrir expectativas y perspectivas que compitieran, eventualmente, con la vía de la lucha armada. Por lo demás, se partía de la base de que toda organización, toda actividad pública, sería barrida rápidamente por la represión una vez puesta en marcha la mecánica acción-represión accionada por el foco guerrillero. El tiempo transcurrido, la intensa, rica y tantas veces dolorosa experiencia realizada en estos años por los movimientos revolucionarios latinoamericanos, han ido dejando en claro los funestos errores del foquismo.

  1. El simplismo de su concepción sobre las condiciones necesarias para iniciar y sobre todo para llevar adelante la lucha armada. Este tema, vasto y de importancia definitoria, merece, obviamente una consideración particularizada, que desborda el marco de esta breve referencia. Involucra el análisis de las relaciones entre las condiciones del nivel económico de la lucha de clases y los niveles político e ideológico (condiciones subjetivas de la misma y la consideración del papel que le cabe a la actividad armada en relación con ellos. Implica el deslinde con las corrientes reformistas, y lleva, necesariamente, a dilucidar puntos de vista teóricos, y a la crítica de las raíces sociales e ideológicas de la propia concepción foquista. Volveremos sobre este tema.
  2. El desarrollo de las condiciones políticas y mucho menos el de las condiciones ideológicas, no se deriva de la actividad de la guerrilla en los términos bastante mecánicos previstos por el foquismo. La actividad del foco armado no se ha evidenciado como un sustituto adecuado, ni siquiera como un sustituto posible y viable de la actividad de partido. Esta insuficiencia salta a la vista en la medida en que la lucha se prolonga. Las respuestas políticas, tanto de las clases dominantes como de las dominadas, no se ajustan a las previsiones demasiado esquemáticas y rectilíneas del foquismo. Es evidente que pesó sobre esta concepción una perspectiva demasiado simplista de la estructura y funcionamiento de los niveles político e ideológico, cuya importancia, notoriamente se subestimó. Se sobrestimó, en cambio, notoriamente, la posibilidad de forzar por las armas el cambio de las condiciones políticas y de la mentalidad, creencias, de la gente. El retardo en el avance de las llamadas condiciones subjetivas siguió pesando, produciendo frecuentemente, el aislamiento del foco rural, y creando así, las condiciones de su aniquilamiento.
  3. El rechazo de la posibilidad de una guerrilla urbana y la exclusividad reclamada para la guerrilla rural, es cosa juzgada por los hechos. Ha existido y existe una amplia práctica de lucha armada urbana. Inclusive es notorio que es ésta última la que ha ido adquiriendo en América Latina y aún a nivel mundial, un mayor desarrollo.
  4. La mecánica acumulativa y ascendente de acción-represión, que conduciría a una polarización favorable de fuerzas, generalizando y aislando a la represión, y desarrollando y arraigando al foco, no se da habitualmente. La represión ha aprendido a mantener su selectividad, las clases dominantes pueden y saben adoptar contramedidas que traben y reviertan esta dinámica. En su estrategia, la actividad contrarevolucionaria del reformismo y el manejo de los viejos mitos ideológicos del liberalismo burgués, (las elecciones, la legalidad, etc.) han jugado un papel de una importancia que el foquismo no previó.

III

A la influencia de la concepción foquista puede imputarse la mayoría de los fracasos experimentados en los años posteriores al triunfo de la Revolución Cubana. No fue la lucha armada lo que fracasó, las que fracasaron claramente fueron las expectativas cortoplacistas que el foquismo entraña. En medio de esos fracasos es innegable -sin embargo- que la práctica amplia de la lucha armada contribuyó decisivamente a modificar las pautas y características de la acción política en América Latina.

La práctica armada modificó radicalmente la manera de percibir y encarar los problemas de la revolución. Elevó a replantearse éstos en términos concretos y precisos. Puso sobre el tapete con realidad y urgencia acuciantes, los temas relacionados con las formas concretas de lograr con la violencia, la destrucción del poder burgués. Desde entonces está abierta insoslayablemente el problema del método a emplear, para desarrollar la vía armada de la revolución. El problema de la estrategia militar revolucionaria. Todo ello entrañó una revalorización del empleo, a todos los niveles, de la violencia revolucionaria.

De la revolución hace varios decenios que se habla mucho en estos países. Pero hacía tiempo que poco se hacía por ella en concreto. Nada se planteaba respecto a las formas concretas en que el proceso revolucionario se plasmaría. En general el vacío que este problema sin previsible solución dejaba, se rellenaba con el mito de la llamada “insurrección proletaria” concebida en términos de un levantamiento popular generalizado, con gente que salía en masa a la calle, barricadas, etc. Mito heredado del siglo pasado y que la Comuna de París de 1871, el Octubre soviético o el 18 de Julio catalán, concretándolo con realidades, contribuían a mantener vivo en la imaginación de la gente.

No se trata de que insurrecciones de este tipo no se puedan hacer. No se trata de que sean, bajo cualquier condición, imposibles. El “cordobazo” de mayo del 69 y jornadas similares en Rosario, Tucumán y otras ciudades, muestran de manera más que suficiente y con ejemplos bien cercanos, que la era de las insurrecciones populares generalizadas, callejeras, está muy lejos de haber terminado. El problema es que la insurrección se convierta en mito, un mito cómodo, oportunistamente manejable, si se la aisla de la práctica política concreta, habitual y cotidiana. Y eso es lo que desde hace muchos años hacía y hace el reformismo. Eso es lo que hizo primero la social democracia de los viejos partidos socialistas, que terminó renunciando expresamente a la violencia, a la insurrección y a la revolución. Eso es lo que hicieron y hacen los neo-socialistas de los partidos comunistas que todavía hablan de revolución mientras hacen lo posible para que ésta no llegue.

El reformismo ubica la insurrección en el cielo de los ideales inalcanzables. Exaltándola verbalmente trata -en los hechos- de impedir que se prepare. En ese desencuentro, en esa incoherencia entre su práctica política contrarrevolucionaria y su verbalismo sobre un desenlace insurreccional final, buscan fundamentar su eterna afirmación de que “faltan condiciones” cada vez que se intenta hacer avanzar el proceso de la lucha política, aplicando medios no incluidos en su muy limitado recetario. Este se limita básicamente a dos cosas: a) en el nivel económico de la lucha de clases, acción reivindicativa salarial, desarrollada con el mayor respeto por la “legalidad” burguesa y por ende pacífica; b) en el nivel político, parlamentarismo, electoralismo, como forma de capitalizar políticamente los resultados de la lucha económica. Confinando su práctica a todos los niveles dentro de los marcos cada vez más estrechos de la legalidad burguesa, el reformismo crea las condiciones para su integración cada vez mayor en el sistema. Obstaculiza y trata de impedir el desarrollo de las condiciones para la destrucción de éste.

Es obvio que si el designio y el proyecto revolucionario no están presentes guiando la práctica cotidiana de la lucha a todos los niveles, nunca se procesarán las condiciones para un desenlace revolucionario. El sistema capitalista no será destruido siguiendo las reglas de juego que él mismo se da para asegurar su continuidad. Esa continuidad es la que contribuye a mantener quien se aviene a hacer sólo lo que la legalidad burguesa permite, o sea sólo lo que la legalidad manejada por la burguesía, recomienda que se haga. Por eso de la línea reformista sólo puede surgir un reformismo cada vez mayor, un retroceso cada vez mayor respecto del famoso desenlace insurreccional que posponen para un “momento oportuno” indefinible. Por eso no pueden formular, ni quieren hacerlo, ningún lineamiento estratégico-militar.

Convirtiendo en mito la idea de la “insurrección proletaria”, los reformistas la convierten en pretexto legitimante de su práctica contrarrevolucionaria, tan útil al sistema. Lejos de representar una alternativa opuesta a éste, apuntada a destruirlo, se convierte en la práctica diaria, en los hechos concretos y cotidianos, en una manera de “perfeccionarlo”, de corregirlo en sus manifestaciones más extremas y visibles de injusticia.

Importa insistir sobre esto, porque el mito de una inaprensible insurrección futura, súbita y milagrosamente surgida, sin que nadie la prepare, como final paradójico de una práctica ultralegalista, es la contrapartida de otro mito arraigado: el de la invencibilidad de la represión. “La revolución será posible cuando haya condiciones” dicen los partidos comunistas y con ellos todos los reformistas agregan “llegará entonces el día de la revolución”. “Pero los que antes de ese día violen las leyes, empuñando las armas, serán fatalmente vencidos” afirman. Y a partir de ahí condenan siempre como “putchistas”, “aventureros”, “aprovechadores” a quienes no se resignan a transitar por la vía muerta electoral, esperando ese hipotético día en que la revolución baje milagrosamente del cielo idealista en que la recluye la charla barata de los capituladores.

Esta absurda concepción, disfrazada con fraseologías seudo-científicas, fue durante mucho tiempo la predominante en la izquierda. Ante cada fracaso, ante cada derrota de la revolución, se trata, otra vez, de rehabilitarla como un dogma inviolable. Ante cada triunfo de la revolución se trata de adoptarlo, se trata de inventar seudo-demostraciones de que en realidad la revolución avanza aplicando las doctrinas…de los reformistas.

Pero a pesar de sus inagotables recursos “polémicos” los reformistas no pueden ni podrán destruir los hechos. Y es en el terreno de los hechos donde se ha demostrado la viabilidad de la lucha armada, ya incorporada definitivamente a la estrategia política de las organizaciones revolucionarias.

El problema vigente es el de las características precisas que debe revestir en cada formación social, nacional o regional, esa estrategia.

No está sobre el tapete una polémica en torno a la adopción de la guerrilla urbana o la rural como formas exclusivas o excluyentes. No radica allí el centro del análisis útil que puede realizarse en torno a la experiencia de lucha armada pasada o actual. El tema central es el análisis de la concepción foquista que en su formulación primaria y ortodoxa sostuvo la guerrilla rural como forma prioritaria y exclusiva, pero que luego se adaptó también a formas de guerrilla urbana. Es esta concepción foquista en todas sus variantes lo que está en crisis y no la lucha armada, que mantiene su vigencia. La lucha armada como la concebimos, como aspecto fundamental de la práctica política de un partido clandestino que actúa también, en base a una estrategia armónica y global, a nivel de masas. Es esta concepción correcta de la lucha, la que resulta reafirmada por la experiencia recogida.

IV

El desarrollo de la lucha cambió totalmente en estos últimos años los términos en que tradicionalmente se planteaba la lucha en América Latina. Significó la superación, seguramente definitiva, de una larga etapa en la cual aquella lucha se concebía según dos pautas:

  1. a.     a nivel económico de la lucha de clases: actividad de masas, sindical, de contenido reivindicativo, fundamentalmente salarial, procesada por los métodos tradicionales (paros, huelgas, actos, etc.) practicados dentro de los marcos de la legalidad burguesa.
  2. b.     a nivel político de la lucha de clases: actividad de partidos legales con sus métodos tradicionales (locales públicos, actos, propaganda, publicaciones, difusión ideológica, etc.) apuntada decisivamente a obtener resultados electorales.

La vía para llegar al poder (identificado falsamente con el gobierno) era el voto. La obtención de representaciones parlamentarias cada vez más numerosas, significaba etapas hacia ese desenlace. La violencia en los niveles tanto económicos como políticos de la lucha de clases -decían- era negativa puesto que implicaba poner obstáculos, “pretextar” obstáculos a la vía electoral. Concebida ésta como la única vía posible para llegar al “poder” y siendo éste el problema cardinal de la práctica política, todo debía contribuir a mantener abierta esta vía. Dicho de otro modo: siendo la obtención del poder lo políticamente decisivo, llegándose al poder por la vía electoral y siendo las elecciones algo “legal”, había que estar dentro de la ley para poder votar…y así poder llegar al poder.

Esta ha sido y es la médula del planteo político reformista, electoralista. En base a ese planteo toda violencia debería ser rechazada porque hace peligrar las elecciones, y por lo tanto, la posibilidad de llegar al poder. Se complementa esta “argumentación” identificando el legalismo con la posibilidad de realizar cualquier tipo de actividad de masas. Aún a nivel sindical, sólo se podrá mantener “contacto con las masas” actuando “legalmente”. La violencia sólo da “pretextos” a la represión, represión que fatalmente “aisla”, tal parte del razonamiento que los reformistas hacen. A nivel de la lucha económica, la violencia “pretexta” represión, aisla, perjudica la actividad de masas y hasta puede pretextar que la reacción obstaculice la única vía -necesariamente electoral y por tanto necesariamente legal- para llegar al poder. Sería entonces “infantilismo”, “espontaneísmo”. Y ahí los reformistas se ceban con los errores del anarco-sindicalismo, que al subordinar, efectivamente, el nivel político al nivel económico de la lucha de clases, al no proponer una solución clara al problema de la destrucción del poder burgués, queda “regalado” para críticas demasiado fáciles de los reformistas.

Por nuestra parte y hace años -lo repetimos por las dudas- sostenemos que el objetivo de la violencia a nivel de la lucha económica, NO ES SOLO ni siquiera es PRINCIPALMENTE la obtención de las reivindicaciones económicas en sí mismas. Que la violencia en la lucha económica tiene por función contribuir -entiéndase bien CONTRIBUIR- a elevar el nivel de esas luchas a nivel político. Contribuir (junto con los otros medios: propaganda, lucha ideológica, lucha pública legal o no) a elevar la lucha económica en la mayor medida posible, al nivel de lucha política. Contribuir a elevar la conciencia gremial de interés económico que anima la lucha económica. Contribuir decimos, a elevarla a conciencia política, de interés político que es la conciencia necesaria para destruir el poder político burgués -el estado burgués- objetivo último de toda práctica política revolucionaria.

Destrucción del estado capitalista, destrucción del poder burgués que es necesariamente violento, que no se puede lograr llegando (suponiendo que se pueda…) a través de elecciones a ocupar ciertos cargos oficiales (en las Cámaras o aún en la Presidencia) que son apenas algunos elementos y no los más importantes, a través de los cuales opera el poder burgués. Y como es imposible, nunca se vio, ni nadie sensatamente puede pretender que el estado capitalista se “extinga” para dejar paso al socialismo, ni que la burguesía vaya a “donar” pacíficamente sus propiedades al pueblo o vaya a renunciar pacíficamente a su dominación y a su poder, éstos deben ser destruidos por la fuerza.

Sólo los caraduras burgueses, mintiendo a sabiendas, hablan de que el capitalismo ha cambiado en su esencia. Que ahora es “capitalismo del pueblo” como dicen los ideólogos yanquis y corea aquí, repitiéndolos Rafael Caldera. Sólo los vivillos -o papanatas- reformistas creen que le van a cambiar, de a poquito, con “sabias” leyes parlamentarias. O que pueda haber un capitalismo “bueno”, dirigido por una “burguesía nacional”, que algunos inventan cada vez que la cosa se pone medio fea…

La afirmación de esa necesidad de la violencia revolucionaria, la necesidad de la revolución, y la superación teórico-práctica del reformismo pequeño-burgués (nacionalista o democristiano, “populista” que le dicen) u obrero (social-demócrata, trotskista, o comunista, “marxista” que le dicen) ha sido el aporte fundamental que las organizaciones armadas de América Latina han hecho al proceso ascendente de las luchas de nuestros pueblos.

Una organización es realmente revolucionaria si se plantea y resuelve realmente el problema del poder, y el problema del poder sólo se resuelve con una adecuada línea de práctica de la violencia, o sea con una adecuada línea militar. La demostración en suma de que sólo habrá socialismo con revolución, o sea con destrucción violenta del estado burgués. Que sólo habrá destrucción violenta del estado, del poder burgués, con una práctica político-militar adecuada, son todos aportes hechos en estos años por las organizaciones armadas del continente. Dicho de otro modo. Ninguna organización es realmente revolucionaria hasta que no se plantea y resuelve los problemas del aspecto violento, militar de su práctica política.

No hay política revolucionaria sin teoría revolucionaria. No hay política revolucionaria sin línea militar revolucionaria. Todo esto ha quedado claro, y clarificar esto ha sido un aporte invalorable. Ha hecho avanzar la lucha de clases a todos sus niveles.
Pero la realidad es dialéctica. Cuando se han hecho ciertas comprobaciones, a partir de esas comprobaciones surgen problemas nuevos. Cuando se ha llegado a un nivel superior, más elevado de comprensión, de práctica, y de experiencia (y la comprensión -salvo para los charlatanes de café- siempre indica experiencia, práctica) nuevos problemas, también a un nivel más alto, más fino, requieren nuestra atención y deben ser resueltos.
Nuestro país no ha sido, como pronosticaban algunos, una excepción dentro del proceso de avance de la revolución latinoamericana. Aquí también hemos vivido prácticamente aquellas experiencias. Aquí ha habido y hay una vasta y fecunda práctica político-militar. Analizarla, profundizar en su contenido, comprender realmente las causas y el sentido de sus avances y sus retrocesos, es una tarea decisiva de hoy a la que no nos podemos sustraer.

V

La práctica de la guerrilla urbana en nuestro país por parte de los UTC del M.L.N. supuso, desde el principio, la introducción de variantes en el esquema foquista ortodoxo. La más obvia: el carácter urbano de la guerrilla, que en su momento muchos negaban como viable.

Pero la guerrilla replantea básicamente dos problemas políticos:

  1. el problema de las características que, en condiciones de guerrilla urbana, reviste la vinculación de la guerrilla con las masas y la política a desarrollar en relación con esto. En otros términos, el problema de las modalidades concretas según las cuales, actuando la guerrilla en medio urbano, se capitaliza políticamente la simpatía popular que puede promover su acción;
  2. el problema de como se procesa, a través de la práctica guerrillera urbana, la destrucción militar del aparato represivo, requisito previo para la destrucción del poder burgués.

La mera formulación de estas dos cuestiones nos conduce claramente a plantearnos dos preguntas que son previas, porque las respuestas que les demos, dependerán del tipo de solución que les demos a los dos problemas planteados antes.
Las dos preguntas son: 1º.) ¿Para qué se hace la guerrilla, cuáles son sus objetivos, su programa? 2º.) ¿Cuándo se inicia la lucha guerrillera y cuándo termina?

  1. ¿Para qué se hace la guerrilla, cuáles son sus objetivos, su programa? Ha habido guerrillas cuyo objetivo fue sólo la conquista de la independencia nacional. Planteándolo en términos de clase, esta independencia significa sustituir la dominación política directa por la burguesía metropolitana imperialista, ejercida a través del aparato de estado burgués, metropolitano, sustituirla decimos, por la dominación ejercida por la burguesía local, a través de un aparato de estado burgués local, “nacional”. Las burguesías nacionales en la etapa actual, imperialista, del capitalismo son -lo sabemos- burguesías dependientes y los estados que ellas crean son solo a medias soberanos.
    No le queremos restar su importancia a estos procesos de lucha por la independencia política, ni negar las posibilidades de acción revolucionaria que pueden habilitar en ciertas coyunturas. Simplemente queremos descarnar, desde un punto de vista clasista, la esencia de un asunto en torno al cual se hace cada vez más barullo y confusión.


Guerras por la independencia fueron las que protagonizaron, por ejemplo, el IRA en Irlanda, dirigido por el nacionalista burgués De Valera; el IRGUN ZVAL LEUMI dirigido por el fascista judío Menahen Beguin en Israel; la EOKA dirigida por el coronel fascista greco-chipriota GRIVAS en Chipre. Todas guerras de guerrillas por la independencia nacional, anticoloniales, contra la dominación inglesa. No guerras de liberación, de sentido socialista y antiburgués. Los imperialistas ingleses no querían -por supuesto- irse. La guerrilla, en los tres casos citados, casi exclusivamente urbana, llevó contra ellos guerras relativamente breves. No daremos detalles aquí. Información periodística y somera, pero suficiente a los efectos, se encuentra en libros como “La guerra de la pulga” de Taber.

Inglaterra -imperio decadente como Francia- resistió hasta cierto punto. Cuando el balance de costos económicos y -fundamentalmente- políticos les fue claramente deficitario, se fueron. Porque los ejércitos coloniales pueden irse. Los ejércitos “nacionales”, de las burguesías nacionales dependientes, en cambio, cuando las revoluciones son sociales, anticapitalistas, resisten hasta el fin. Deben ser vencidos militarmente, destruidos. Esto pone sobre el tapete, de entrada, una diferencia esencial entre la dimensión de la tarea militar a que se ven abocadas las revoluciones burguesas por la independencia política y las revoluciones de las clases dominadas por su liberación nacional. De las tres revoluciones anticoloniales que citamos antes, las respectivas guerrillas urbanas, tuvieron como cometido esencial, generar condiciones políticas que ambientaran soluciones de compromiso entre las clases dominantes de sus países y las de los países imperialistas. En el Uruguay, donde la independencia formal ya está conseguida, la función de la guerrilla urbana es la de contribuir a derrocar el poder de las clases dominantes locales, aliadas al imperialismo. Su tarea político-militar, es, por lo tanto, mucho más compleja y esencialmente distinta. De ahí que no nos sea posible recoger, simplemente, como “modelo” la experiencia de aquellas guerrillas urbanas anticoloniales, tentación a la que no siempre se sustraen quienes meditan o escriben sobre estos temas.
Los objetivos de la revolución condicionan toda la política revolucionaria, sin excluir sus aspectos militares.
De ahí que sea previa a toda otra consideración, definir os objetivos o sea, en términos generales, el carácter del proceso revolucionario en el cual se inscribirá la práctica político-militar.
En las guerras por la independencia, la causa es “nacional”, o sea que es la causa de las clases dominantes locales, asumida en general a nivel de militancia concreta, por las pequeñas burguesías locales, imbuidas de la ideología de aquellas clases dominantes.
Cabe hacer esta puntualización puesto que es imposible concebir una idea de nación, de patria, ajena a un contenido de clase. La nación no es más que la nación burguesa, donde dominan los burgueses, cuando este concepto lo maneja la burguesía. Desde un punto de vista clasista, el único concepto de nación aceptable, es el que involucra la desaparición del capitalismo, el socialismo. Así el “interés nacional” de la burguesía, nada tiene de común con el interés nacional de las clases trabajadoras. Pero en las revoluciones anticoloniales es generalmente la ideología nacionalista burguesa la que predomina y aglutina tras las clases dominantes locales, al conjunto de la población. La realidad de la lucha de clases se oscurece entonces, tras la ideología “patriótica”. Entonces es fácil movilizar a todo el pueblo, sin distinciones, tras la guerrilla. Esta obtiene rápidamente un apoyo “nacional” para una guerra “nacional”…burguesa. Si la guerra no es anticolonial sino social -y así será en el Uruguay- habrá tantos “patriotismos” como clases sociales estén en condiciones de generar tendencias ideológicas. Habrá un “nacionalismo” burgués que será la cobertura ideológica de la real dependencia del imperio. Y habrá un nacionalismo obrero y popular que será la proyección, a nivel de la cuestión nacional, de la teoría socialista y de los contenidos ideológicos fundados en ella. La guerrilla urbana no tendrá aquí, nunca, el apoyo de “toda la nación” por más que se proclame nacionalista. Sólo tendrá el apoyo de aquellas clases que estén interesadas en el socialismo. Sucederá así porque nuestra revolución será social y no anticolonial. Porque enfrenta y enfrentará a una burguesía que, por más que sea dependiente en la realidad, económica, política e ideológicamente, en lo formal ya ha concretado la independencia política, ya ha estructurado su estado como estado “soberano”. No es posible aquí -y esto es útil retenerlo- una lucha nacional, anti-imperialista, al margen de la lucha de clases. Dicho de otro modo: lo central y prioritario es la revolución contra la burguesía nacional dependiente y sólo a través de ésta se desarrollará la verdadera lucha por la causa nacional del pueblo.

Toda política militar revolucionaria será, entonces, una política militar de clase, que en todas sus etapas debe coincidir con los intereses de la clase obrera y demás clases trabajadoras. Es inútil, por tanto, intentar concitar la adhesión de sectores burgueses en torno a una política revolucionaria, por más que ésta se vista de “nacional”. Las tareas de la revolución uruguaya apuntan a un tránsito al socialismo y el aspecto nacional de esas tareas, está inevitablemente subordinado a aquel, su contenido esencial.
Ha habido guerrillas cuyo objetivo ha sido lograr, simplemente, cambios a nivel político (derribar una dictadura militar, por ejemplo) y realizar ciertas reformas económico-sociales (reformas agrarias, por ejemplo). Tal fue el caso de la guerrilla en Cuba, en su etapa propiamente guerrillera de la Sierra Maestra. La guerrilla no se inició allí con objetivos socialistas, aunque actuaran en sus filas, desde el principio, militantes que ya eran, sin duda, socialistas como el Che.

La ideología de Fidel en su alegato “La historia me absolverá” luego del ataque al Moncada, es la ideología de un pequeño burgués, liberal y reformista. No más. El programa económico del “26 de Julio” bajo la influencia del economista Felipe Pazos, era desarrollista, postulaba un desarrollo capitalista nacional que incluía, como siempre en estos casos, y como aconsejaba CEPAL, medidas de reforma agraria y reformas sociales diversas. El objetivo político era derrocar la dictadura militar de Batista para restablecer la democracia parlamentaria, la democracia liberal burguesa. El objetivo económico-social era la reforma agraria propietarista, la lucha contra los monopolios extranjeros, el desarrollo capitalista “nacional”, la “justicia social”…capitalista. Se pagaba tributo así a la utopía pequeño-burguesa de un capitalismo independiente, sin las “injusticias” y los “abusos” de los monopolios extranjeros. Un capitalismo pre-monopolista y “humano” con el obrero…

Con este programa, enfrentada a una dictadura corrupta, aplicando por primera vez en América Latina la estrategia del foco guerrillero rural, la guerrilla agrupó, en poco tiempo, tras de sí a todo el pueblo, incluso a la colonia cubana, para enviar fondos al movimiento del “Doctor Castro” que salía, sin problemas, fotografiado en las portadas de “Life”.

¿Qué esperaba el imperialismo? Al principio sostuvo a Batista. Cuando vio que éste estaba gastado lo abandonó. No desembarcaron allí los “marines” como lo harían unos años después en Santo Domingo. Se resignaron a que el “Doctor Castro” -al fin de cuentas un joven e inexperto guerrillero liberal, pensaban- volteara a la dictadura militar. Luego los viajes políticos burgueses de aquella islita vecina se encargarían de que las cosas se encarrilaran democráticamente…en favor del imperialismo y su burguesía dependiente.
Estas previsiones yanquis parecieron cumplirse al principio. Un abogado burgués, el Doctor Urrutia, recibió la presidencia de manos de Fidel victorioso. Miró Cardona fue primer ministro y respetables figuras formaron su gabinete. Es un tiempo después que cayó Batista que se produce la radicalización de la Revolución Cubana, su rápido viraje hacia nuevos objetivos: hacia objetivos socialistas. No vamos a describir ese proceso que nos apartaría de nuestro tema. Baste recordar que Urrutia tuvo que renunciar, que Miró Cardona huyó a Miami, que varios ministros de la primera hora pasaron a la contrarrevolución…

Imperialismo y burguesía esperaban un mero relevo del personal de gobierno y les salió un cambio de sistema social. Nunca más se expondrían en América Latina a tales sorpresas. Toda revolución, en lo sucesivo, debe contar con la intervención extranjera respaldada por las burguesías locales. En el caso uruguayo, cuando llegue a peligrar, alguna vez, la dominación burguesa, la intervención vendrá. Según lo que se puede prever ahora, lo más probable es que intervenga la burguesía de Brasil. Este es otro elemento que importa retener. Recapitulando. Si nos remitimos a las experiencias históricas de guerrillas urbanas victoriosas o a la experiencia triunfante de guerrilla foquista latinoamericana, a la pregunta del principio: ¿para qué se hacen las guerrillas, cuáles son sus objetivos?, deberemos contestar: se han hecho por la independencia política de colonias o por restaurar la democracia liberal-burguesa.

  1. A la segunda pregunta: ¿cuándo se inicia la guerrilla y cuándo termina?, ya estamos, por supuesto, en condiciones de contestarla. La guerrilla anticolonial comienza cuando la maduración de una burguesía local dependiente operando al amparo de una coyuntura internacional favorable, lanza un movimiento nacional. Termina cuando se logra la independencia política formal. La guerrilla anti-dictatorial, democrática, comienza cuando la dictadura, perdiendo su base social, se hace “insoportable” para la mayoría de la gente, incluyendo sectores importantes de la burguesía. Termina, con la restauración de la democracia burguesa.

    En Uruguay, cuando empezó a operar la guerrilla: ¿Había una situación colonial?. NO. ¿Había una situación de dictadura? NO. Pero si no era ni anticolonial, ni democrática, ¿qué sentido, qué carácter, qué objetivos tenía la lucha armada que se iniciaba? Responder a estas preguntas, implica explicarse los errores y aciertos del M.L.N. en la resolución de dos problemas básicos que citamos al principio: a) el de la vinculación guerrilla-masa y b) el de la destrucción militar del aparato represivo.

VI

En el Uruguay, cuando empezó a operar el foco, no había una situación colonial. Uruguay es, por supuesto, un país capitalista dependiente pero es quizás, ahora, uno de los países donde la acción del imperialismo se ejerce a través de mecanismos menos visibles para las masas. El imperialismo existe, pero se ve mucho menos que en otros lados. No se trataría pues de una guerra anticolonial.

No había una dictadura. Existía por supuesto -y existe- la dictadura burguesa de clase, común a todos los países capitalistas, aquí excepcionalmente bien velada por la forma de estado democrático-burguesa. El liberalismo democrático está muy arraigado, como ideología, en la conciencia del pueblo, incluso en la clase obrera. Los partidos tradicionales, el reformismo pequeño-burgués y obrero (encarnado especialmente por el Partido Comunista) contribuyen invariablemente a consolidar en las clases dominadas la influencia de la tendencia ideológica burguesa. A esta tendencia se va integrando, cada vez más, el reformismo obrero que se sigue auto-designando, sin embargo, como “marxista-leninista”.

Pero si no es anticolonial, ni “democrática”, ¿qué carácter tiene la guerra que la guerrilla foquista inició? En términos generales ¿qué carácter tiene -y tendrá- al menos en su etapa inicial y por un largo período, la acción armada en el Uruguay? Tuvo, tiene y tendrá por un largo período, un carácter decisivamente social, un carácter de clase. Tendrá, por lo tanto, una impronta claramente socialista y así será percibida por las clases dominantes que, a partir de Cuba, ven en toda acción popular armada un peligro, diga lo que diga. Se inició y se hará la lucha armada en función del interés de las clases dominadas contra el interés de las clases dominantes. Representará los intereses de la clase obrera, de la pequeña burguesía trabajadora, del proletariado agrícola y también -en una etapa al menos- de la pequeña burguesía tradicional urbana (propietaria de medios de producción) y de la pequeña burguesía pobre y aún media del campo (minifundistas, pequeños y aún medianos propietarios y arrendatarios, etc.). Las clases trabajadoras son beneficiarias de un régimen socialista con el cual por supuesto, no tienen contradicciones objetivas. Los sectores pequeño-burgueses no tienen por qué tener contradicciones antagónicas, en lo inmediato con el proceso revolucionario. Sí las tienen las clases dominantes. Los grandes terratenientes, la fracción comercial de la burguesía importadora y exportadora, ligada al imperialismo, la burguesía industrial asociada o vinculada al imperialismo, los monopolios imperialistas, la fracción financiera de la burguesía, etc. En definitiva, toda la burguesía que aquí, como en toda América Latina es cada vez más dependiente y el imperialismo del cual depende. Todos ellos son y serán contrarrevolucionarios.

La guerrilla, la guerra en nuestro país, por lo tanto no podía ni puede empezar siendo “patriótica” o “democrática”. Aunque puede devenir, en su desarrollo, “nacional” y eventualmente, “democrática”, nace socialista y ese será el fin, su rasgo dominante. Por lo tanto, será enfrentada, desde el pique, por todas las clases dominantes. Tiene un carácter de guerra de clases aunque adquiera, en una etapa avanzada un carácter también de guerra nacional, pues si el proceso avanza, intervendrán las burguesías de los países vecinos.

Esta lucha armada es el nivel más alto de una descarnada y cruda lucha de clases, que ninguna posibilidad de alianzas con sectores burgueses “nacionales” puede, en lo esencial, enturbiar ni aún en la etapa en que se convierta en guerra nacional.

Enunciamos todo esto aquí, en un tono que, provisoriamente puede resultar esquemático, porque sólo lo traemos a colación para ubicar, primariamente, las condicionantes dentro de las que se movió la práctica foquista. Esta implicó una particular comprensión y una peculiar interpretación de esas condicionantes, según veremos.

La acción armada expresa así, el nivel más elevado de la lucha de clases y en el Uruguay, decimos, no puede expresar otra cosa. Al menos inicialmente.

Pero ¿cuál era y cuál es el nivel adquirido por esa lucha de clases aquí? A nivel económico ésta ha tenido una amplia extensión y una relativa profundización, en los últimos tiempos, en ciertos sectores. Hay un movimiento sindical cuantitativamente importante y capaz de actuar, a veces, con bastante combatividad por reivindicaciones de tipo preferentemente salarial, aunque también sostenga objetivos políticos importantes, vinculados, sobre todo a la preservación de la autonomía de los sindicatos como órganos de clase (luchas contra reglamentaciones sindicales u otros intentos de integrarlos institucionalmente al estado). Pero a nivel político e ideológico la clase obrera y todas las clases trabajadoras siguen, en alto grado, prisioneras de la influencia de la tendencia ideológica de las clases dominantes. Siguen concibiendo la acción política en los términos que se la propone la ideología burguesa. El Partido Comunista, como fuerza más gravitante en la dirección del movimiento obrero, a través de la estrategia y la táctica coherentemente reformistas que ha impuesto a la lucha de clases, tanto a nivel económico como político, no hace más que consolidar así el predominio de la tendencia ideológica burguesa. El propio Partido Comunista se pliega a ella “importándola” dentro del movimiento obrero y popular y al propio tiempo se va viendo cada vez más prisionero de ella.

El peso del predominio ideológico burgués en las masas, reforzado por el reformismo obrero del Partido Comunista, desconceptuó a ojos de algunos revolucionarios la viabilidad de una línea de masas revolucionaria. Identificaron las modalidades reformistas de acción a nivel económico de la lucha de clases con la lucha económica en sí. Esto les ocultó la perspectiva de una práctica revolucionaria aún en el nivel económico, el más elemental de la lucha de clases. La acción sindical les pareció entonces poco redituable políticamente, demasiado limitada o inútil a algunos revolucionarios, impacientes ante la lentitud con que la clase obrera procesa su ascenso desde el nivel de la lucha económica al nivel de la lucha política. No evaluaron que ese tránsito puede postergarse más aún, puede no darse, incluso, si la lucha económica la dirige el reformismo. No vieron que la lucha económica, sin dejar de serlo, pero bajo dirección revolucionaria, es el fundamento primario del desarrollo de la conciencia de clase, que es conciencia política, conciencia de los intereses históricos de clase. Pero bajo dirección reformista ese proceso de maduración puede enlentecerse, distorsionarse y congelarse por largos períodos.

A nivel de lucha política incluso, el retraso ideológico de las clases dominadas, su contumaz adhesión a la ideología burguesa, al electoralismo y a los partidos burgueses en las elecciones, operó en el mismo sentido. ¿Qué hacer entonces?
Ante esta pregunta, la lucha armada se les apareció, a muchos revolucionarios, como un atajo que permitiría acortar el proceso, abreviarlo salteando etapas. La decepción sobre las posibilidades de desarrollo político de las masas ambientó la adopción de la concepción foquista de la guerrilla, contribuyó a plantear como contradictorios dos aspectos de una misma práctica política, que sólo son válidos si se dan dialécticamente unidos: la acción armada y la acción de masas.

Cabe aquí una precisión que creemos justo y útil hacer: subestimando la importancia de una línea de masas, subestimando las posibilidades y la necesidad política vital de un trabajo organizado en las masas, los compañeros del M.L.N. no negaron, sin embargo, todo papel a las masas en el proceso. No es justa, nos parece, la acusación de “putchismo”, de “blanquismo” que desde el reformismo se les lanzara, antes en voz baja y de soslayo y ahora abiertamente. El M.L.N. trató de no ser una sociedad de conjurados que con un golpe de mano sorpresivo, tomaría el poder. El M.L.N. buscó, desde el principio, concitar la simpatía de las masas. En este aspecto sus errores fueron de otro tipo: Consistieron: 1o.) En la forma en que concibió la obtención de esa simpatía de masas, en la táctica a la que se fijó para tratar de obtenerla. 2o.)En el papel que asignó, dentro del proceso, a las masas cuya simpatía fuera adquiriendo gradualmente. Ambos errores reflejan, por supuesto las debilidades de la concepción foquista.

Una práctica política revolucionaria justa, en el Uruguay de hoy, debe integrar acción armada y acción de masas. Pero ¿qué es lo central, lo prioritario? ¿Cuál es el aspecto principal al cual debe subordinarse el otro? El M.L.N. subestimó las posibilidades de una práctica política revolucionaria en las masas. Subestimó, en función de ello, la actividad política organizada en los sindicatos y la actividad pública (legal o no) de organizaciones de tipo político. Negó la necesidad de centralizar la práctica política en todos sus niveles (sindical, política pública, político-militar clandestina, teórico-ideológica) desde un partido clandestino. Creyó, paradójicamente, que era posible centralizar la orientación de las masas desde un centro sólo militar, desde la guerrilla, entendida según la concepción foquista. Quiso ponerle una cabeza militar a masas a las cuales no reconocía el grado de desarrollo necesario para hacer viable una línea sindical, ideológica y política, revolucionaria a ese nivel, a nivel de masas. El malestar social, de raíz en última instancia económica, que no consideraba suficiente para viabilizar una línea revolucionaria de masas, le parecía sí, en cambio suficiente como para llegar a posibilitar el respaldo a una práctica militar que, lógicamente supone la existencia de un nivel bastante elevado de conciencia. El retraso político-ideológico de la clase trabajadora, su conciencia sólo “economista”, su “sindicalismo”, fue invocado para no “quemar” las pocas fuerzas disponibles inicialmente impulsando allí un trabajo de masas revolucionario. Pero al mismo tiempo la conciencia reivindicativa, el nivel alcanzado por las luchas económicas, la combatividad en ellas demostrada frecuentemente, se invocó reiteradamente como prueba de la necesidad de crear un foco guerrillero que tradujese esa combatividad al nivel político como una alternativa de poder. Esta contradicción, el M.L.N. confió superarla a través del revulsivo ideológico que constituye el empleo ejemplificante de la violencia

VII

Decíamos que, desde el comienzo, la concepción de la actividad para las masas del foquismo, adoleció de una contradicción. Contradicción nunca resuelta adecuadamente a pesar de las distintas variantes e inflexiones que la línea foquista tuvo en esa materia. La contradicción consistió en que mientras, por un lado, se subestimó la actividad organizada en las masas, en base a una evaluación muy pesimista de sus posibilidades, por otro lado se supuso, en las mismas masas, la aptitud política necesaria para llegar a aceptar y simpatizar con una actividad armada concebida como paralela a las luchas populares.

Consistió en considerar, simultáneamente, que la clase trabajadora estaba “verde” para aceptar una línea revolucionaria de masas, pero “madura” para aceptar una práctica militar de guerrilla urbana, paralela a las luchas de esas mismas masas. Esta práctica militar sería paralela y no coincidente ni convergente con las luchas de los trabajadores en la medida en que lo que se trataba era de la preparación de un aparato armado clandestino capaz de llegar a poder disputarle el poder a la burguesía. Toda la política para masas del M.L.N. se supeditó al logro de este objetivo, fue puesta al servicio de su logro. Las simpatías de las masas se obtendrían a través de acciones armadas. Se desenvolvió así una peculiar versión de la propaganda por el hecho (hechos armados “simpáticos”) complementada, por períodos, con formas de propaganda armada. Hay en este criterio elementos positivos y erróneos.

La violencia revolucionaria puede tener y tiene, hoy y aquí, un alcance positivo, de promoción de la conciencia de clases a nivel de masas. Violentando en los hechos el “orden” burgués, demostrando en los hechos la posibilidad de fracturarlo, de desafiarlo. Demostrando la posibilidad de oponerse frontalmente a él y de perdurar largamente, al margen y contra la ley burguesa, la práctica armada se convierte en un elemento poderoso de desintegración del sistema tanto a nivel político como ideológico.

El capitalismo está, hoy más que nunca, necesitado de la aceptación unánime de sus reglas de juego. Tendencialmente en crisis en todos sus aspectos, va generando un sistema de dominación cada vez más rígido y cerrado. Es su manera de defenderse, de intentar perdurar. En la medida en que se profundizan las contradicciones inherentes al sistema, éste debe aplicar una política cada vez más coactiva, más represiva a todos los niveles. Siendo el estado capitalista el lugar donde se reflejan y condensan todas las contradicciones, es el aparato de estado burgués el que asume el papel protagónico en ese esfuerzo, cada vez más tenso, por frenar coactivamente el desenlace de esas contradicciones, su solución.

La formación social uruguaya es un caso ejemplar de esto. A partir de un proceso de deterioro económico, cuyas raíces están en la estructura capitalista dependiente de nuestro país, se produce el deterioro gradual a nivel político e ideológico. Las formas, las instituciones tradicionales en ambos niveles, ya no resultan funcionales para garantizar el dominio de la burguesía en el marco del proceso de deterioro generado en última instancia a nivel económico. Las clases dominantes no pueden resolver las contradicciones que el funcionamiento del capitalismo dependiente genera. Resolverlas implicaría su muerte como clases dominantes. Las contradicciones que frenan y hacen retroceder el desarrollo a nivel económico, pueden resolverse en el marco de una organización socialista, pero ésta implicaría un cambio social profundo: una revolución social.

Las clases dominantes no pueden aceptarla y como -en nuestra formación social y hasta hoy- no han encontrado una salida, un modelo, un proyecto capitalista que les permita zafar, salir del proceso de deterioro, su única perspectiva visible es reprimir. O sea tentar de evitar coactivamente que las contradicciones de su sistema, encuentren solución, verdadera y definitiva.

¿Por qué? Porque esa solución implica el socialismo. Porque esa solución está fuera del sistema capitalista, fuera del sistema en el cual rige su dominación. Por eso la burguesía busca cambiar a nivel político e ideológico para tratar de evitar el cambio a nivel económico-social. Y el cambio político e ideológico, que toma forma de una crisis político-ideológica, es de sentido regresivo. Busca el retorno hacia formas políticas e ideológicas ya superadas por el propio y deformado desarrollo capitalista dependiente anterior.

Por otro lado, el proceso regresivo, en sí mismo, no está libre de contradicciones. No reviste el carácter fluido más o menos lineal con que solían imaginarlo los reaccionarios. El proceso de deterioro se refleja y repercute de manera particular en las distintas clases y fracciones de clases e incluso en los distintos sectores del aparato de estado burgués. Pero considerar estos aspectos nos apartaría excesivamente del tema central.

El hecho es que el proceso de deterioro (para el cual sigue sin avizorarse solución en el marco del capitalismo dependiente) impone la necesidad del monopolio de la violencia por el aparato represivo del estado. Impone intentar restaurar el predominio de la ideología reaccionaria de las clases dominantes en los aparatos estatales ideológicos.

En el marco de crisis del capitalismo dependiente de nuestro país, la violencia de abajo, la violencia fuera de control, anticapitalista, resulta ya intolerable para el sistema.
Valorar los alcances de la acción armada, organizarla y desarrollarla, demostrar definitivamente su viabilidad en el Uruguay, obligar a desenmascarar los mitos ideológicos del liberalismo, contribuir a develar muchos de los ocultos resortes de la real dictadura de clase, son méritos históricos del M.L.N., cualquiera sea su destino final como movimiento.

¿Cómo logró el M.L.N. esos resultados sin duda relevantes? Puede afirmarse que los logró casi exclusivamente en base a la realización de hechos armados. Hechos durante mucho tiempo poco o nada explicados en su sentido, meramente exhibidos en su escueta pero impactante realidad. Que gravitaron por su propia y sorprendente existencia, en un medio tan ajeno a la vigencia de hechos armados. Estos alcanzaron una dimensión tal, que los mecanismos publicitarios del sistema durante mucho tiempo no sólo no pudieron ocultarlos, sino que incluso los amplificaron publicitariamente. A través de esta peculiar versión de la propaganda por el hecho, el M.L.N. concitó simpatías populares. El tiempo mostraría que la forma en que obtuvo esas simpatías, y los métodos a cuya práctica se fijó para obtenerla, tenían claras limitaciones y entrañaban, incluso, graves riesgos. Los mecanismos de captación de una organización revolucionaria no pueden quedar confinados a la producción sostenida de hechos armados impactantes. Procediendo así se subordina toda la práctica política, toda la dinámica revolucionaria, a la posibilidad de operar sostenidamente. Y si el operar sostenidamente no genera un desenlace rápido, si hay que operar sostenidamente durante mucho tiempo y la dinámica, el desarrollo, el avance, depende de la eficacia, del impacto psicológico de las operaciones, se estará obligado a variar el tipo de operaciones. Si se prolonga más la situación, habrá que aumentar su dimensión, habrá que elevar el nivel operativo. Si las posibilidades de aumentar la influencia política de una organización, radican decisivamente en su aptitud para generar una dinámica lineal y ascendente de operatividad armada, se cae tarde o temprano en el brete de una estrategia demasiado rígida, y por lo tanto expuesta a graves riesgos.

VIII

Es la importancia, prácticamente exclusiva otorgada por el M.L.N. a las operaciones armadas, lo que define su carácter foquista. No se trata, según ya dijimos, de que se haya aplicado una concepción blanquista o “putchista”. No se trata de que se haya querido crear una organización secreta de conjurados que un día, mediante un golpe de mano, tomaría el poder. El foquismo -y el M.L.N. en este caso- no niegan total y radicalmente el papel de las masas en el proceso. Las características de ese papel atribuido a las masas, la función que se les atribuye, es precisamente lo que caracteriza al foquismo.

A la concepción foquista le interesan las masas casi exclusivamente como sostén y cobertura de la acción específicamente militar. No le interesa la participación de las masas protagonizando el proceso revolucionario. Subestima y hasta niega la necesidad y la posibilidad de que esto suceda. Niega por lo tanto la necesidad del trabajo político entre las masas, de una línea de trabajo para las masas. De trabajos para que los hagan las masas y para que, haciéndolos se politicen desarrollando su conciencia de clase. Niega la necesidad de organizar y conducir la lucha en los distintos niveles (económico, político, ideológico) en que se da la lucha de clases. No considera necesaria una práctica política pública, abierta y apuntada hacia las masas. Niega por lo tanto la necesidad de una organización política, de un partido. Subestima la importancia política y la posibilidad de desarrollar una línea revolucionaria a nivel de lucha económica, la necesidad de intervenir orientando, desde el partido, con una línea propia, la actividad sindical. Ello es consecuencia de su desconocimiento de la función del partido: si no hay práctica política pública, ¿qué sentido tendría actuar organizadamente a nivel sindical? El foquismo niega en suma la necesidad de una línea de masas, para el trabajo con y en las masas. Busca en cambio captar las simpatías de las masas, su adhesión, decisivamente a través de sus acciones militares, del impacto sicológico que éstas producen. El foquismo implica, en este sentido, una alteración total de los términos en que siempre se ha concebido la acción política. Esta ha apuntado a una conquista, gradual y paciente, de la conciencia de las masas. El procesamiento gradual del desarrollo de la conciencia de clase a partir del nivel elemental de la lucha económica. Para ello, para evitar su estancamiento en ese nivel, para que el desarrollo de la conciencia de clase se procese, es que la lucha económica debía estar bajo la dirección política del partido revolucionario. Este “importaba” la ideología revolucionaria, la conciencia de los objetivos políticos de clase, la conciencia, el conocimiento de los intereses históricos propios, de clase, en la clase obrera incapaz de elevarse espontáneamente a su comprensión, partiendo sólo de experiencia en el nivel económico de la lucha de clases. Porque, incluso, la percepción de la propia lucha económica como un nivel primario de la lucha de clases, exige la previa adquisición de la conciencia de clase. Sólo el obrero que comprendió que su clase tiene intereses históricos antagónicos con los de la clase burguesa, sólo el obrero, decimos, que ya adquirió conciencia de clase, es capaz de percibir la lucha económica como lo que es: como un nivel -el primario- de la lucha de clases. De lo contrario, si el obrero no adquiere conciencia de clase -que según lo dicho, es conciencia política, ideológica, que no surge por lo tanto espontáneamente- podrá hacer mil huelgas por salario, grandes y aún combativas huelgas -como hay tantas veces en EE.UU.- sin dejar por eso de seguir prisioneros de la ideología burguesa. Hará esas huelgas -y eso es lo más frecuente ahora- con una conciencia parecida a la de su patrón: con la conciencia de estar reclamando un aumento de precio de la mercadería que vende. Para el caso, un aumento del precio de su fuerza de trabajo, un aumento de su salario. Y no un cambio del sistema social que entraña la desaparición de la propiedad y por tanto la desaparición del salario, única forma de que el obrero deje de ser explotado. Reclamará menos explotación pero no que la explotación desaparezca. Porque para reclamar que desaparezca la explotación tiene que plantear otro tipo de sociedad -el socialismo- y entender su calidad de explotado. Entender por qué y cómo es que él y los otros son explotados. Y eso ya implica conciencia de clase.

Los revolucionarios -correcta o equivocadamente- se han aplicado siempre a esto, a producir ese salto cualitativo de la conciencia economista, sindicalera, “tradeunionista”, y a la conciencia de clase, a la conciencia política. Salto que implica romper con la tendencia ideológica burguesa, que es la dominante porque es la ideología de la clase dominante, y aceptar la ideología revolucionaria y socialista que expresa los intereses históricos de la clase obrera que es, en el modo de producción capitalista, la clase dominada. El foquismo como concepción pretende saltearse esa etapa. Pretende que, como en Cuba, la conciencia de clase se adquiera después, cuando la revolución esté en el poder. Porque pretende llegar al poder no a través de un proceso que entraña la maduración previa de la conciencia de clase, revolucionaria, sino a través de un rodeo, digamos, que saltea esta etapa.
El foquismo no concibe la revolución como un proceso de luchas, donde las masas a través de la experiencia de su participación en esas luchas, fecundada por la acción político-ideológica del partido revolucionario que las orienta, van desarrollando su conciencia revolucionaria de clase, hasta destruir revolucionariamente el poder burgués. El foquismo concibe la revolución como un proceso de luchas militares, paralelo a la lucha de masas, con las cuales poco o nada tiene que ver. Proceso a través del cual una minoría armada genera, al operar, coyunturas que terminan arrinconando a las masas independientemente de la voluntad de éstas, hasta obligarlas a aceptar un desenlace revolucionario que pondría en el poder a aquella minoría armada.

La práctica armada tiende a generar coyunturas políticas que entrañan el cierre de todas las puertas, la clausura de todas las vías para la acción de las masas como no sea la puerta, la vía de la propia práctica armada. La revolución no se concibe como la culminación, la coronación de un proceso a través del cual con su lucha, las masas se van abriendo un camino al tiempo que van desarrollando y madurando su conciencia revolucionaria. Para el foquismo, la revolución es un desenlace, independiente prácticamente de la propia voluntad política de las masas, con las cuales no hay que enfrentarse, pero a las cuales no es fundamental ganar. El desenlace revolucionario puede entonces sobrevenir sin modificar previamente, a fondo, la conciencia política e ideológica de las masas. Lo único que se requeriría es no enfrentarse a éstas, no suscitar su hostilidad. Bastará conseguir su simpatía más o menos superficial, o al menos su neutralidad. En ningún momento se exigirá su participación activa desde el comienzo del proceso. Ello es así porque -y es un aspecto fundamental- para el foquismo, quien se encarga de empujar a las masas al lado de la revolución, es, más que los revolucionarios, la propia contrarrevolución.
La función del foco es suscitar, provocar, con su actividad sostenida, un proceso de reacción política que suprimiendo todas las demás expectativas y posibilidades, arrincone y empuje a las masas hacia la vía, hacia la salida revolucionara. En la medida en que ello vaya sucediendo, irá creciendo el apoyo de masas al foco que se traducirá en ampliación de la acción militar del propio foco. Dicho en otros términos, el foco lo que trata de generar -es claro en el M.L.N. y eso permite caracterizarlo como foquista- es una dialéctica acción armada-represión. Cada operación produce una respuesta represiva. Todo consiste en estar en condiciones de subsistir para realizar una contrarrespuesta, una operación mayor -o distinta- de la anterior. ¿Por qué mayor o distinta? Porque además de provocar una respuesta, toda operación tiende a producir un impacto sicológico sobre la opinión pública. Este efecto impactante es vital ya que, a falta de presencia en las masas, es lo que puede significar y dar relevancia política al foco. La demostración frecuente de la valentía, la audacia y la eficacia de los guerrilleros, es lo único capaz de mantener sobre el tapete la existencia y la vigencia de una práctica política que no busca otra forma de exteriorizarse. La persistencia y la dimensión operativa crean por otra parte la perspectiva de victoria, de éxito capaz de producir el reclutamiento necesario para ampliar el foco. Este, encerrado en una práctica sólo militar, vive en función de los éxitos que en el terreno militar obtenga.

IX

Aquí vamos lunes 27


Cuando comenzamos esta serie de notas señalamos que las experiencias de guerrilla urbana (Israel, Irlanda, Chipre) se habían desarrollado dentro de luchas por la independencia política. Cuba, experiencia inspiradora de la concepción foquista ofreció el ejemplo de una guerrilla antidictatorial realizada por el restablecimiento de las instituciones de la democracia burguesa. Dijimos que en el Uruguay no se daba ninguna de esas dos situaciones al comenzar a operar el foco: es un país formalmente al menos, independiente y “democrático”. El surgimiento del foco se basaba pues en razones de tipo social.

Podía aparecer entonces una contradicción entre el método elegido -el foco- y los objetivos -sociales- de su acción. Contradicción que emana del hecho de que los objetivos sociales (socialistas) imponen la necesidad de una participación de masas -que implica una política de masas- concebida en términos distintos al apoyo popular indiscriminado, “policlasista” que los objetivos no socialistas (nacionales o democráticos) de las otras guerrillas podían suscitar. Especialmente cuando -según ya vimos- después de Cuba las burguesías dependientes de América Latina se han opuesto tenazmente a toda fractura del “orden” burgués.

Esta contradicción impuso al M.L.N., como versión foquista uruguaya diversas adecuaciones de su concepción. Se partió de la base de que la acción de la guerrilla si se conseguía darle una continuidad ascendente, si se conseguía producir impactos cada vez más frecuentes y mayores, produciría medidas represivas cada vez más duras y generalizadas. Ante cada operación importante los simpatizantes del M.L.N. esperaron el golpe militar o el golpe dado por el propio M.L.N. Para evitar la hostilidad de las masas, el M.L.N. puso cuidado durante mucho tiempo en elegir objetivos “simpáticos”, en lo posible trató de realizar operaciones incruentas, sin enfrentamiento: expropiaciones, equipamiento, propaganda o represalias obvias. La alternativa surgía con claridad: si perduraba la normalidad institucional, la represión aparecía como bastante poco eficaz. El foco, llegado cierto grado de desarrollo, generaba una dinámica de crecimiento, mantenida es cierto en base a un “crescendo” de operatividad. Este crecimiento, aún comprometido por eventuales errores tácticos parecía no tropezar durante cierto tiempo con obstáculos decisivos en el marco de un régimen “democrático”. La otra posibilidad era que la democracia abriera paso a formas más autoritarias, incluso dictatoriales, que, aunque pudieran ser más eficaces represivamente, generarían condiciones políticas más favorables para que el foco extendiera su influencia. En el marco democrático la represión era ineficaz, fuera del marco democrático se creaba precisamente una coyuntura política del tipo de las que tradicionalmente han consolidado la lucha armada guerrillera. Ante una dictadura, la guerrilla pasaría entonces a encarnar la lucha por la democracia perdida, generándose una coyuntura de tipo cubano. El M.L.N. parece haberse movido largo tiempo dentro de esta perspectiva. En función de ella se consolidó la subestimación hacia la lucha ideológica y política.

Cualquier forma de actividad pública -decían- era “quemar” los militantes y simpatizantes, comiéndose un futuro en el que sólo subsistirían quienes fueran capaces de organizarse para combatir en la más estricta clandestinidad. Por lo tanto -decían- era negativo “dar cara” sosteniendo una línea política públicamente en la actividad política pública o sindical. La política era entonces, se decía, la preparación paciente de un aparato armado clandestino capaz de llegar a disputarle el poder a la burguesía. Con ligeras variantes, esa línea se aplicó hasta fines de 1970 cuando la proximidad de las elecciones planteó al foquismo un difícil problema.

Durante todo el período 66-70 en la espera de la dictadura que barrería toda forma de actividad política y aún sindical pública, el M.L.N. rehuyó toda polémica con el reformismo. Sólo se discutía y enfrentaba las posiciones reformistas en torno a hechos particulares en lugares concretos. Cosa tanto más fácil de hacer por cuanto en virtud de la propia concepción foquista la guerrilla carecía de personeros, de “representantes visibles” a nivel público de masas e incluso no postulaban ni línea ni criterios para el trabajo a este nivel, que se consideraba en general negativo. Se creó entonces esa situación bien característica y conocida de la acción paralela y sin interferencias de la guerrilla urbana del M.L.N. y del Partido Comunista que sin chocar con ella siguió desarrollando su práctica reformista a nivel de masas. Cuando en toda América Latina se producía la ruptura de las guerrillas con los Partidos Comunistas, en el Uruguay ambos coexistieron pacíficamente sin atacarse ni interferirse. Simplemente cada uno dejó constancia de su incredulidad en los métodos del otro y se fió a un futuro indeterminado, transar esa diferencia “táctica” sobre la que no se insistía ni siquiera.

La guerrilla podría pues, crecer, sin cuestionar ni comprometer el predominio reformista a nivel de masas, a nivel sindical, al amparo del abandono que la concepción foquista pregonaba respecto de la acción de masas. Por supuesto que en la realidad la práctica reformista y la práctica guerrillera eran contradictorias. El “acuerdo”, el reparto de zonas de influencia, podía ser sólo transitorio. Toda práctica revolucionaria es objetivamente contradictoria a toda práctica reformista. En aquellos sectores -los estudiantiles, ciertos gremios- donde las simpatías por el M.L.N. adquirieron formas más o menos organizadas, el choque con los reformistas se dio inevitablemente. Sólo el empeño de los dirigentes, el peso de su autoridad fundado en el prestigio del aparato militar, permitió que ese choque, implícito en la realidad de las cosas, no se generalizara ni adquiriera dimensión de polémica, de lucha ideológica de línea antirreformista. Por supuesto, la dirección del M.L.N. se avino a este compromiso a partir de la noción de su transitoriedad. Porque se pensaba que, a breve plazo, la acción del foco generaría la muerte de las formas democráticas, de la “legalidad” burguesa. Y con ello la muerte del reformismo. Siendo para el Partido Comunista vital la subsistencia de la legalidad, desaparecida ésta el Partido Comunista quedaría fuera de juego y se vería -lo que de él quedara- obligado a ponerse a la cola del M.L.N. única organización que por sus características habría estado en condiciones de subsistir operando bajo las condiciones políticas y represivas más duras. El M.L.N. bajo estas condiciones, polarizaría -como había sucedido en Cuba- toda la opinión antidictatorial y vanguardizaría la lucha por la restauración democrática. Las armas les daban la posibilidad de encabezar una lucha de la cual sería la vanguardia militar y política. La encarnación de una práctica militar, entonces plenamente convalidada, inevitablemente compartida por todos, ya que la dictadura habría cerrado todas las demás puertas, habría cancelado, por su propia existencia, todas las demás vías. Así generando con su práctica armada una modificación cualitativa a nivel político (la dictadura y un foco de resistencia armada a la misma) la guerrilla se hallaría, luego de repechar, a contrapelo de la situación, un período de “introducción”, se hallaría, decíamos en situación de convalidarse socialmente a nivel de masas. A nivel de todo el pueblo, concitando un apoyo policlasista, ya que de interés policlasista -como en Cuba- sería la lucha antidictatorial. La guerrilla entonces, desembarazada de la “competencia” reformista o de cualquier tipo, por la represión dictatorial adquiriría así, sin “polémicas estériles”, sin “charlas teóricas”, sin “divisiones’, casi sin necesidad de hablar, hablando con sus hechos, sin dejar de ser nunca guerrilla -foquista- adquiriría así, la dirección de las masas. La dirección total de las masas puesto que sería lo único que quedaría en pie y con una aptitud militar convertida entonces en totalmente “funcional” dentro de las condiciones de la lucha antidictatorial.

El reformismo por su parte apostó a la supervivencia de las formas democráticas evitando en todo lo que estuvo a su alcance que se generaran situaciones que pudieran comprometer su vigencia. Apoyándose en la prescindencia foquista se aferró a su dirección sobre el movimiento de masas, tratando cuidadosamente de apartar a éste de toda actividad que pudiera comprometer la vigencia de las leyes. Se abstuvo de criticar públicamente -aunque hizo una incesante campaña ideológica subrepticiamente- a la guerrilla, a la que llegó a dedicar incluso, a veces, discretísimas sonrisas… Confiaba la dirección del Partido Comunista en que la represión aplastaría al foco antes de que éste pudiera generar un volumen de operaciones armadas suficiente como para cuestionar la “legalidad institucional” que es el reformismo -que todos los reformismos- necesita para vivir.

La ausencia -en virtud de la concepción foquista- de una práctica política a nivel de masas convergente con la actividad militar revolucionaria de la guerrilla le habilitaba esta política ya que, de ese modo, la existencia y el desarrollo del foco armado no venía a interferir, ni a cuestionar su control sobre la dirección del movimiento de masas. Allí donde los simpatizantes del M.L.N. se organizaron y actuaron con criterios propios, fueron atacados duramente por el Partido Comunista. Pero como ello sucedió sólo ocasionalmente y en sectores delimitados, no le fue necesario, tampoco al Partido Comunista, dar una polémica generalizada específicamente contra el M.L.N. Así pudo subsistir, durante años, ese curioso paralelismo, esa “coexistencia pacífica” entre una guerrilla en ascenso y un Partido Comunista que tiene el predominio en la dirección del movimiento de masas.

Pero de esta situación se deducía para el Partido Comunista aún una ventaja nada desdeñable. Quienes, en el campo revolucionario trataban de desarrollar a nivel de masas, una línea revolucionaria, quienes trataban de hacer converger los dos aspectos de la práctica política revolucionaria, el militar y el de masas, se vieron entonces prensados, cercados entre dos fuerzas que no se interferían, que se desarrollaban paralelamente, sin enfrentarse. Quienes postularon la necesidad de la acción armada ahora pero simultánea y convergente -y no paralela- con la acción de masas, sufrieron a la vez, obviamente, los ataques del reformismo a nivel de masas y la competencia a nivel militar de la acción foquista que canalizó, decisivamente desde 1968, las simpatías de los sectores más dispuestos a una acción revolucionaria. La polarización hacia el M.L.N. y su concepción foquista, de las mayores fuerzas revolucionarias, que no jugarían en la lucha contra el reformismo, debilitó notoriamente la línea revolucionaria a nivel de masas y aseguró la subsistencia del predominio reformista a ese nivel.

Es cierto que la acción del M.L.N. desarrolló las fuerzas de la revolución. Pero su concepción foquista no permitió que se desarrollara a nivel de masas, una posición revolucionaria suficientemente fuerte, que se esclareciera suficientemente, a nivel general, el alcance político- ideológico de la línea reformista del Partido Comunista. Ese es el resultado político ambiguo -resultado previsible por otra parte- del desarrollo foquista en nuestro país. Lo que sí crecería, sin duda, sería el potencial militar del M.L.N., la guerrilla foquista. ¿Bastaría con eso?

X

En abril puede ubicarse aproximadamente el momento en que las debilidades anotadas de la concepción foquista hicieron crisis dentro del M.L.N. Esta crisis registrada incluso en documentos internos capturados y publicitados, se reflejó en la visualización muy clara por parte de la dirección del M.L.N. de dos problemas a los cuales habíamos aludido al iniciar esta serie de trabajos. Estos dos problemas fundamentales son: 1o.) El problema constituído por las dificultades que se le plantean a la guerrilla urbana para lograr la destrucción del aparato represivo a través de la práctica militar guerrillera exclusivamente. 2o.) El problema de ampliar el círculo de las simpatías populares despertadas por la acción guerrillera a partir de la comprobación de que en aquella fecha y siempre, según los documentos publicitados, la dirección del M.L.N. consideraba haber capitalizado ya políticamente las simpatías de aquellos sectores que por poseer una politización mayor, estarían en condiciones de ser captados a través de la práctica militar foquista. De apariencia “técnica” uno, más ostensiblemente político el otro, la vigencia acuciante de ambos problemas evidenciaba que la práctica foquista comenzaba a alcanzar los límites de sus posibilidades de desarrollo como tal. Estos dos problemas están íntimamente vinculados. Son dos aspectos, en planos diferentes, de una misma problemática política para la cual la concepción foquista no puede ofrecer, en ninguna circunstancia, una solución terminante.

Comencemos por el primer aspecto, o sea el problema más específicamente “técnico”, constituido por las dificultades que se le plantean a la guerrilla urbana (a cualquier guerrilla urbana) para conquistar la victoria final a través de la práctica exclusivamente guerrillera en el marco de una lucha que no es anti-colonial ni “democrática”. En trabajos anteriores habíamos señalado que la práctica guerrillera urbana, tal como se ha dado en la experiencia internacional, -citamos oportunamente los casos del IRGUN en Israel, del IRA en Irlanda, de la EOKA en Chipre- había tenido por objetivo fundamental la obtención de la liberación nacional, de la independencia nacional, a través de luchas anticoloniales. Agregábamos entonces -lo repetimos ahora a beneficio de recapitulación- que en otras oportunidades la guerrilla urbana había tenido por objetivo político, la lucha contra situaciones de dictadura. O sea que en algunos casos se trataba de la obtención de la independencia nacional formal, y en otros de la restauración de regímenes de tipo “democrático” burgués. Cuando insistimos en plantear las dificultades de la guerrilla urbana como forma de acción militar, capaz de llegar a lograr una victoria final actuando como tal, o sea como guerrilla urbana, nos estamos refiriendo a aquellos casos como el M.L.N., en que la acción guerrillera urbana no tiene por objetivo fundamental ni la independencia, ni la “democracia” sino transformaciones sociales profundas. Creemos que las dificultades específicamente militares que se plantean a la acción guerrillera urbana en la medida en que ésta se orienta hacia objetivos de transformación social, son reales y de carácter general. A nuestro criterio las dificultades para obtener la victoria militar sobre el aparato represivo burgués operando como guerrilla urbana, no son exclusivas del foquismo, sino que tienen alcance y validez general. Pensamos que siempre que la actividad guerrillera urbana tiene objetivos de transformación social profunda, la formas específicas de acción armada encarnada por la práctica guerrillera urbana, es insuficiente, por sí sola, para alcanzar la victoria, o sea la destrucción del aparato armado represivo.

En los casos antes citados de lucha anti-colonial, la guerrilla urbana operaba habitualmente como un factor de presión política más que como un factor de decisión en el terreno militar.
La guerrilla urbana en Israel, en Chipre, en Irlanda incluso, operó como elemento coadyuvante a la obtención de una solución de compromiso, siempre factible, en la medida en que los objetivos perseguidos, o sea la obtención de la independencia nacional, no comprometía los fundamentos del sistema capitalista. La obtención de la independencia en todos esos países aparecía como compatible con la vigencia en ellos del sistema capitalista. Una potencia colonial reprime y resiste los movimientos independentistas hasta que en el balance de costos (costos militares y sobre todo costos políticos, costos de prestigio) y ventajas, pesan más los costos. En el momento en que el costo militar y político de conservación de la colonia es mayor que las ventajas que se obtienen de ella, los colonialistas negocian y -como en los casos citados- se van.

¿Por qué es posible esto? Porque normalmente quien adquiere el poder y quien ejerce la dominación a partir de la obtención de la independencia formal, son las clases dominantes locales, las burguesías locales, que de alguna manera logran un “modus vivendi” incluso con la potencia imperialista previamente dominante. No hay allí una ruptura con el sistema capitalista previamente dominante. No hay allí una ruptura con el sistema capitalista. Hay solamente -digamos así- un reajuste dentro de éste. Esto no implica subestimar la importancia de los movimientos de lucha anticolonial por la independencia, ni las posibilidades que éstos generan. Pero es útil especificar el verdadero alcance de los objetivos perseguidos por estos movimientos porque ellos condicionan las posibilidades y la vigencia de la guerrilla urbana como forma de acción armada. Y como de guerrilla urbana uruguaya estamos hablando, nos remitimos siempre a los ejemplos de lucha anti-colonial basados en esta metodología de acción militar. En el caso de las dictaduras, o sea de regímenes políticos ubicados al margen de la “legalidad” burguesa se da un fenómeno en cierta forma similar. Las dictaduras resisten mientras pueden, pero si la situación de conflicto armado sustentada por la guerrilla, se prolonga, o sea si la dictadura demuestra su ineficacia como factor de restauración del “orden”, las clases dominantes finalmente terminan por abandonar a la dictadura y por negociar el restablecimiento de las formas democrático-liberales. Cosa posible también, como en el caso anterior, en la medida en que el derrumbe dictatorial y la restauración “democrática” no implique transformaciones sociales de carácter profundo. Este es el caso ejemplificado por la Revolución Cubana en toda su primera etapa, o sea en la etapa guerrillera. Como es notorio el proceso de radicalización y profundización de la Revolución Cubana fue posterior a la llegada al poder de los guerrilleros, o sea posterior al derrumbe de la dictadura y a la liquidación de su aparato represivo. El carácter radical de la eliminación del aparato represivo fue justamente, lo que hizo factible el posterior proceso de radicalización. Es bien sabido que habitualmente estas revoluciones democrático- burguesas tropiezan, en definitiva, con el escollo constituido por la perduración, como estructura organizada, del aparato represivo constituido en la etapa dictatorial. El hecho de que esto no haya sucedido en Cuba, no modifica el carácter democrático-burgués de la Revolución Cubana en su etapa inicial. Es bien sabido que ésta adquirió un giro social, reformista radical y en definitiva socialista, a lo largo de un proceso que abarcó un par de años después del derrumbe de la dictadura de Batista.

En definitiva, si la guerrilla rural foquista pudo acceder al poder en Cuba, se debió a que los objetivos que postulaba, tampoco en este caso, eran incompatibles con el sistema capitalista y no tenían ni siquiera un carácter reformista demasiado profundizado que la hiciera no viable en el marco del sistema capitalista.

La guerrilla, urbana o rural, como forma de lucha armada, tendrá posibilidades de obtener la victoria en la medida en que los objetivos que postule no sean incompatibles con la vigencia del sistema capitalista. Entendemos por victoria la obtención del objetivo perseguido. O sea entendemos que la guerrilla urbana anti-colonial obtiene la victoria en la medida en que logra la independencia, que es el fin que se formula, y que la guerrilla de restauración democrática -llamémosle así- obtiene la victoria en la medida en que logra el derrumbe de la dictadura, que es el fin que se postula. ¿Qué sucede con el aparato represivo? En el primer caso, en el caso de las guerras coloniales, el ejército de ocupación colonial se va para su país. Porque el ejército de ocupación puede irse del país ocupado. En el segundo caso, en el caso de la guerrilla “democrática”, el ejército cambia de mando o se desmoviliza, como en Cuba.

Lo que tienen de común ambos procesos es que el sistema capitalista sigue en pie. El sistema capitalista no aparece cuestionado por la acción guerrillera y es en eso, precisamente, donde radica la posibilidad de victoria a través de la forma concreta de acción militar implicada en la guerrilla.

¿Qué sucede en cambio si se trata de una revolución de claro contenido social? ¿Qué sucede si en la actividad de la guerrilla urbana está implícito el cambio profundo del sistema social, si lo que está en juego es el propio sistema? Las clases dominantes en este caso no pueden ceder. en América Latina, sobre todo a partir de la experiencia cubana, ha quedado bien claro, tanto para el imperialismo como para las clases dominantes locales, para las burguesías locales, que ya no hay margen para negociar. Las clases dominantes no pueden en efecto negociar su desaparición y ni siquiera pueden negociar, a esta altura del proceso, cambios demasiado radicales en el sistema social, aunque ellos no impliquen en lo inmediato la desaparición del sistema capitalista como tal.

Las posibilidades del sistema para “digerir” reformas en el contexto económico-político del continente son sumamente limitadas. La alternativa, por lo tanto, para las clases dominantes latinoamericanas y el imperialismo, es resistir hasta el fin todo tipo de movimiento armado que cuestione su dominación. El ejército que depende de estas clases no puede irse de su país. El ejército de las burguesías locales no puede tomar los barcos y los aviones e irse, tiene que combatir, triunfar o capitular. Tampoco puede aceptar que los “sediciosos” de ayer sean los gobernantes de mañana. Esos ejércitos locales resistirán. Su derrota será el fin del sistema y por lo tanto resistirán hasta el fin.

Cabe preguntarse entonces crudamente: ¿Puede una guerrilla urbana lograr por sí sola en el plano militar la destrucción del aparato represivo? En otros términos: ¿Es la guerrilla urbana una forma militarmente idónea de consumar una revolución con objetivos de transformación social radical, una revolución de tipo socialista? Por supuesto, también en el caso de una revolución social, la finalidad central de la guerrilla urbana es procesar las condiciones políticas que conduzcan al derrumbe del aparato armado de las clases dominantes. Derrumbe que no se produciría como resultado de una derrota militar en un enfrentamiento militar directo, mano a mano, vamos a decir, con la guerrilla. Todo parece indicar que la función de ésta no es buscar la victoria, en un enfrentamiento mano a mano con el ejército. Su función es generar las condiciones políticas que habiliten esa decisión militar victoriosa. Pero para arribar a esa victoria se necesita desarrollar otras formas de lucha, que ya no son de tipo guerrillero.

En definitiva la guerrilla urbana, si de revolución social se trata, parece tener como función idónea de preparar el salto, el tránsito cualitativo a otra forma de lucha a través de la cual si se puede lograr la victoria decisiva en el marco de la guerra en ámbito urbano, es la insurrección.


La guerrilla urbana, creemos por lo tanto, sólo se legitima como preámbulo y preparación necesaria e imprescindible de la insurrección. Proceso insurreccional que, por supuesto, puede revestir formas diversas, pero que implica siempre una participación de sectores de masas de cierto volumen. Es imposible concebir una insurrección sin participación de masas. El criterio que se debe sustentar en esta materia no es plebiscitario, no es electoral. No es necesario esperar que la mitad más uno de los habitantes de una ciudad decidan levantarse en armas para hacer una insurrección. Esto que puede parecer obvio, cabe sin embargo especificarlo, porque frecuentemente, tal vez por el peso de la propia ideología electoralista que las clases dominantes introducen en el proletariado, se tiende a suponer o a concebir un proceso insurreccional como una especie de movilización plenaria o poco menos, de las masas. Es lo que se traduce frecuentemente a través de afirmaciones populares que suelen oírse, como “salir a la calle”, “aquí va a pasar algo”, “va a haber que salir a la calle”, etc.

Un proceso insurreccional, por supuesto, puede incluir demostraciones masivas en la calle, pero es evidente que eso no es lo sustancial. Como toda acción armada, una insurrección se decide centralmente por operaciones, por combate armado y no por demostraciones en la calle. Por lo tanto, cuando nos referimos a la necesaria participación de masas en un levantamiento insurreccional, aludimos a una serie de acciones de masas de distinto nivel en el sobreentendido de que participe el sector más dinámico de las masas.

Si partiéramos de la base de que es necesaria la participación directa en ella de la mayoría de la población o de la mayoría de la clase obrera, incluso. No ha habido jamás una insurrección con esas características. Se parte de la base que, cuando se habla de masas, se alude a los sectores más conscientes, más combativos o sea aquellos sectores de masas que efectivamente, por un trabajo político previo desarrollado por el partido, estén en condiciones de tomar una parte activa en un movimiento de ese tipo. Participación de masas es lo que hubo en España en el año 36, es lo que hubo en Santo Domingo. Por participación de masas se entiende participación de un sector de las masas. No necesariamente de la mitad más uno de los integrantes de la población o de la clase obrera.

Otra posibilidad insurreccional en absoluto descartable en América Latina, que viene al caso ya que citamos el ejemplo de Santo Domingo, es la que puede abrirse camino en medio de un enfrentamiento entre sectores militares, donde uno de ellos ganado políticamente a través de un trabajo político deliberado o a través de una situación coyuntural que lo impulsa en ese sentido, ganado políticamente, decimos, para la causa popular, recibe y admite el apoyo de las masas y eventualmente el apoyo de la propia guerrilla urbana. A nuestro entender, cualquier forma de acción insurreccional presupone, necesariamente, una práctica militar previa y la existencia de un aparato militar clandestino previamente organizado con suficiente capacidad operativa y suficiente experiencia como para canalizar, encuadrar y llevar a buen puerto un proceso insurreccional. Cabe puntualizar esto porque el balance de las experiencias de insurrecciones urbanas realizadas en períodos anteriores, conduce a constataciones sorprendentes. A esos efectos, cabe remitirse a libros como “La insurrección armada” de A. Neuberg, editado por “La rosa blindada” en Argentina. El balance de las insurrecciones urbanas realizadas en la década de los años 20 por ejemplo, en Europa y China por los partidos comunistas, entonces animados desde la Komintarn por una orientación revolucionaria, demuestra que uno de los factores fundamentales de su fracaso ha sido la escasa preparación previa. El escaso desarrollo previo de un aparato específicamente militar, profesionalizado, vamos a decir así, en la práctica militar antes de la insurrección. Por más que la participación de masas surge evidentemente como un requisito indispensable, imprescindible para el buen éxito de una insurrección armada urbana, el balance de la experiencia acumulada demuestra claramente que el desarrollo de un aparato armado clandestino, es otro requisito no menos indispensable para el éxito. Esto es vigente aún para el caso de que se obtenga apoyo por parte de un sector más o menos importante del propio ejército burgués.

Por supuesto un tercer elemento que hay que tener en cuenta permanentemente -todo esto esperamos desarrollarlo más ampliamente en otra oportunidad- es la necesidad imprescindible de un trabajo político sobre el aparato represivo de las clases dominantes.
Podemos definir tres requisitos como indispensables para el éxito de una insurrección armada urbana, o sea: 1)La participación de sectores importantes de masas a través de acciones de distinto nivel; 2)La existencia previa de un aparato armado clandestino con experiencia militar ya adquirida, que vanguardice el proceso; 3)La existencia de un trabajo político previo sobre los elementos del aparato represivo. Estos tres requisitos presuponen como es obvio, la existencia de un minucioso trabajo político previo, del cual sólo puede hacerse cargo el partido como organización capaz de desarrollar, promover y armonizar desde un centro de dirección común estas diversas actividades.

Esta concepción de la insurrección armada conduce, una vez más, a la conclusión de que la estructuración del partido es la meta fundamental en la etapa de procesamiento de las condiciones para la insurrección y no a la inversa. O sea, que se procesa la acción armada a través de un centro político y no se procesa el centro político a través de la acción armada.

Permítasenos hacer alguna precisión más, porque cuando se habla de insurrección se corre el riesgo de que este término quede un poco vaciado de contenido. La lucha armada en América Latina ha estado desde sus comienzos tan empapada de la noción de que su forma fundamental y casi única es la guerrilla, que en la mentalidad general, el término insurrección dice poco, evoca poco. O lo que evoca es justamente la idea de muchedumbres que salen a la calle, etc. Cuando nos referimos a insurrección armada urbana nos referimos a cosas tipo “bogotazo”, tipo “cordobazo”, tipo Santo Domingo, con participación activa, además, de un aparato armado desarrollado antes, todo bajo la dirección de un partido revolucionario.

Entendemos que en Córdoba, en Bogotá, en Santo Domingo, existieron las condiciones para una participación de masas en la insurrección. Lo que no existió en Córdoba, lo que no existió en Bogotá, lo que no existió incluso en Santo Domingo (donde ese papel fue asumido por una fracción del ejército) fue la organización previa de un aparato armado, experimentado, en condiciones de dirigir el proceso y en condiciones de incluir en el proceso de acciones de masas las operaciones específicamente militares que hubieran tenido un alcance determinante. Por supuesto, dejamos provisoriamente de lado aquí, el problema de las posibilidades de estabilización de una situación insurreccional en Córdoba por ejemplo. Estamos planteando el asunto, tratando de encuadrarlo dentro de ciertas pautas. Es más que problemático, en efecto, que un régimen establecido a través de un proceso insurreccional en la ciudad de Córdoba pudiera sostenerse. Pero nos estamos refiriendo a una etapa determinada de un proceso de lucha armada tratando de confrontar otras hipótesis con lo que ha sido la concepción foquista sobre el asunto.
Quizás sea útil, para aclarar definitivamente este planteamiento, comparar esta concepción con la que constituye la llamada “guerra popular”, o sea el “modelo asiático” vamos a decir así, aplicado en China y ahora en Vietnam, teorizado por Mao y adecuado posteriormente por Giap al medio vietnamita. Esta concepción se centra, como el foquismo inicial, en la importancia decisiva de la guerrilla rural, y sostiene la necesidad de convertir a ésta, a través de etapas reversibles, en ejército regular. La guerra popular, la “guerra asiática”, tal como la describen sus teóricos, es ni más ni menos que el proceso a través del cual la guerrilla urbana, concebida en términos bastante similares a como se planteó en Cuba, se transforma en ejército revolucionario. Cómo de la acción de tipo guerrillero se pasa a la campaña abierta, a la guerra clásica, la guerra de campo, a través de un proceso flexible, escalonado en etapas reversibles. Se insiste mucho por parte de Mao y más aún por parte de Giap, dadas las condiciones de la guerra en Indochina, en la necesaria preservación de la posibilidad de retrovertir, de reconvertir el ejército regular en milicias locales y de reconvertir incluso el escalón de milicias en guerrilla, nuevamente, si la correlación de fuerzas es demasiado desfavorable. Es por otra parte lo que sucedió en Indochina, en el momento en que la intervención masiva de tropas norteamericanas condujo a los mandos vietnamitas a retornar, durante un período relativamente largo, a la guerra de guerrilla. En la etapa anterior, en que se enfrentaban fundamentalmente al ejército títere de Saigón, se había pasado ya a la etapa de guerra clásica. En nuestros días se ha reproducido nuevamente el desarrollo desde la guerrilla rural a la guerra rural. Ya se combate de nuevo en guerra clásica de campaña, porque la correlación de fuerzas, a través del proceso de lucha, ha vuelto a ser favorable. La guerra vietnamita ejemplifica brillantemente el grado de flexibilidad, de ductilidad que es necesario tener en todo tipo de guerra prolongada. Ductilidad y flexibilidad que sólo es posible, naturalmente, sobre la base de un nivel de politización profundo, no sólo del personal, sino de las propias masas. Hubiera sido imposible para los soldados y para el pueblo vietnamita en general, “digerir”, sin grave desmoralización, la necesidad de reestructurar como guerrillas, el ejército regular que ya operaba en guerra de campo, en el año 63 cuando empezó la intervención masiva norteamericana si no hubiera existido un sólido trabajo de preparación política a todos los niveles: a nivel del aparato armado y a nivel de la propia población civil.

Toda guerra prolongada cualquiera sea la forma o la metodología que reviste, exige como requisito indispensable la politización intensiva de los cuadros militares y un trabajo político eficaz a nivel de masa, para que los giros y cambios que necesariamente implica, sean comprendidos y asimilados correctamente. Sólo a partir de una concepción estrechamente cortoplacista puede subestimarse la importancia del trabajo político a todos los niveles. Sólo a partir de una concepción cortoplacista puede subestimarse, en definitiva, la importancia del partido como único instrumento idóneo para realizar ese trabajo político.

Nos parecía útil hacer esta enunciación sobre los criterios básicos de la llamada “guerra popular” para poner de manifiesto la diferencia fundamental de ésta con el concepto de guerra en escenario urbano que estamos obligados a desarrollar en nuestro medio, y para el cual, por supuesto, estos materiales no tienen otra aspiración que la de ser una primera aproximación que habilite una discusión. Lo fundamental, por lo tanto, en lo que tiene que ver con el concepto de guerra popular, es que el desenlace militar, la victoria en el marco de esta concepción, se ubica en el mismo plano de la guerra clásica. El desenlace militar de la guerra popular se busca a través de la confrontación entre ejércitos regulares, a través de campañas, de guerra de campo. La formación de guerrillas, de bases de apoyo con ocupación de terreno, de escalones intermedios de milicias locales, todo apunta y presupone la culminación en la formación de un ejército regular, capaz de vencer al enemigo, al ejército regular enemigo en batallas campales clásicas. La teoría Mao-Giap enseña, en definitiva, como se puede formar un ejército regular revolucionario, al margen del aparato estatal burgués o colonial, y cómo éste puede llegar a vencer en guerra popular, en guerra de campo al ejército burgués o colonial. La guerra prolongada de Mao termina como es sabido, en la campaña de 1948, año en que el ejército comunista “conquistó” toda China, venciendo en guerra regular al ejército de Chang Kai Sheck. La guerra contra los franceses en Indochina, terminó con la derrota militar de los colonialistas en Diem Bien Phu, derrota que vuelve decisivamente negativo el balance de ventajas e inconvenientes que se veía obligado a realizar el mando francés y que empuja a negociar a Francia. En la llamada “guerra popular”, por lo tanto se empieza con la guerrilla rural (igual que en la concepción foquista ortodoxa, tipo cubano) para terminar en el ejército del pueblo que es un ejército de campaña.

¿Se puede trasladar esta concepción a las condiciones del Uruguay donde los objetivos de la acción armada son primordialmente sociales? ¿Se puede llegar a estructurar propiamente un ejército dentro de ciudades a partir de la guerrilla urbana? Esto nos parece por lo menos, sumamente difícil. A partir de un nivel de acción armada en ciudad, con características de guerrilla urbana, se puede llegar hasta un hostigamiento intenso de las fuerzas enemigas, pero la decisión se da a través de una insurrección popular urbana.
La etapa final de la guerra prolongada concebida en términos de “guerra popular”, o guerra “modelo asiático”, digamos, consiste en una campaña militar concebida dentro de pautas más o menos clásicas, o sea una guerra regular entre ejércitos regulares. La fase final de la guerra que tenemos necesidad de desarrollar en nuestro medio, a partir de una guerrilla urbana, termina en una insurrección también, en lo fundamental, urbana.

Nos estamos refiriendo por supuesto a los términos en que plantea este problema en el marco de la formación social uruguaya. Por supuesto, que si proyectamos esta problemática a la dimensión general latinoamericana, la tesitura de la guerra popular no es a priori descartable, aunque habría que someterla a una crítica bastante minuciosa a partir de las apreciaciones, que creemos en lo fundamental ciertas, que formulaba respecto de la “guerra popular” Régis Debray en “¿Revolución en la Revolución?”. El destacaba que aún en los medios rurales latinoamericanos, la situación no es equivalente ni mucho menos a la de los países asiáticos por una serie de circunstancias concretas que enunciaba allí: escasa población, afincamiento local de un aparato represivo, características peculiares de la estructuración social del campesinado, etc. Es evidente que el carácter fundamentalmente urbano de la lucha en nuestro medio tanto en su etapa inicial de guerrilla urbana como en la fase de su resolución insurreccional, otorga una importancia más gravitante, más decisiva si cabe aún, que en la “guerra popular” asiática, a la dimensión política de la práctica militar. La acción en medios urbanos vuelve decisiva la vinculación con las masas en el sentido de que desde el comienzo la operatividad del aparato armado debe estar guiada por un criterio de acción por y para las masas en su práctica militar. Las características urbanas de la guerra, la condicionan políticamente mucho más que a cualquier otro tipo de táctica militar revolucionaria porque el desarrollo del aparato armado clandestino de la guerrilla urbana no constituye, militarmente hablando, un fin en sí, sino un medio de contribuir a promover un desarrollo político de las masas. El desenlace insurreccional exitoso conlleva la idea de este trabajo político previo. La insurrección sólo puede ser victoriosa en la medida en que esta acción de preparación política previa, dentro de la cual la actividad de la guerrilla urbana es un elemento fundamental, ha sido desarrollada cabalmente. Esto sucede así porque, en definitiva, el desenlace insurreccional no dependerá centralmente del desarrollo técnico-militar previo del aparato armado, sino de la eficacia con que este haya logrado insertarse y gravitar a nivel de esas masas junto a las cuales sí se podrá obtener por vía insurreccional una decisión de victoria. La eficacia con que la guerrilla urbana haya logrado insertarse dependerá más de la justeza de su línea y su acción política que de su desarrollo técnico. Sin que esto implique por supuesto, en absoluto, subestimar la necesidad de desarrollo específicamente técnico del aparato armado, que como enunciáramos anteriormente constituye un factor indispensable para todo éxito insurreccional en la medida en que es él quien vanguardiza y protagoniza las acciones armadas que determinan el éxito de la insurrección. De la justeza del trabajo en las masas por parte del aparato armado que supone por supuesto, la existencia y la acción de un partido que dirige el conjunto del proceso y cuya práctica política desborda ampliamente los límites de la sola y exclusiva práctica militar, de la justeza de esa acción de masas decimos, depende la posibilidad de desarrollar las condiciones para la insurrección.

Cabría realizar algunas postulaciones tendientes a abordar la hipótesis de que resulta, si no imposible, por lo menos enormemente difícil, llegar a formar un ejército con características de ejército regular a partir de la guerrilla urbana. En otros términos, abundar en la hipótesis de que la guerrilla urbana como tal, no puede obtener la victoria militar sobre un ejército en una guerra abierta, en medio urbano. Dicho aún de otra manera, lo que procuramos fundamentar es la afirmación de que la guerrilla urbana sólo puede elevarse, como forma superior, a un desenlace insurreccional y no puede o por lo menos resulta enormemente difícil que se eleve, como forma superior, a la constitución de un ejército con características de ejército regular capaz de decidir en el medio urbano, a través de una guerra regular, la victoria militar.

A partir de la guerrilla rural debe necesariamente pasarse por una etapa intermedia de constitución de ejército regular en condiciones de desarrollar una lucha de guerra clásica de campaña, como condición previa al desenlace militar, mientras que a partir de la guerrilla urbana no se puede llegar a la constitución de un ejército regular y sí se debe pasar directamente a la insurrección. Entre la guerrilla rural y la victoria existe una guerra regular.

Entre la guerrilla urbana y la victoria existe solamente una insurrección. De ahí la suma delicadeza del momento insurreccional, puesto que en gran medida la experiencia insurreccional es irreversible. Una insurrección termina en victoria o en grave derrota. En cambio la etapa intermedia entre la guerrilla rural y la victoria, constituida por un período de guerra regular, no reviste la gravedad como opción política que reviste la elección de la coyuntura insurreccional. La guerrilla urbana está condenada, digamos así, a ser sólo eso, guerrila, guerrilla urbana, hasta el momento, necesariamente muy bien elegido, de una insurrección generalizada. Sería largo y seguramente inoportuno enunciar aquí todas las razones técnicas que, a nuestro entender, traban decididamente en nuestro medio la conversión de una guerrilla urbana en ejército capaz de disputar la victoria al enemigo en acción abierta, o sea en combate formal. Por supuesto, cuando nos referimos a acción abierta, a combate formal, no nos estamos refiriendo a la insurrección que definíamos como la culminación necesaria del proceso de lucha guerrillera urbana, sino a una especia de etapa previa que en la concepción foquista del M.L.N. se pretendió definir como “la guerra”. Una especie de etapa intermedia, inserta entre la actividad propiamente guerrillera y el desenlace armado. La hipótesis insurreccional nunca formulada en términos precisos por el M.L.N. podría suponerse implícita como coronación del proceso que este movimiento definió como “guerra” o “campaña de hostigamiento”.

Parecería claro que entre la guerrilla y la insurrección, el M.L.N. vislumbró la posibilidad de un período de operaciones frecuentes y de dimensión relativamente importante, que vendría a ser el equivalente, en medio urbano, de lo que es el período de guerra regular en el medio rural según la concepción de “guerra popular asiática”. Esta hipótesis está corroborada por el claro intento de extensión de las operaciones militares al campo. Podría considerarse que lo que el M.L.N. procuró llevar a la práctica a partir de abril, fue una modalidad operativa aproximadamente similar a la desarrollada por Grivas y la EOKA en Chipre. O sea, una intensa actividad urbana paralelizada por la acción de grupos operativos, bastante restringidos numéricamente, en el campo. Por supuesto esa etapa operacional no fue suficientemente definida por los mandos del M.L.N. y los términos en que sucedieron las cosas no permiten tampoco hacerse una idea clara respecto de cuáles eran las modalidades y los objetivos que pretendía concretar la dirección del M.L.N. al postular la intensificación de las operaciones bajo el título de “guerra”. Parece bastante claro, por los documentos publicitados, y por los hechos incluso, que la dirección del M.L.N. consideró que en abril se procesaba un cambio cualitativo de los niveles llevados adelante hasta entonces, cambio cualitativo significado por un sensible salto en cuanto a la dimensión de las operaciones que se encaraban. El hecho de que estas operaciones no hayan tenido oportunidad de llevarse adelante por el desarrollo de los acontecimientos tal como se dio, no inhibe de considerar ciertamente que se encaraban incorporación de objetivos de defensa de la “legalidad”. Así concebido, el M.L.N. pasaría a ser vanguardia de un movimiento popular más amplio que podría adoptar eventualmente la bandera de la restauración democrática.

De haberse logrado superar la represión militar como antes se había logrado superar la represión policial, se habría creado para las clases dominantes uruguayas y para su gobierno, ya abiertamente dictatorial, una coyuntura muy difícil de superar que en la política del M.L.N. podría haber desembocado en una intervención extranjera. De producirse ésta, pasarían a manos del M.L.N., además de la bandera de la defensa de la “democracia” liberal, la bandera de la defensa de la nacionalidad, lo cual hubiera terminado convirtiendo, en definitiva, la causa social en causa nacional, con la consiguiente ampliación de las posibilidades políticas del Movimiento en las masas.

La guerrilla iniciada por objetivos sociales, se convertiría así, en la medida que perdurara, en lucha por libertades democráticas, y en la medida en que ésta perdurara superando la represión del ejército, en lucha por la defensa de la soberanía, ya que desbordado el ejército como antes la policia, el único recurso que quedaba a las clases dominantes era abrir paso a la intervención extranjera.

Si es esto realmente lo que se buscó, implica una grave falta de perspectiva, una muy errónea evaluación de la coyuntura militar, de las posibilidades propias y del enemigo, de la correlación de fuerzas. También, por supuesto una evaluación inadecuada de la coyuntura política, o sea de las posibilidades del sistema de “digerir” grados de violencia muy elevados, sin verse por ello forzado a romper decisivamente los velos ideológicos que encubren su esencia dictatorial y que le permiten mantener el ascendiente y la hegemonía sobre amplios sectores de masas.

No es éste el aspecto fundamental que nos interesa analizar ahora, sino que nos interesa más insistir sobre la faz específicamente militar de esta política que el M.L.N. pretendió emprender en abril. Creemos que del análisis de las características de este cambio, deriva la constatación de las enormes dificultades que enfrenta una guerrilla urbana para convertirse en niveles operativos superiores, aproximativamente equivalentes a los de una guerra regular. Dicho en otros términos, cómo la guerrilla urbana está en cierta medida condenada a ser guerrilla hasta el momento de la insurrección y no puede convertirse propiamente en ejército. Mencionaremos de manera necesariamente esquemática, porque de otra forma nos iríamos muy lejos algunas de las razones que determinan esto.

En primer término el desarrollo cuantitativo de los efectivos aparece bastante claramente como inversamente proporcional, digamos, al grado de seguridad de un aparato armado urbano que, por definición, siempre está en presencia del enemigo y expuesto en condiciones de dispersión a la acción represiva. Pensamos que una de las razones determinantes del rápido colapso sufrido por el M.L.N. radica justamente en haber desbordado los límites compatibles con la seguridad en cuanto al desarrollo cuantitativo de sus efectivos. Este razonamiento fundamenta la escasa dimensión que sistemáticamente vemos atribuida a los movimientos de guerrilla urbana. A esos efectos, nos remitimos a la descripción de efectivos de la EOKA, por ejemplo, que se hace en “La guerra de la pulga” y que da Grivas en su libro “Guerra de guerrillas”; a la descripción de los efectivos del IRA en la misma “Guerra de la pulga” y “La guerra de Irlanda” de Vicente Talón; a referencias similares de Menahem Beguin sobre el IRGUN de Palestina en “Rebelión en Tierra Santa”. En términos generales podría decirse que prácticamente todas las guerrillas urbanas que han operado a lo largo de la historia, han contado con efectivos sumamente reducidos, mensurables en cantidades de no más de pocos centenares de combatientes. Y nunca más de eso. Reiteramos que una de las razones que nos parece acentuó sensiblemente la vulnerabilidad del M.L.N. fue violar esta especie de ley de saturación.

Otra circunstancia notoria es que la guerrilla urbana carece de retaguardia, no domina espacio, carece por lo tanto de repliegue seguro sobre el terreno. En el medio urbano el enemigo es, obviamente, el dueño de todo el territorio y el único repliegue que le resta a la guerrilla urbana es la infra que ella misma genera.

El desarrollo cuantitativo de los efectivos que mencionábamos recién presiona necesariamente sobre la disponibilidad de infra cuyo desarrollo, a su vez, es tendencialmente mucho más lento y dificultoso, que el propio reclutamiento. El crecimiento del personal combatiente conduce pues indefectiblemente, a cierta altura, a un “cuello de botella” en materia de infra y servicios conexos. Esto nos parece bastante claro y es lo que indica toda la experiencia. Es mucho más difícil, sobre todo llegado a cierto ritmo de operatividad, conseguir casas y el montaje de los servicios correspondientes a una organización clandestina, que reclutar combatientes. La experiencia del M.L.N. también apoya esta afirmación puesto que, si bien había allí un poderoso desarrollo de infra, la disponibilidad de efectivos rebasó con mucho sus posibilidades. Por otra parte, en términos represivos, lo que cae, y lo que cae sin remedio son las casas, que no pueden moverse, digamos así. Y los equipos pesados, le impedimenta que no puede trasladarse con agilidad. Lo que más fácilmente rehuye a la acción represiva es obviamente aquello que puede desplazarse y en este mundo lo que más puede desplazarse son las personas.

De manera que la piolita se corta por el lado de la infra y por el lado del deterioro de los servicios correlativo a la caída de las casas. Es por allí, en términos generales, por donde se abre el flanco más vulnerable de toda organización clandestina, y es justamente esa vulnerabilidad lo que crece en la misma medida en que se extiende o aumenta la cantidad de personas encuadradas en estas organizaciones.

En otro aspecto aún siendo numerosa, la guerrilla urbana, por operar siempre en terreno enemigo, presenta enormes dificultades para concentrarse en medida suficiente como para decidir enfrentamientos de entidad. Es una ley de su funcionamiento el evitar este tipo de enfrentamientos. Bien se sabe que durante largos períodos, especialmente en los períodos iniciales, es normal en toda actividad guerrillera evitar en lo posible los encuentros con el enemigo. Pero sucede que sin enfrentamiento, sin “batallas”, vamos a decir, no existe la posibilidad de destrucción militar del ejército enemigo. No es rehuyendo las confrontaciones como se puede llegar a una decisión armada. La guerrilla urbana puede lograr sobre el enemigo grandes efectos políticos, pero en función de esta característica que estamos anotando, muy difícilmente puede lograr decisiones militares importantes. La dificultad para concentrarse, derivada del hecho de operar siempre en territorio enemigo, determina que en los enfrentamientos, normalmente la guerrilla urbana sea más débil que el oponente, lo cual conlleva la necesidad de rehuir esos enfrentamientos y por lo tanto la imposibilidad técnica de lograr la destrucción del ejército contrario.

En resumen, la guerrilla urbana, hasta el momento insurreccional está encerrada en la defensiva estratégica, por más que pueda tener, circunstancialmente, la ofensiva táctica. Sólo puede golpear al enemigo de manera esporádica, librando una guerra sin dimensión territorial y por lo tanto sin frentes y sin acciones sostenidas. El enemigo aunque tampoco tiene frentes estables puesto que éstos se crean y desaparecen en cada acción, controla sin embargo el terreno y tiene la ofensiva estratégica permanentemente en sus manos.

La victoria militar exige de alguna manera pasar a la ofensiva estratégica. La imposibilidad de que la guerrilla pueda pasar a la ofensiva estratégica traslada los “efectos” de ofensiva al plano político. La única ofensiva militar decisiva, en marco urbano que puede obtener la destrucción del aparato represivo, es la insurrección, que, a su vez es una eventualidad irreversible. O se obtiene la victoria final o significa una derrota grave en el plano militar.

En definitiva, la guerrilla urbana, como tal, parece estar encerrada necesariamente en la defensiva estratégica. La ofensiva estratégica posible para la guerrilla urbana consiste en la insurrección. Siendo la ofensiva estratégica requisito indispensable para la victoria, y siendo la insurrección su única forma urbana, sólo con la insurrección se puede lograr la victoria.

La insurrección, según enunciábamos antes, supone tres condiciones: la disponibilidad de un aparato armado clandestino previamente organizado y experimentado; el apoyo de masas o de sectores de masas suficientemente importante como para gravitar en el acto insurreccional, participando activamente en él; y un trabajo político previo que permita la desmoralización o la desintegración lo más amplia posible del aparato represivo. Por supuesto que una acción insurreccional supone una cuidadosa evaluación de factores políticos, y es absolutamente imposible deducirla de una decisión voluntarista del aparato armado, por importante que éste sea. Una insurrección aislada de las masas es totalmente inconcebible. Una acción de hostigamiento, como la planteada por el M.L.N. a partir de abril, en la medida en que no apunte a un desenlace insurreccional, tampoco es capaz, por sí, de producir la liquidación del aparato armado burgués. El hostigamiento, por intenso que fuere, sigue encerrado dentro de la característica de defensiva estratégica. Sólo la insurrección supone la superación de la defensiva estratégica y el pasaje a la etapa de ofensiva estratégica.

Las obvias implicaciones de carácter político de un proceso insurreccional, excluyen totalmente la posibilidad de que él pueda ser encarado a partir de un planteo foquista. La insurrección exige la existencia previa de un partido y el desarrollo de un aparato armado propio capaz de operar durante un largo período como guerrilla urbana. El éxito de una insurrección no puede fiarse al espontaneísmo de las masas y tampoco puede fiarse al voluntarismo del aparato armado, operando aislado o más o menos aislado de las masas. La concepción insurreccional de la destrucción del poder burgués exige el trabajo en los dos niveles: a nivel de masas para crear las condiciones políticas de la insurrección; a nivel armado para crear el aparato armado que, previamente a la insurrección, estructure los cuadros de ésta y sea el elemento de choque, de ruptura del proceso insurreccional.

En las condiciones concretas de nuestra formación social nacional, no puede establecerse que un proceso de insurrección victorioso baste de por sí para implantar el poder popular en el Uruguay sólo. Hay que partir de la base de que la destrucción del poder burgués en nuestro país es solamente la apertura de una nueva etapa de lucha contra la intervención extranjera. Sería absurdo concebir el “socialismo en un sólo país” en el Uruguay.

A partir de la destrucción del poder burgués en el Uruguay, es que la lucha se internacionaliza hacia afuera y se vuelve nacional hacia adentro, en el sentido de que la intervención extranjera es, prácticamente inevitable, dada la situación geopolítica. La intervención política de las burguesías de los países vecinos o directamente del imperialismo, necesariamente convierte la revolución social en una revolución en defensa de la independencia nacional. Al mismo tiempo traslada hacia los países vecinos los efectos de la revolución uruguaya. En la medida en que la revolución triunfe en el Uruguay no será, por sí misma, capaz de afianzarse aquí sólo, pero sí de iniciar una etapa de internacionalización de los efectos políticos revolucionarios. Se inicia entonces el 2º período de lucha prolongada contra la intervención extranjera, período en que se involucra la suerte o el destino de la región y no ya solamente de nuestro país. El Uruguay no se jugaría, según esta concepción, la suerte sólo del país, sino la suerte de la revolución en la región.

El Uruguay constituye el punto de mayor vulnerabilidad en la cadena imperialista regional, en la medida en que es un país carente de aperturas burguesas viables. La burguesía uruguaya ha sido incapaz de formular un proyecto, un modelo de desarrollo que le permita escapar al proceso de deterioro económico-social creciente que padece desde hace decenios. La tendencia al deterioro en todos los planos, lejos de atenuarse se acentúa incesantemente. El deterioro se va trasladando gradualmente del nivel económico, determinante en última instancia, a los niveles político e ideológico. La capacidad real de las clases dominantes uruguayas para enfrentar a la revolución, disminuye en la misma medida en que el deterioro se profundiza.

Las clases dominantes, insistimos, no han sido capaces y no parecen disponer de los medios para formular un proyecto que signifique la superación de esta situación. Su única respuesta ha sido intensificar la represión, lo cual si bien les ha valido éxitos en el plano militar, indudablemente constituye una respuesta políticamente no válida y cargada de riesgos para el futuro. La polarización de las luchas en el Uruguay, debido a esta circunstancia, o sea a la carencia de salida burguesa, es prácticamente inevitable en la medida en que el proceso de deterioro continúe. Nada sugiere, hoy por hoy, su detención, ni aún siquiera su estancamiento. Por el contrario, por períodos, adquiere una velocidad mayor. Es esta situación lo que legitima plenamente la vigencia de la acción armada desde ya en nuestro país.

La viabilidad de un desenlace insurreccional, debe consultar además de la coyuntura interna, la coyuntura global de la región. El aspecto más peligroso de ésta está radicado en el desarrollo burgués de Brasil. La inevitable internacionalización de la revolución uruguaya como proceso armado, o sea el hecho de que ésta termine inevitablemente en intervención extranjera, parece sugerir la pertinencia de una muy prolongada etapa de lucha encarada en términos de guerrilla, antes de llegar a un desenlace insurreccional cuya coyuntura debe ser muy precisamente escogida.

Se desprende claramente de lo aquí enunciado, que también en el marco de la concepción estratégica postulada por nosotros, tiene cabida un “momento nacional” digamos así, del proceso revolucionario, lo cual puede establecer una similitud aparente con el foco. Según se plantea aquí, el momento de la lucha por la independencia nacional también es posterior, en el tiempo, al momento social, o sea a la etapa social inicial, a la etapa de motivación social de la lucha guerrillera. Es de toda evidencia que dadas las condiciones particulares de nuestro país, es prácticamente inconcebible el establecimiento de un régimen de tipo socialista, o aún la realización de transformaciones sociales profundas sin contar con la intervención de las burguesías vecinas. Por otra parte nuestro país se halla plenamente inmerso en un proceso de integración regional, que no es nada más que la concreción del proceso de integración general correlativo a la etapa de penetración del capitalismo monopolista en América Latina. Dicho en otros términos, lo que sucede es que el Uruguay, por diversas vías se va integrando cada vez de manera más plena al ámbito económico de los países vecinos. Puede constituir y constituye, por supuesto, una zona de fricción entre las burguesías dependientes de los países vecinos.

Lo indudable es que todo parece indicar que el Uruguay burgués no sería viable en el largo plazo. La dominación burguesa en nuestro país, por lo tanto, en gran medida se asocia a la perspectiva de una integración dependiente respecto de las burguesías de los países vecinos. El destino del Uruguay como país independiente bajo dominación burguesa no parece ser viable. Dominación burguesa y perduración de la independencia política real surgen como términos contradictorios. En el plazo, el país va a ir perdiendo cada vez más su independencia real sin perjuicio de conservar una independencia formal cuya invalidez en el plano de la realidad será cada vez más evidente para todos. Si en el marco de su deterioro y de la creciente integración regional monopólica el Uruguay burgués está predestinado a la integración con los países vecinos y a la pérdida de su independencia, la única forma viable para que esta independencia perdure y sea una realidad, es la superación de la estructura burguesa en nuestro país. El Uruguay, en el marco del sistema capitalista, está destinado a la pérdida gradual de su independencia. Sólo dejando de ser capitalista podrá conservar su calidad de nación independiente. El Uruguay será independiente en la medida en que sea socialista. Por esta vía, socialismo y nacionalismo llegan, es cierto, a una final convergencia.

Toda concepción de nación es inseparable de una perspectiva de clase. La patria según la noción burguesa es la patria para los burgueses. La nación en la concepción proletaria, es sólo la nación socialista y por lo tanto la reivindicación de la independencia nacional y su consagración a través de un proceso de lucha armada se identifica con la lucha por el socialismo. El Uruguay será independiente si es socialista o no será independiente. Capitalismo y dependencia creciente son términos inseparables. La independencia política es incompatible con la vigencia del capitalismo en nuestro país, porque él lo lleva inexorablemente a una dependencia creciente, no ya referida al imperialismo yanqui, sino bien concretamente referida a las burguesías de los países vecinos, también dependientes, por supuesto. La burguesía uruguaya será necesariamente dependiente de burguesías a su vez dependientes. Este proceso será tanto más rápido, cuanto mayor sea por un lado el desarrollo de las burguesías dependientes vecinas, y cuanto mayor y más agudo e irreversible se torne el proceso de deterioro económico-social al que arrastra al país la dominación burguesa dependiente. Una real independencia nacional exige por lo tanto, el derrocamiento del poder burgués en el país.

La guerra de guerrilla a partir de motivaciones sociales efectivamente en determinado momento adquiere connotaciones nacionales. Una insurrección socialista, o por lo menos orientada a cambios radicales, será también sin duda una insurrección con fines nacionales.

Asociar los valores socialistas a los valores ideológicos nacionalistas, entendemos que es un elemento importante para ampliar la esfera de acción ideológica de la revolución. No queremos introducirnos aquí en un análisis teórico respecto al contenido y los alcances del “patriotismo” como ideología. Solamente queremos formular la hipótesis de su implementación como elemento ideológico sin que ello implique negar la necesidad de adecuaciones para ubicarlo en la concepción general socialista. Distinta es, nos parece ya que estamos en esto, la valoración que debe hacerse de la ideología democrático-liberal. Dijimos más de una vez ya, que el esquema operativo del foco, suponía la iniciación de la actividad militar a partir de motivaciones sociales, prolongable luego hacia la rehabilitación de la democracia liberal, una vez que la misma acción del foco hubiera generado factores represivos suficientes y prolongables posteriormente a la defensa de la causa nacional, en la medida en que motivara una intervención. Sobre la vinculación de las motivaciones sociales de la lucha armada con la lucha nacional, hemos sugerido algo más arriba.

Respecto a la vinculación de las motivaciones sociales con los valores ideológicos democrático-liberales, pensamos que la conducta debe ser diferente. No creemos que bajo ningún concepto sea reivindicable la institucionalidad liberal-democrática como meta de la lucha. Pensamos que un movimiento auténticamente revolucionario tiene que postular desde ya, y en la medida en que ello sea posible y compatible con el nivel de comprensión popular, objetivos de organización política diferentes a la organización tradicional estatal-burguesa. La estructura estatal burguesa debe ser denunciada y combatida en el plano ideológico desde ahora. No compartimos en absoluto por lo tanto la perspectiva de una etapa de lucha pro-democrática, tal como se la plantearía el foco. La revolución uruguaya será socialista y nacional, pero no debe ser liberal-democrática. Debe postular una estructura de poder totalmente diferente. Ello implica el trabajo de concebir formas de poder popular, y la crítica sistemática sobre los niveles jurídico-políticos de organización del estado burgués dependiente, y de crítica de la ideología política que sostiene e informa esta estructura estatal-burguesa dependiente.

Tratando de resumir los aspectos militares de la práctica foquista, enunciemos los siguientes puntos: el foquismo en la versión del M.L.N. postula el criterio de que la actividad armada por sí sola puede generar las condiciones políticas de la revolución. ¿En qué consiste la generación de estas condiciones políticas? En primer término, la actividad inicial del foco polariza a su alrededor la opinión de los sectores más politizados. La actividad sostenida del foco generaría la represión, y ésta aparejaría tarde o temprano la alteración del marco institucional democrático. A partir de la existencia de una dictadura, la lucha contra ella polarizaría en torno al foco, al conjunto de la opinión política no ya revolucionaria, no ya simplemente de izquierda, sino aún la liberal. En la medida en que el foco se sostuviera, operando siempre a niveles más altos, esto terminaría generando la intervención extranjera. Ella pondría junto al foco al conjunto del país. En términos políticos, la guerra de guerrilla iniciada por motivaciones sociales, adquiriría después un contenido político democrático y posteriormente, en la etapa final, un contenido de guerra nacional. El foco generaría así, empezando al revés, digamos, las condiciones políticas que tradicionalmente (caso cubano por ejemplo) generó la dictadura. En lugar de ser respuesta a una dictadura o a una situación colonial descarnadas, el foco las generaría. En lugar de ser respuesta a la dictadura abierta, el foco traería la dictadura abierta. En lugar de ser respuesta a una dominación extranjera directa, el foco atraería la dominación extranjera directa. En virtud de ello, el foco capitalizaría sin necesidad de lucha ideológica previa, es decir, sin necesidad de romper las estructuras ideológicas burguesas, capitalizaría los propios valores de la ideología burguesa: democratismo liberal y nacionalismo. La estrategia foquista pretende ser un atajo precisamente por eso: por el hecho de que sería un intento de canalizar rápidamente hacia la causa revolucionaria la propia ideología burguesa.

¿Cómo se lograrían estos efectos políticos? Para lograrlos se necesitan acciones impactantes. El impacto sicológico necesita un “crescendo”, una intensificación gradual y sostenida de las acciones. Si se retorna a niveles operativos ya superados, el efecto de impacto disminuye o desaparece. Los efectos políticos de la operatividad se volatilizan si ésta no sigue un curso sostenidamente ascendente. Un efecto similar al de la intensificación o ampliación de la magnitud de las operaciones, se logra variando la índole de éstas. Variar el tipo de operaciones e incrementar el nivel de éstas en aquellos ramos o variantes operativos ya realizados, son los dos caminos para persistir en el logro del impacto sicológico. El impacto sicológico genera simpatías.

En la expectativa de que los objetivos revolucionarios democrático y nacional se logran por este método, no interesa desarrollar esta simpatía en el sentido de una conversión, digamos así, ideológica, de una modificación en profundidad de la ideología de la gente, ya que esto no sería necesario.

Todo el proceso se concibe por supuesto como breve, brevedad que no descarta una perduración de algunos años. Lo decisivo es la actividad operativa. Lo único que importa substancialmente es el desarrollo del aparato armado. La capitalización política puede hacerse en términos de mera simpatía encuadrable precariamente en un movimiento de masa, concebido básicamente como una pecera donde pescar, como lugar de reclutamiento, como un lugar de recurrencia para obtener el apoyo necesario al aparato armado.

La canalización política de las simpatías obtenidas, no reviste la forma de partido. Ello implica que el movimiento correspondiente carece de línea clara en materia política, ideológica y de masa. El foco descarta realmente una política para masas. El foco descarta la organización de un partido, única forma de desarrollar esta política a nivel de masas. El foco descarta la modificación ideológica profunda, incluso de sus propios militantes. ¿Por qué? Porque se supone que la actividad armada generará una dinámica, la dinámica que enunciamos antes, que hace obviable todo este complejo proceso visualizado en la concepción foquista, como demasiado engorroso. La lucha armada abrevia, permite capitalizar para la revolución los propios valores ideológicos burgueses. Por eso no hay que discutir ni siquiera con el reformismo. Ello es innecesario, puesto que la dinámica generada por las operaciones armadas arrastrará al reformismo al terreno de la revolución donde será furgón de cola, o será destruido por la represión. En realidad la función política en la concepción foquista es depositada en manos de la reacción. Es la represión la encargada de persuadir al pueblo de las ventajas de la revolución. Para que ello sea posible y fácil, es necesario que los revolucionarios no le planteen al pueblo opciones complejas, ideologías, problemas complicados.

Es necesario que el foco revolucionario sostenga una posición sumamente amplia en lo ideológico que no obstaculice la adhesión de nadie, puesto que se prevé que la adhesión será masiva, en el sentido cuantitativo y masiva en cuanto a nivel ideológico de los adherentes. La causa es primero social, luego es democrática y después patriótica. Y todos deben estar en condiciones de enrolarse en ella. La forma de la propaganda no debe revestir complejidades teóricas o ideológicas, debe ser accesible a todos. El folklore es la forma evidentemente más eficaz para este tipo de prédica. El contenido propagandístico es emotivo, no racional. Lo racional limita la posibilidad de adhesión y es complicado; lo emotivo llega a todos. Se prescinde por supuesto de la teoría. Son los hechos los que definen.

De lo que se trata fundamentalmente es de sostener la moral del movimiento y el entusiasmo revolucionario de las masas, a través de hechos. Por eso los hechos tienen que ser constantes, sostenidos y cada vez de importancia mayor. Es la importancia permanentemente creciente de los hechos lo que significa el avance de la revolución. Es la importancia constantemente creciente de los hechos o la variación del terreno sobre los cuales se hacen, lo que sostiene la moral inclusive del movimiento. El reclutamiento se define en torno a la propensión a realizar hechos. La propensión a realizar hechos se define en cuanto a un ánimo sentimental y emotivo. El ánimo sentimental y emotivo se genera en los hechos. Esta ideología resulta viable, es obvio, como motor de un movimiento concebido en términos cortoplacistas. Es funcional en un movimiento que parte de la base de que su camino va a estar constituido por éxitos constantes puesto que la posibilidad de operar siempre en sentido ascendente, supone el éxito permanente. La línea sostenida en base a operar siempre en sentido ascendente supone la subestimación del enemigo. Subestimación que no está avalada por ningún análisis de coyuntura. Los hechos han demostrado los alcances ruinosos de este criterio.

Está implícita en la concepción enunciada, la pertinencia y la necesidad de ampliar constantemente los efectivos. La concepción cortoplacista conduce a la conclusión de que es necesario crear un ejército clandestino al menor plazo posible. Si la coyuntura política puede ser forzada, digamos así, a partir de acciones armadas, cuanto mayores sean las acciones armadas, cuanto mayor sea el aparato armado, más fácil y rápidamente se forzará la coyuntura política. Está implícita en este criterio la concepción voluntarista. Va unida a ello la confianza en el efecto multiplicador de las acciones armadas. Cualquier tipo de estructura social, política, económica, puede ser deformada y modificada con las armas, en el sentido en que lo desean voluntariamente quienes empuñan esas armas.

La actividad política pasa a ser para el foquismo decisión subjetiva de un grupo operativo y no producto de un proceso global de la sociedad. Pesa más la decisión de un grupo más o menos aislado, que el comportamiento de las clases sociales. Esta actitud conviene perfectamente a la postura ideológica de determinados sectores pequeño-burgueses, en concreto de la pequeña burguesía culta, la llamada “intelligenzia” que opera en nuestro país como fuerza social bastante al margen de las clases sociales fundamentales, en gran medida como producto del retraso del nivel de conciencia de la clase obrera. Es difícil precisar a veces en qué medida este comportamiento de grupos pequeño-burgueses responde realmente a los intereses de clase obrera o a preocupaciones de abrirse paso en la jerarquía social vigente. En qué medida su ánimo revolucionario no está determinado por la presencia de una burguesía que taponea sus expectativas de “ascenso social” burgués en el marco de una formación social estancada.

Sea como fuere, esta concepción foquista implica en lo militar la necesidad de crear un ejército clandestino. La necesidad de crear un ejército clandestino plantea un nivel reducido de exigencias para el reclutamiento. Cuando decimos ejército clandestino, no nos estamos refiriendo por supuesto a un aparato armado de dimensión cuantitativa considerable como lo fue el M.L.N. Un bajo nivel de exigencia para el reclutamiento, unido a un bajo nivel de exigencia en cuanto a la formación político-ideológica de los cuadros, acentúa la vulnerabilidad de estos frente a la represión. Cuadros mal formados políticamente son vulnerables a la represión. La concepción cortoplacista subestima la necesidad de compartimentar. El aspecto de seguridad es subestimado en la medida en que se considera fácil la reposición de los cuadros perdidos y se considera breve el período de la lucha.

Creemos que estas circunstancias están en el fondo de la derrota del M.L.N. a partir de abril. Muy difícilmente un movimiento que se desarrolle en el marco de la concepción foquista podrá superar estas debilidades, que sólo son superables a partir de un criterio largoplacista. Aún las traiciones abiertas registradas a nivel de dirección en el M.L.N., aparte de su aspecto anecdótico, evidencian la subestimación de la necesaria homogeneidad política en los niveles de dirección. Nada de lo que ha sucedido resulta demasiado extraño si se parte del contenido de la concepción foquista. Es la política la que debe dirigir las armas y no la armas las que dirijan la política. La guerra no es sólo un problema técnico. Es -ni más ni menos- la política por otros medios.

¿Bajo qué condiciones un aparato armado podría por sí sólo desarrollar con éxito una acción revolucionaria? Contestar eta pregunta implica en cierta medida delimitar las posibilidades de éxito de eventuales nuevos intentos foquistas. Estos serían viables a partir de que las condiciones materiales de vida de las masas hayan experimentado un descenso muy marcado, al tiempo que empieza a quebrarse seriamente el predominio ideológico burgués. Sería viable cuando las vías habilitadas por el sistema, o sea la lucha gremial, la acción electoral, la acción propagandística pública, estén obstruidas, o aún estando abiertas sean de inoperancia evidente para las masas. Esto por supuesto se habría objetivado, en esa situación, en disposiciones y actos concretos de represión. En definitiva, un aparato armado podría desarrollar por sí solo una actividad política, sin partido, cuando el devenir espontáneo del proceso generara un malestar social generalizado, intenso y comprimido. El foquismo sólo sería viable en el marco de una gran desesperación de las masas que no encontraran canales políticos para expresarse. El foquismo sería viable, en suma, cuando las motivaciones sociales tuvieran una dimensión y una profundidad mucho mayor de las que tienen actualmente. Ello permitiría, en nombre de esas motivaciones sociales, generar una dinámica de apoyo masivo popular al foco. Permitiría masificar efectivamente el proceso de lucha armada en un plazo breve. Sólo en esas condiciones el foquismo lograría una inserción o una capitalización política efectiva de masas. La configuración de esas condiciones puede exigir aún un lapso más o menos prolongado; ello dependerá de la velocidad que llegue a adquirir el proceso de deterioro económico-social y de la eficacia con que este deterioro a nivel económico social en el plano político, endureciendo las formas de dominación política; y en el plano ideológico quebrantando la hegemonía ideológica burguesa sobre las masas.

Ninguna de estas condiciones estaba generada cuando el foco empezó a operar como tal, ni están generadas aún actualmente. Tampoco se generarán con características adecuadas si el proceso funciona de manera sólo espontánea. Ello hace necesaria la acción política concretada en la estructuración de un partido que opere a nivel público, a nivel de masas, y clandestinamente como práctica militar. Práctica militar no foquista, por supuesto, ya que las condiciones para el foco no están creadas. Naturalmente en la medida en que esas condiciones de desesperación social de las masas, de endurecimiento de la estructura política, de deterioro de la influencia ideológica de la burguesía, se generen y acentúen, el aspecto militar del trabajo político adquirirá una relevancia cada vez mayor, hasta predominar claramente sobre el aspecto de acción pública, no militar, a nivel de masas. El aspecto militar del trabajo crecerá en la medida en que la situación a nivel de masas revista condiciones cada vez más favorables a un desenlace revolucionario. Sin embargo, en ningún momento será prescindible y dejará de ser necesaria la acción a nivel de masas, la acción pública, la acción específicamente política del partido. En la perspectiva de un desenlace insurreccional, esta es obviamente imprescindible. Insurrección significa -lo dijimos- participación activa de un sector importante de masas. Significa la realización de un trabajo político previo sobre el ejército, especialmente, por supuesto, en sus escalones inferiores de tropa, como requisitos indispensables, además del desarrollo previo de un aparato armado relativamente importante.

Hay un aspecto que no queremos omitir y que en abril se planteaba la dirección del M.L.N. como uno de los principales obstáculos con que tropezaba su acción. El consiste en la llamada “anestesia” de las masas frente al impacto buscado por las acciones. Un aparato armado no puede fijar su estrategia a la necesidad de realizar acciones siempre en un sentido linealmente ascendente o variando su campo. Una concepción de lucha prolongada implica la aceptación, como en Vietnam, de niveles diferentes de operatividad, siempre reversibles. Una estrategia que presupone el incremento previsible por parte del enemigo; se vuelve inadaptable a la coyuntura política de la sociedad en general. Aún en el marco de un proceso de deterioro económico-social y de deterioro a todos los niveles, este proceso tiene ritmos diferentes. Puede incluso retroceder en su desarrollo. Pueden crearse coyunturas transitoriamente favorables a la burguesía. Y un aparato armado que opere sobre el supuesto de un nivel siempre creciente de operaciones, no está en condiciones de flexibilizar su práctica militar en atención a estos hechos. Por lo tanto, la receptividad en las masas puede resultar difícil o aún inadecuada.

La práctica militar implica fatalmente en determinado momento, o en determinado nivel de su desarrollo, acciones “antipáticas”. La aceptación de acciones antipáticas, supone la modificación previa de la ideología en sectores populares cada vez más amplios. Sólo así estarán éstos en condiciones de aceptar lo antipático que inevitablemente resulta de la práctica militar a cierto nivel de su desarrollo. Es un error básico del foquismo suponer que los hechos militares pueden llegar a ser indefectiblemente simpáticos, si se prescinde de la conquista ideológica de las masas, en determinado momento llegan a ser antipáticos. Pero la conquista ideológica de las masas supone la actividad de un partido, y la aceptación de una lucha a largo plazo.

La creación de un partido, o sea la existencia de una práctica política pública vinculada a la actividad del aparato armado, supone definiciones ideológicas, supone tarde o temprano la adopción de posiciones teóricas. Supone por supuesto el enfrentamiento público a las corrientes ideológicas hostiles. Supone, en suma, todo lo que supone una práctica política pública. Y ésta es incompatible, como tal, con la concepción ideológico político, que es lo que habilita la posibilidad de empalmar la práctica armada con la ideología predominante. El intento de compatibilizar una práctica revolucionaria con la hegemonía ideológica burguesa, concretado en la búsqueda de canalizar revolucionariamente las condiciones democrático-liberales y nacionales de las masas.

¿Cómo evitar la “anestesia” generada tarde o temprano por la persistencia operativa? ¿Cómo evitar las repercusiones negativas de las acciones antipáticas? El M.L.N. nunca encontró otra solución a este problema que no fuera el incremento del nivel operativo, y el éxito de esta presunta solución suponía que ante el incremento del nivel de operatividad se iban a dar por parte del enemigo determinadas respuestas de orden político. El fracaso del M.L.N. radica en gran medida, en que las respuestas del enemigo no fueron las previstas. Vuelto vulnerable por su propio desarrollo cuantitativo, el aparato armado foquista no logró sin embargo, a través de su práctica militar, producir los cambios políticos que se esperaban. Como numeroso ejército clandestino que era, quedó gradualmente aislado de las masas, soportando la vulnerabilidad que su dimensión inadecuada le aparejaba, sin cosechar sin embargo la adhesión de masas necesaria. Trabajando con la tortura, la represión golpeó al M.L.N. allí donde era débil, en el nivel de formación de sus cuadros militantes, en la falta de homogeneidad de su dirección política, que fue fisurada en los niveles intermedios y aún en la cabeza por la traición. A través de los efectos de la tortura se consigue desmantelar rápidamente la infra. La dimensión cuantitativa, inadecuada demostró entonces su peligrosidad. Las detenciones masivas de militantes evidenciaron esto.

La enorme impedimento, el inmenso equipo acumulado por el M.L.N. con vistas a una “guerra” definida en términos concretos de hostigamiento, constituyó un factor más de debilidad. La caída de gran cantidad de casas y de grandes depósitos de armas y municiones operó moralmente en sentido negativo y acentuó los malos efectos de la deficitaria formación política de los militantes. Recibidos unos cuantos golpes, el clima de desmoralización ganó al movimiento y precipitó su derrota. La descompartimentación mostró entonces sus efectos nefastos.

La precariedad del encuadre político logrado para los simpatizantes del foco evidenció su escasa utilidad. Incluso llegó a ser imposible orquestar una campaña pública de entidad suficiente contra las torturas. Se dio la gran paradoja de que en el marco ideológico totalmente inadecuado del M.L.N. se pudiera vivir subrepticiamente una acción represiva con características similares a las de Brasil o Argelia, sin que ello llegase a suscitar una reacción pública de entidad suficiente. Un movimiento de simpatías no equivale a un partido político. Un movimiento de simpatías amorfo ideológicamente, carente, en suma, de otra estrategia y otra táctica que no fuera la mera simpatía con los hechos armados y su adhesión emotiva a ellos no es suficiente. Un partido político es otra cosa.

La concepción foquista tolera el encuadre de las simpatías en movimientos de simpatizantes con la acción militar. La concepción foquista no tolera la existencia de un partido, que es incompatible con ella. Pero el movimiento de simpatizantes demuestra su ineficacia como forma de acción pública. Sigue siendo valedero que el foquismo es excluyente de una práctica política pública a pesar de las apariencias que llegó a tener en su versión uruguaya. Sólo un verdadero partido político con inserción de masas y con acción pública, es capaz de asumir a nivel de masas las responsabilidades inherentes a su vinculación con una práctica militar. Un movimiento amorfo de simpatizantes no es capaz de asumir idóneamente esas responsabilidades. La experiencia uruguaya lo demuestra concluyentemente. El fracaso de esa especie de acción pública del foco es el correlato necesario de la concepción foquista en el plano militar. A pesar de sus adaptaciones de las cuales hemos dado cuenta a lo largo de esta serie de trabajos, la versión uruguaya del foquismo demostró concluyentemente su error, su invalidez, tanto en el plano militar, como en el plano de la acción pública. Ambos fracasos no son más que las dos caras de la misma moneda. El fracaso en los dos planos seguirá siendo inevitable en la medida en que el foquismo no revise a fondo su concepción. En la medida en que no deje de ser foquista, ningún movimiento revolucionario conseguirá canalizar eficazmente los esfuerzos de la revolución uruguaya. Por el contrario, contribuirá a generar condiciones capaces de poner en peligro el conjunto del proceso.

El foquismo, la vigencia de la concepción foquista, sólo puede contribuir a abortar el desarrollo del proceso revolucionario uruguayo. Por supuesto, ello no obsta al reconocimiento de la motivación y la naturaleza revolucionaria de la actividad de los compañeros que, compartiendo la errónea concepción foquista desarrollaron el M.L.N. ¿En qué radica el reconocimiento como revolucionarios de estos compañeros? Validaron definitivamente la práctica militar que ellos introdujeron en el Uruguay. Su actitud implica una ruptura a fondo y definitiva con la estructura de poder vigente. La ataca en el plano más sensible, en el plano del cuestionamiento, del monopolio de la fuerza por el estado burgués. Contribuyeron en alguna medida, indirectamente y en forma parcial, a deteriorar la hegemonía ideológica burguesa sobre las masas, aún actuando desde una perspectiva no proletaria, pequeño-burguesa. ¿Son revolucionarios los compañeros que han participado en la actividad del foco? Si. ¿Es el foquismo una concepción revolucionaria eficaz? No. El foquismo es una concepción revolucionaria errónea y como tal negativa y peligrosa para la revolución.

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