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Libro II: Sobre la teoría de la guerra

In K. V. Clausewitz: De la Guerra on marzo 12, 2010 at 2:21 am

Digitalización: Leopardo Mera

Capítulo I

INTRODUCCIÓN AL ARTE DE LA GUERRA

Guerra, en su significado real, es sinónimo de combate, porque únicamente el combate es el principio válido en la actividad múltiple que llamamos en un sentido amplio guerra. El combate es una prueba de la intensidad que adquieren las fuerzas espirituales y físicas por su intermedio. Es de por sí evidente que la parte espiritual no puede ser omitida, porque el estado de ánimo es el que ejerce la más decisiva influencia sobre las fuerzas que se emplean en la guerra.

Las necesidades del combate han conducido a los hombres a efectuar invenciones particulares con el fin de decantar en su favor las ventajas que aquél puede depararles. Como consecuencia de estos hallazgos, el combate ha experimentado grandes cambios, pero cualquiera que sea la dirección por la que se encamine, su concepto permanece inalterado, siendo él el que define a la guerra.

Los inventos se refieren, en primer término, a armas y equipos para uso de los combatientes individuales. Tienen que ser suministrados y aprendidos en su manejo antes de entrar en combate. Se crean de acuerdo con la naturaleza de éste y, por lo tanto, se supeditan a él; pero es evidente que su invención se aparta del combate en sí: se trata tan sólo de una preparación para el combate, y no de su ejecución. De ello se desprende que ni las armas y ni los equipos forman una parte esencial del concepto de combate, ya que una simple lucha constituye asimismo un combate.

El combate determina todo cuanto se refiere a las armas y los equipos, y éstos a su vez modifican la esencia del combate. En consecuencia, existe una relación recíproca entre unos y otro.

No obstante, el combate constituye una forma bastante peculiar de actividad, tanto más cuanto que se desarrolla en torno a un elemento muy especial, como es el peligro.

Por lo tanto, si en algún lugar se presenta la necesidad de trazar una línea entre dos actividades diferentes, ese lugar es éste, y para darnos claramente cuenta de la importancia práctica que encierra esta idea bastará con recordar cuán a menudo la aptitud personal, capaz de obtener un buen resultado en un terreno, no se manifiesta en otros, por grande que sea, sino en forma de pedantería trivial.

Tampoco resulta difícil hacer una distinción en su aplicación en una actividad u otra, si consideramos a las fuerzas armadas y equipadas como unos medios que nos son dados.

Para el uso eficaz de esas fuerzas no necesitamos conocer otra cosa que sus resultados más importantes.

En consecuencia, el arte de la guerra, en su verdadero sentido, es el arte de hacer uso en combate de los medios dados, y a ello no cabe asignarle un nombre mejor que el de «conducción de la guerra». Por otra parte, en el más amplio de los sentidos, todas aquellas actividades que concurren, por descontado, en la guerra ––todo el proceso de creación de las fuerzas armadas, es decir, el reclutamiento, el armamento, el equipamiento y el adiestramiento–– pertenecen a ese arte de la guerra.

Para establecer una teoría ajustada a la realidad resulta fundamental separar esas actividades de conducción y preparación, ya que fácilmente se advierte que, si todo el arte de la guerra se agotara en cómo organizar y adiestrar las fuerzas armadas para la conducción de la guerra, de acuerdo con las exigencias de ésta, tan sólo sería posible su aplicación en la práctica a los pocos casos en que las fuerzas realmente existentes respondieran exactamente a esas exigencias. Si, por otro lado, nuestro deseo se encamina a disponer de una teoría que se adecúe a la mayoría de los casos y sea aplicable a todos ellos, debe tener ésta como fundamento la gran mayoría de los medios usuales que sirven para hacer la guerra, y, con respecto a ellos, basarse sólo en sus resultados más

importantes.

La dirección de la guerra equivale, por lo tanto, a la preparación y la conducción del combate. Si éste fuera un acto único, no habría necesidad de ninguna otra subdivisión. Pero el combate está compuesto de un número más o menos grande de actos aislados, cada uno completo en sí mismo, que llamamos encuentros (como hemos señalado en el libro I, capítulo I) y que forman unas nuevas unidades. Se derivan de aquí dos actividades distintas: preparar y conducir individualmente estos encuentros aislados, y combinarlos unos con otros para alcanzar el objetivo de la guerra. La primera de estas actividades es llamada táctica, la segunda se denomina estrategia.

Tal división en táctica y estrategia se usa ahora de forma bastante general, de manera que todos saben medianamente bien en qué parte cabe colocar cualquier hecho aislado, sin necesidad de conocer con claridad sobre qué base se efectuó esa división. Pero para que esa distinción entre una y otra sea adoptada ciegamente en la práctica, tiene que existir una razón profunda. Nuestras inquisiciones nos permiten afirmar que ha sido tan sólo el uso de la mayoría el que nos ha hecho tener conciencia de ella. Por otro lado, debemos considerar como ajenas al uso corriente ciertas definiciones arbitrarias y fuera de lugar nacidas de la búsqueda realizada por algunos escritores.

Por lo tanto, siempre de acuerdo con nuestra clasificación, la táctica constituye la enseñanza del uso de las fuerzas armadas en los encuentros, y la estrategia, la del uso de los encuentros para alcanzar el objetivo de la guerra.

Porqué la idea del encuentro aislado e independiente es más concretamente definida, y sobre qué condiciones descansa esta unidad, será cosa difícil de elucidar, hasta tanto no examinemos con más detalle el encuentro. Por ahora nos limitaremos a decir que, en relación con el espacio, esto es, en el caso de encuentros simultáneos, la unidad se extiende sólo hasta el mando personal, pero en relación con el tiempo, o sea, en el caso de encuentros sucesivos, aquélla se prolonga hasta que haya terminado por completo la crisis presente en todo encuentro.

El hecho de que puedan surgir casos dudosos, en los cuales varios encuentros pueden ser igualmente considerados como una unidad, no bastará para desestimar el principio de clasificación que hemos adoptado, porque comparte esa peculiaridad con todos los principios similares que se aplican a las realidades que, aunque distintas, tienen siempre lugar siguiendo uno a otro tipo de transición gradual. Así podrá haber, por descontado, casos particulares de acción que cabe también considerar, sin que ello implique cambio alguno en nuestro punto de vista, como pertenecientes tanto a la táctica como a la estrategia: por ejemplo, posiciones muy amplias, semejantes a cadenas de puestos, disposiciones efectuadas para ciertos cruces de ríos, y casos análogos.

Nuestra clasificación comprende y agota solamente el uso de las fuerzas armadas. Pero existe en la guerra cierto número de actividades, subordinadas y sin embargo diferentes, que están relacionadas con este uso más o menos estrechamente. Todas ellas se refieren al mantenimiento de las fuerzas armadas. Así como la creación y el adiestramiento de estas fuerzas precede a su uso, así su mantenimiento es inseparable y resulta una condición necesaria para él. Pero, en un sentido estricto, todas esas actividades relacionadas entre sí deben ser consideradas siempre como preparativos para

el combate. Por supuesto, por estar relacionadas muy estrechamente con la acción, están presentes en todo el desarrollo de la guerra y aparecen alternativamente durante el uso de las fuerzas. En consecuencia, podemos con todo derecho excluirlas del arte de la guerra en su sentido estricto, es decir, de la conducción de la guerra propiamente dicha, y tenemos que proceder así si queremos cumplir con el principio original de toda teoría: la separación de las cosas que son distintas. ¿Quién incluiría en la conducción misma de la guerra cosas tales como la manutención o la administración? Es cierto que se hallan en constante relación recíproca con el uso de las tropas, pero difieren esencialmente de él.

Hemos afirmado en el libro I, capítulo II, que mientras se defina el combate o el encuentro como la única actividad directamente eficaz, los hilos conductores de todas las actividades estarán incluidos en él, porque en él finalizan. Con esto queremos significar que así queda fijado el objetivo de todas las demás, y que éstas tratan entonces de alcanzarlo de acuerdo con las leyes que las atañen. Aquí convendrá dar una explicación más detallada.

Los temas de las actividades existentes, excluido el encuentro, son de naturaleza muy variada.

En un aspecto, una parte todavía se halla en relación con el combate mismo, y se identifica con él, mientras que en otro sirve para el mantenimiento de las fuerzas armadas. La otra parte pertenece exclusivamente al mantenimiento y, como consecuencia de su acción recíproca, sólo ejerce una influencia condicionante sobre el combate por medio de sus resultados.

Aquello que depende de su relación con el encuentro son las marchas, los campamentos y los cuarteles, porque los tres comprenden situaciones diferentes en que pueden encontrarse las tropas, y al referirnos a éstas siempre debemos tener presente la idea de un encuentro.

Las otras cuestiones que sólo pertenecen al mantenimiento son: el abastecimiento, el cuidado de los enfermos y el suministro y la reparación de las armas y los equipos.

Las marchas se identifican por completo con el uso de las tropas. Es cierto que la acción de marcha en el encuentro, llamada generalmente maniobra, no equivale al uso real de las armas, pero se relaciona con él en forma tan estrecha y necesaria, que forma una parte integral de lo que llamamos encuentro. Pero, fuera de éste, la marcha no consiste en otra cosa que la ejecución de un plan estratégico. Por medio de este plan se establece cuándo, dónde y con qué fuerzas se librará la batalla, y la marcha es el único medio por el cual esto puede llevarse a cabo.

En consecuencia, la marcha es, fuera del encuentro, un instrumento de la estrategia, pero por esa razón no consiste sólo en un tema estratégico, sino que su realización se halla asimismo sometida tanto a leyes tácticas como a leyes estratégicas, porque las fuerzas que llevan a cabo la marcha se pueden ver involucradas en todo momento en un encuentro. Si ordenamos a una columna que siga el camino que queda de este lado de un río o de una montaña, ésta será una medida estratégica, porque contiene la intención de presentar batalla al enemigo en este lado más bien que en el otro, si durante la marcha se produjera un encuentro.

Pero si una columna, en lugar de seguir el camino a través del valle, avanza a lo largo de las cimas que corren paralelas a él, o, por conveniencia de la marcha, las fuerzas se dividen en varias columnas, entonces estas acciones responderán a unas medidas tácticas, porque se relacionan con la forma como deseamos usar nuestras fuerzas en el caso de producirse un encuentro.

La ordenación particular de la marcha guarda una relación constante con la disposición para el encuentro, y por lo tanto presenta una naturaleza táctica, porque no es más que la primera disposición preliminar que puede tomarse con vistas al encuentro.

Como la marcha es el instrumento mediante el cual la estrategia dispone los elementos en que se basa su eficacia para los encuentros, y éstos suelen valer tan sólo por lo que valen sus resultados y no por el curso real que tomen, ocurre a menudo que, al considerar los encuentros, el instrumento es colocado en lugar del elemento efectivo. Nos referimos entonces a una marcha decisiva, hábilmente concebida, y con ello queremos significar la forma en que fue librado el encuentro al cual condujo esa marcha. Esta sustitución de una idea por otra es demasiado lógica y la concisión de la expresión

demasiado expresa para ser rechazada, pero se trata únicamente de un encadenamiento abreviado de ideas, y al recurrir a él no debemos dejar de tener presente su significado estricto, si no deseamos caer en el error.

Tal error consistiría en atribuir a las combinaciones estratégicas un poder independiente de los resultados tácticos. Las marchas y las maniobras se combinan, el objetivo es alcanzado y sin embargo no se trata de ningún encuentro; la conclusión que extraemos es que existen medios para vencer al enemigo sin que se produzca un encuentro. Sólo más adelante podremos mostrar toda la magnitud de este error, tan proclive a funestas consecuencias.

Pero aunque una marcha pueda ser considerada absolutamente como una parte integral del combate, existen no obstante ciertas cuestiones relacionadas con ella que no pertenecen al combate y que, en consecuencia, no son ni tácticas ni estratégicas. Se trata de todos los preparativos concernientes al alojamiento de las tropas, a la construcción de puentes, a la apertura de vías de tránsito, etc. Éstos constituyen tan sólo requisitos previos; en numerosos casos pueden asemejarse mucho al uso de las tropas y llegar casi a ser idénticos a él, como es el de la construcción de un puente bajo el fuego enemigo, pero en sí mismos siempre serán actividades ajenas, cuya teoría no forma parte de la correspondiente a la conducción de la guerra.

Los campamentos, que responden a la disposición de las tropas en concentración, o sea, listas para el combate, son lugares donde las tropas descansan y se reponen. Al mismo tiempo entrañan también la decisión estratégica de presentar batalla en el mismo lugar donde están situados, de modo que la forma en que son establecidos indica ya a las claras el plan general del encuentro, condición ésta de la cual se desprende todo encuentro defensivo. Los campamentos son, por lo tanto, partes esenciales de la estrategia y de la táctica.

Los cuarteles reemplazan a los campamentos en la función de lograr que las tropas puedan recuperar sus fuerzas. Como los campamentos, corresponden a la estrategia en relación con su posición y extensión, y a la táctica con respecto a su organización interna, cuyo propósito es el aprontamiento para la batalla. Los campamentos y los cuarteles, además de contribuir a la recuperación de fuerzas, tienen generalmente otro objetivo; por ejemplo, el dominio sobre una parte del territorio o el mantenimiento de una posición.

Pero también pueden centrarse en cumplir sólo con aquel primer objetivo. No cabe olvidar que los objetivos que persigue la estrategia pueden ser extremadamente variados, porque todo lo que parece constituir una ventaja puede ser el objetivo de un encuentro, y la conservación del instrumento con el cual se conduce la guerra se convierte, muy a menudo, en el objetivo de combinaciones estratégicas especiales.

En consecuencia, si en un caso así la estrategia procura solamente la conservación de las tropas, no nos encontraremos por ello en un país extraño, por así decir, por el hecho de estar considerando todavía el uso de las fuerzas armadas, ya que este uso engloba toda disposición de esas fuerzas en cualquier punto del teatro de la guerra.

El mantenimiento de las tropas en campamentos y cuarteles pone de manifiesto actividades que no corresponden al uso de las fuerzas armadas propiamente dichas, como la construcción de barracones, levantamiento de tiendas, servicios de subsistencia y de sanidad, de tal modo que no forman parte ni de la táctica ni de la estrategia.

Incluso las mismas trincheras, cuya situación y excavación integran evidentemente el orden de batalla y son, por lo tanto, una cuestión de táctica, no pertenecen a la teoría de la conducción de la guerra en cuanto a la realidad de su construcción. El conocimiento y la habilidad necesarios para esa tarea deben existir de antemano en una fuerza adiestrada.

La técnica del encuentro lo da por sobrentendido.

Entre las cuestiones que corresponden al mero mantenimiento de las fuerzas armadas, dado que ninguna parte de ellas se identifica con el encuentro, la que se halla, sin embargo, más próxima a él es la alimentación de las tropas, porque ésta debe funcionar diariamente y para cada individuo. Así ocurre que afecta por completo a la acción militar en las partes constitutivas de la estrategia, y decimos «constitutivas de la estrategia» porque, en un encuentro en particular, la alimentación de las tropas muy rara vez tendrá una influencia suficientemente intensa como para modificar el plan de aquél, aunque esto sea bastante concebible. La preocupación por el sustento de las fuerzas guardará por lo tanto una especial acción recíproca con la estrategia, y no hay nada más corriente que proyectar los principales lineamientos de una campaña o una guerra tomando en consideración tal sustento. Pero por más que esta consideración sea tenida en cuenta con frecuencia y por más importante que sea, la provisión del sustento de las tropas sigue constituyendo, sin embargo, una actividad esencialmente diferente del uso de éstas, y sólo influye en ella por los resultados que obtenga.

Las otras ramas de la actividad administrativa que hemos mencionado se encuentran mucho más alejadas del uso de las tropas. El cuidado de los enfermos y heridos, a pesar de ser sumamente importante para el bienestar de un ejército, lo afecta en forma directa sólo en una pequeña porción de los individuos que lo componen y, en consecuencia, tiene una influencia escasa e indirecta sobre el uso del resto. La renovación y la reparación de las armas y de los equipos, que, excepto en lo que se refiere a la organización de las fuerzas, constituyen una actividad continua implícita en ésta, se producen sólo periódicamente y, por lo tanto, rara vez afectan a los planes estratégicos.

No obstante, tenemos que precavernos de caer aquí en un malentendido. En casos individuales, estos temas pueden asumir realmente una importancia decisiva. La distancia que separa al grueso del ejército de hospitales y depósitos de municiones puede ser considerada con razón como el único motivo para tomar decisiones estratégicas muy importantes. No pretendemos discutir este punto ni subestimar su importancia. Pero aquí nos estamos ocupando no de los hechos concretos de un caso particular, sino de la teoría abstracta. En consecuencia, aducimos que tal influencia no resulta tan común como para asignar a las medidas sanitarias y de aprovisionamiento de municiones y armas una importancia significativa en la teoría sobre la dirección de la guerra, de modo que valga la pena incluir los diferentes métodos y sistemas que puedan componer las teorías correspondientes, juntamente con sus resultados, igual como es ciertamente necesario hacerlo con respecto al sustento de las tropas.

Si revisamos una vez más las conclusiones a que hemos llegado con nuestras reflexiones, veremos que las actividades presentes en la guerra están divididas en dos clases principales: aquellas que sólo constituyen preparativos para la guerra y aquellas que son la guerra misma. Esta división, por lo tanto, también tiene que ser establecida en la teoría.

Los conocimientos y las habilidades comprendidos en los preparativos para la guerra tendrán que ver con la creación, el adiestramiento y el mantenimiento de todas las fuerzas armadas. Dejamos abierta la cuestión de la denominación que debe darse a estos preparativos, pero es evidente que en ellos están incluidas la artillería, el arte de la fortificación, las llamadas tácticas elementales y toda la organización y la administración de las fuerzas armadas así como todas las materias similares. Pero la teoría de la guerra en sí misma se ocupa del uso de tales elementos para su aplicación a los fines de la guerra. Reclama de los primeros solamente sus resultados, esto es, el conocimiento de los elementos de los que se ha adueñado a tenor de sus principales propiedades. En sentido restringido, a esto lo llamamos arte de la guerra o teoría de la conducción de la guerra o teoría del uso de las fuerzas armadas, lo cual tiene para nosotros un significado idéntico.

La teoría tratará en consecuencia de los encuentros, como si tuvieran carácter de combate real, y de las marchas, los campamentos y los alojamientos en cuarteles, como materiales más o menos identificadas con aquéllos. El mantenimiento de las tropas será tenido en cuenta únicamente como otras determinadas circunstancias en relación con sus resultados, y no como una actividad perteneciente a la teoría propiamente dicha.

Este arte de la guerra, en su sentido más restringido, se divide a su vez en táctica y estrategia. La primera está dedicada a la forma de los encuentros aislados y la segunda a sus usos. Ambas tienen que ver con las circunstancias de las marchas, los campamentos y los alojamientos en cuarteles sólo en relación con el encuentro, y serán tácticas o estratégicas según sea la relación con la forma o con el significado del encuentro.

No cabe duda que habrá muchos lectores que considerarán innecesaria esta cuidadosa separación de dos cosas que se hallan tan cerca una de la otra, como son la táctica y la estrategia, por que ello no afecta directamente a la dirección de la guerra en sí. Habría que ser en realidad muy pedante para esperar que puedan encontrarse en el campo de batalla efectos directos de una distinción teórica.

Pero la primera tarea de toda teoría es aclarar conceptos y puntos de vista que hayan sido confundidos o que, se podría decir, se presentan muy confusos y mezclados. Solamente cuando hayamos llegado a una comprensión respecto a términos y concepciones podremos abrigar la esperanza de avanzar con claridad y facilidad en el terreno de la discusión de las cosas a que se refieren, y tener la seguridad de que tanto el autor como el lector consideran las cosas bajo el mismo punto de vista. La táctica y la estrategia son dos actividades que se imbrican mutuamente en el tiempo y en el espacio, pero constituyen asimismo actividades esencialmente diferentes, y, a menos que se establezca un concepto claro de la naturaleza de cada una de ellas, las leyes que les son propias y sus relaciones mutuas serán difícilmente inteligibles para el intelecto.

Aquel para quien todo esto carezca de significado deberá desestimar cualquier consideración teórica o no preocuparse en absoluto por la confusión en que ésta se halla inmersa, manteniendo puntos de vista titubeantes que suelen conducir a resultados insatisfactorios, a veces oscuros, a veces fantásticos, fluctuando en vanas generalidades, como las que a menudo tenemos que escuchar o leer respecto a cómo debe conducirse la guerra de forma adecuada, debido a que, hasta ahora, la investigación científica apenas si se ha ocupado del tema.

Capítulo II

SOBRE LA TEORÍA DE LA GUERRA

1. Al principio se entendía por arte de la guerra tan sólo la preparación de las fuerzas armadas

Antiguamente se calificaba con el término de «arte de la guerra» o «ciencia de la guerra» sólo aquellas ramas del conocimiento y de la habilidad que atañen a las cosas materiales. La adaptación, la preparación y el uso de las armas, la construcción de fortificaciones y trincheras, la organización del ejército y el mecanismo de sus movimientos, constituían el tema de esos conocimientos y habilidades y conducían a la descripción de una fuerza armada que pudiera ser utilizada en la guerra.

Aquí había que entender sobre cosas materiales y sobre una actividad unilateral que, en el fondo, no era otra cosa que una actividad que se elevaba gradualmente desde el trabajo manual hasta un refinado arte mecánico. La relación de todo ello con el combate recordaba mucho más a la que existe entre el arte de forjar espadas y el de esgrimirlas. Hasta aquel entonces no se hacía cuestión del empleo del combate en un momento de peligro y bajo el constante efecto recíproco de los movimientos reales del pensamiento y del valor en la dirección que se les marcaba.

2. La conducción de la guerra hizo su primera aparición en el arte del asedio

En el arte del asedio fue donde, por vez primera, se aludió a la conducción de la guerra en sí y a los movimientos del pensamiento a los que eran confinadas esas cuestiones materiales; pero, en líneas generales, se evidenció como tal por sus resultados, en la medida en que el pensamiento incorporaba nuevos objetos materiales, como son los ataques, las trincheras, los contrataques, las baterías, etc. Lo único que hacía falta era cómo ensartar todas estas creaciones materiales aisladas. Dado que en esta clase de guerra la mente encuentra su expresión casi únicamente en esas cosas, la forma de encararlas fue, por lo tanto, más o menos adecuada.

3. Entonces la táctica trató de abrirse camino en la misma dirección

Más tarde, la táctica trató de imponer al mecanismo de sus combinaciones el carácter de un orden universalmente válido y fundado en las propiedades particulares del instrumento. Sin duda ello conduce al campo de batalla, pero no a una libre actividad mental. Por el contrario, con un ejército convertido en autómata, debido a la rigidez de la formación y del orden de batalla, y que sólo se ponía en movimiento gracias a la voz de mando, se entendía que su actividad debía ser como el movimiento de un reloj.

4. La conducción real de la guerra apareció tan sólo de forma incidental y de manera solapada

La conducción de la guerra propiamente dicha, el libre uso de los medios disponibles, preparados con anterioridad ––y libres en el sentido de su adaptabilidad a las necesidades más específicas––, se pensó que no podía constituir el material para una teoría, sino que debía ser dejada en las únicas manos del talento natural. De manera gradual, al igual como se pasó de la guerra de los encuentros cuerpo a cuerpo medievales a una forma más regular y compuesta, las reflexiones erradas sobre esta materia se impusieron en el pensamiento de los hombres, pero en la mayor parte de los casos solamente aparecieron en memorias y narraciones, en forma incidental y, por así decirlo, de manera solapada.

5. Las reflexiones sobre los acontecimientos militares pusieron en evidencia la necesidad de contar con una teoría

A la vez que tales reflexiones se hicieron más numerosas y la historia adquirió un carácter cada vez más crítico, surgió la necesidad urgente de contar con principios y reglas básicas que pusieran fin, de algún modo, a la controversia que, como es lógico, se había entablado respecto de la historia militar, resultado del conflicto de opiniones. Esa vorágine de opiniones, sin un punto central sobre el cual girar y sin leyes reconocidas a las cuales obedecer, no podía sino desagradar al pensamiento humano.

6. Intentos para establecer una teoría positiva

Surgió entonces el intento de establecer principios, reglas y hasta sistemas para la conducción de la guerra. Se estableció, en consecuencia, un fin positivo, sin que se vislumbraran de forma apropiada las innumerables dificultades que, en relación con ello, presenta la conducción de la guerra. Tal conducción no tenía, como hemos demostrado, límites fijos en ninguna dirección. Sin embargo, todo sistema, toda construcción teórica posee la naturaleza limitante de una síntesis, y el resultado es una oposición irrefragable entre esa teoría y la práctica.

7. Limitación a los objetivos materiales

Los autores de teorías experimentaron muy pronto las dificultades que implicaba el .tema y encontraron la excusa para evitarlas limitando sus principios y sus sistemas a las cosas materiales y a una actividad unilateral. Pretendían, como ocurre en las ciencias que tratan de la preparación para la guerra, llegar a resultados perfectamente establecidos y positivos y, como resultado de ello, tomar en consideración solamente aquello que pudiera convertirse en materia de cálculo.

8. La superioridad numérica

La superioridad numérica, al consistir en un tema material, fue la escogida entre todos los factores que pueden conducir a la victoria, debido a que, mediante combinaciones de tiempo y de espacio, podía ser incluida en una codificación matemática. Se pensó que cabía abstraerla de cualquier otra circunstancia, mediante la suposición de creer que era igual por uno y otro lado y que, en consecuencia, producía una neutralización mutua.

Esto habría sido en cierto modo correcto si se hubiera tenido la intención de ceñirlo a unos límites temporales, con el fin de llegar a conocer ese factor según sus relaciones; pero hacerlo en forma permanente ––considerar la superioridad numérica como la única ley y pensar que todo el secreto de la guerra radicaba en la fórmula: lograr superioridad numérica en cierto lugar, en determinado momento––, constituía una restricción totalmente insostenible frente al poder de la realidad.

9. Sustento de las tropas

En un desarrollo más que nada teórico, se intentó sistematizar otro elemento material, convirtiendo al sustento de las tropas, de acuerdo con la proposición de cierto carácter orgánico del ejército, en árbitro supremo de la conducción de la guerra en la cúspide.

Por esta vía se llegó realmente a cifras definidas, pero eran cifras basadas en un cúmulo de suposiciones bastante arbitrarias, que no pudieron superar la prueba de la experiencia.

10. La base

Un autor agudo trató de conjugar en una sola concepción, la de base, todo un conjunto de cosas entre las que también se abrieron camino algunas relaciones con las fuerzas espirituales. La lista comprendía el sustento del ejército, el mantenimiento de su número y de sus medios de avituallamiento, la seguridad de las comunicaciones con el propio país y, finalmente, la seguridad de la retirada en caso de que ésta se hiciera necesaria. Primero trató de substituir esta concepción de una base por la de todas esas funciones por separado, y luego, nuevamente, por la base misma para que substituyera a su propia magnitud y, finalmente, al ángulo que las fuerzas armadas formaban con esta base. Y todo ello para llegar a meros resultados geométricos, lo que carece totalmente de valor. Efectivamente, esta última cuestión es inevitable, si consideramos que no cabe realizar ninguna de esas substituciones sin violentar la verdad y sin excluir algunas de las cuestiones que figuraban en las concepciones iniciales. Para la estrategia, la concepción de una base es una necesidad real, y sin duda constituye un mérito haberla establecido; pero hacer un uso tal de ella, como el que se ha indicado, es totalmente inadmisible, y sólo podía conducir a conclusiones unilaterales, que es lo que indujo a esos teóricos a tomar una dirección absurda, como la asignación, por ejemplo, de una eficacia superior a la forma envolvente de ataque.

11. Líneas internas

Como reacción frente a esta falsa dirección se dio preponderancia a otro principio geométrico, es decir, el de las llamadas líneas internas. A pesar de que este principio reposa sobre una base justa, la de que el encuentro es el único medio eficaz en la guerra, sin embargo, debido precisamente a su simple naturaleza geométrica, no constituye sino una nueva parcialidad que de ningún modo debe privar sobre la vida real.

12. Todos estos intentos son reprobables

Todos estos intentos de establecer una teoría tienen que ser considerados como un progreso en el terreno de la verdad sólo en la medida en que son analíticos; en su parte sintética son inútiles tanto en sus progresos como en sus reglas.

Se ciñen a cantidades determinadas, mientras que en la guerra todo es indeterminado, y los cálculos deben ser realizados con cantidades claramente variables.

Dirigen su atención sólo a cantidades materiales, mientras que la acción militar está por completo impregnada de fuerzas y efectos espirituales.

Consideran sólo la acción unilateral, mientras que la guerra es una acción recíproca constante entre un bando y el otro.

13. Excluyen al genio de las reglas

Todo ello no podía ser abarcado por esa sapiencia escatimosa que desestimaba cualquier elemento, excepto uno que se situaba fuera del coto cerrado de la ciencia, el correspondiente al ámbito del genio, que se eleva por sí mismo por encima de todas las reglas.

¡Ay del guerrero que tenga que arrastrarse en ese mezquino mundo de las reglas, carentes de valor para el genio, quien se considera superior a ellas y de las cuales en todo caso puede burlarse! Lo que el genio haga será siempre la más hermosa de las reglas, y la teoría no puede hacer nada mejor que mostrar cómo y por qué esto es así.

¡Ay de la teoría que se oponga al espíritu! No podrá compensar esta contradicción con sumisión alguna, y cuanto más sumisa se muestre, tanto más pronto el menosprecio y el ridículo la alejarán de la vida real.

14. Dificultades de la teoría en cuanto se consideran las magnitudes espirituales

Cualquier teoría encuentra fenomenales dificultades en el momento en que trata con magnitudes espirituales. La arquitectura y la pintura son conscientes del lugar que ocupan, mientras tengan que vérselas sólo con la materia; no hay discusión acerca de la construcción óptica y la mecánica. Pero estas reglas se diluyen en conceptos vagos tan pronto como empiezan a actuar los efectos espirituales, tan pronto como aparecen impresiones y sentimientos.

Por su lado, el arte de la medicina se circunscribe, en su mayor parte, a fenómenos físicos. Tiene que tratar con el organismo animal, que está sujeto a cambios continuos y no es nunca enteramente igual en dos momentos diferentes. Esto dificulta en gran medida su tarea y coloca el juicio del médico por encima de su conocimiento. ¡Qué difícil resulta su tarea, por tanto, cuando intervienen los efectos espirituales, y qué excelsitud tenemos que atribuirle al médico del alma!

15. En la guerra no cabe excluir las magnitudes espirituales

En cuanto a la guerra, su actividad nunca es dirigida únicamente contra la materia, sino siempre, al mismo tiempo, contra la fuerza espiritual que da vida a esa materia, y es imposible separar una de la otra. Pero las magnitudes espirituales pueden apreciarse únicamente por medio de la visión interior, y ésta difiere en cada individuo y a menudo varía en la misma persona en distintos momentos y épocas.

Como el peligro es, en la guerra, el elemento general en cuyo entorno se desarrolla toda la acción, nuestro juicio es influido de distintas maneras, pero principalmente por el valor, por el sentimiento de nuestra propia fuerza. El valor constituye en cierto modo la lente a través de la cual se filtran todas las representaciones antes de llegar al entendimiento.

Y, sin embargo, no cabe poner en duda de que hay que atribuir a estas cosas cierto valor objetivo, aunque sólo sea a través de la experiencia.

Son bien conocidos los efectos morales que causa un ataque por sorpresa, o uno efectuado por el flanco o por la retaguardia. Todo el mundo piensa que el valor del enemigo disminuye tan pronto como retrocede, y que se arriesga mucho más cuando se persigue que cuando se es perseguido. Se juzga al oponente por su supuesta capacidad, por su edad y por su experiencia, y se actúa de acuerdo con ello. Todo el mundo dirige una mirada crítica a la moral y al espíritu de sus propias tropas y a las del enemigo. En el terreno de la naturaleza espiritual del hombre, todos esos efectos, y otros similares, han sido verificados por la experiencia y se repiten constantemente. Por lo tanto, resulta justificado que se consideren en su género como magnitudes reales. ¿Qué restaría, pues, de una teoría que quisiera ignorarlos?

Evidentemente, estas verdades tienen que ser refrendadas por la experiencia. Ninguna teoría ni ningún general en jefe tienen que ocuparse de sutilezas psicológicas y filosóficas.

16. Dificultad principal que entraña una teoría de la conducción de la guerra

Para comprender claramente la índole del problema que implica una teoría de la conducción de la guerra y para deducir de ello el carácter que debe corresponder a dicha teoría, habrá que examinar más de cerca las principales particularidades que determinan la naturaleza de la acción bélica.

17. Primera característica: fuerzas y efectos espirituales

La primera de esas particularidades consiste en la presencia de fuerzas y efectos espirituales.

Por su origen, el combate es la expresión de un sentimiento hostil, pero en nuestros grandes combates, que llamamos guerras, ese sentimiento hostil se convierte, a menudo, en simplemente una intención hostil, y, al menos en términos generales, no existe sentimiento hostil de un individuo contra otro. Mucho menos por ello, el combate no se produce nunca sin que actúen tales sentimientos. El odio nacional, que rara vez tampoco falta en nuestras guerras, se convierte en un substituto más o menos poderoso de la hostilidad personal de un individuo en contra de otro. Pero en el caso de que éste falte o bien no exista la animosidad al comienzo, el combate mismo será el que prenda la llama del sentimiento hostil. Si por orden de su superior alguien realizara un acto de violencia contra nosotros, excitaría nuestro deseo de desquitarnos y de vengarnos antes del ejecutor que del poder superior bajo cuyo mando ese acto fue realizado. Esto es humano, animal, si se quiere, pero es un hecho cierto. Teóricamente, tendemos a considerar el combate como una prueba abstracta de fuerza, como un fenómeno aislado en el cual los sentimientos no tienen intervención. Éste es uno de los muchos errores en que caen deliberadamente las teorías, porque nunca están dispuestas a apreciar las consecuencias de ello.

Además de esa exarcerbación de los sentimientos que nace de la propia naturaleza del combate, existen otros que no pertenecen esencialmente a él ––la ambición, el deseo de dominio, exaltaciones de cualquier clase, etc.––, pero que pueden asociársele fácilmente por la afinidad de que hacen gala.

18. Las impresiones del peligro

Por último, el combate origina el elemento que conforma el peligro, en el cual se desarrollan todas las actividades de la guerra, como lo hacen el pájaro en el aire y el pez en el agua. Pero los efectos del peligro influyen en las emociones, ya sea de modo directo, es decir, instintivamente, ya por medio del entendimiento. En el primer caso se provocaría el deseo de escapar al peligro, y, si esto no pudiera lograrse, podría surgir el miedo y la inquietud. Si este efecto no se produce, es el valor el que actúa como un contrapeso para ese instinto. Sin embargo, el valor no constituye en forma alguna un acto del entendimiento, sino un sentimiento, del mismo modo que lo es el miedo. Este último persigue la preservación física, mientras que el valor busca la preservación moral. El valor es un instinto más noble. Pero, precisamente por serlo, no puede ser usado como un instrumento inanimado, que cause sus efectos en un grado exactamente predeterminado. Por lo tanto, el valor no constituye un simple contrapeso del peligro, para contrarrestar los efectos que produzca, sino una magnitud en sí mismo.

19. Alcance de la influencia que ejerce el peligro

Sin embargo, para poder apreciar correctamente la influencia que en la guerra ejerce el peligro sobre los jefes, no cabe limitar su esfera de acción al peligro físico del momento. El peligro domina al jefe no sólo porque lo amenaza a él personalmente, sino también mediante la amenaza a todos aquellos que se hallan bajo sus órdenes; no sólo en el momento en que se hace presente en realidad, sino por medio de la imaginación en todos los momentos relacionados con el presente, y, por último, no sólo directamente, por sí mismo, sino también de manera indirecta, por la responsabilidad que asume, la cual provoca que en la mente del jefe el peligro adquiera un peso diez veces mayor. ¿Quién podría afrontar o resolver una gran batalla sin sentir su espíritu más o menos excitado y paralizado por el peligro y la responsabilidad que implica ese gran acto de decisión? Cabe afirmar que la acción en la guerra, siempre que se trate de una acción verdadera y no de una simple presencia, no se halla nunca por entero fuera del ámbito del peligro.

20. Otras fuerzas emotivas

Si consideramos como características de la guerra esas fuerzas emotivas que son excitadas por la hostilidad y el peligro, no podemos excluir de ella, por lo tanto, todas las otras que acompañan al hombre durante su vida. Aquí también harán a menudo acto de presencia esas fuerzas. Es cierto que, en la dura tarea que compone la vida, se silencia más de una mezquina manifestación pasional; pero esto se aplica sólo a los que ocupan los grados inferiores, los cuales, fluctuando de un estado de esfuerzo y de peligro a otro, pierden de vista las otras cosas de la vida y se acostumbran al engaño, porque se lo dicta la cercanía de la muerte, y adquieren así esa simplicidad de carácter del soldado, que ha sido siempre la cualidad mejor y más característica de la profesión militar. No ocurre lo mismo en los grados superiores, ya que, cuanto más elevada sea la posición que ocupa un hombre, tanto más tiene que preocuparse de sí mismo. Entonces surgen por todas partes los intereses y la actividad múltiple de las pasiones, las buenas y las malas. La envidia y la nobleza de espíritu, el orgullo y la humildad, la cólera y la compasión, todas pueden hacer su aparición como fuerzas activas en el gran drama.

21. Cualidades mentales

Las peculiaridades del espíritu en aquel que actúa, junto con las emotivas, ejercen también una gran influencia. Cabe esperar cosas muy diferentes de una mente imaginativa, extravagante e inexperta, en comparación con las que proceden de un entendimiento frío y poderoso.

22. La diversidad de caminos que conducen al fin entrevisto surge de la diversidad de características espirituales del individuo

La diversidad de caminos para alcanzar un fin, indicada en el libro I, es producida principalmente por la gran diversidad existente en la individualidad de las características espirituales, cuya influencia se hace sentir sobre todo en los grados superiores, porque se acrecienta a medida que se asciende en la escala jerárquica. Es esto asimismo lo que da lugar a que el juego de la suerte y la probabilidad participe en forma tan desigual en el desarrollo de los acontecimientos.

23. Segunda cualidad: la rapidez de reacción

La segunda cualidad en un soldado gira en torno a su rápida reacción y la acción recíproca que ésta origina. No nos referimos aquí a la dificultad de calcular dicha reacción, pues ésta se halla incluida en la dificultad, ya mencionada, de tener que tratar con cualidades espirituales consideradas como magnitudes. Lo que se debe tener presente es el hecho de que la acción recíproca se opone a ser sometida a cualquier regularidad. El efecto que cualquier medida produce sobre el enemigo es el más particular de todos los casos que figuran entre los datos necesarios para determinar la acción. Pero toda teoría debe ceñirse estrictamente a la categoría del fenómeno y no puede ocuparse nunca del caso realmente individual; éste debe quedar sujeto siempre al discernimiento y a la capacidad. Por lo tanto, es lógico que, en asuntos como los de la guerra, cuyo plan, trazado con tanta frecuencia sobre circunstancias generales, resulta a menudo alterado por lo imprevisto, los acontecimientos particulares tengan que dejarse librados generalmente al talento, y en tales casos la guía teórica será menos seguida que en cualquier otro.

24. Tercera cualidad

Por último, la gran incertidumbre que rodea los datos disponibles en la guerra constituye una dificultad característica, porque, hasta cierto punto, la acción debe ser dirigida prácticamente a oscuras, lo que, por añadidura, como la niebla y la luz de la luna, otorga con frecuencia a las cosas un contorno exagerado y una apariencia engañosa.

Todo aquello que esa débil luz prive de una clara visión debe ser adivinado por el talento o quedar librado a la suerte. Es así como, una vez más, el talento o el simple vaivén de la fortuna tendrán que servir de guía a falta de un saber objetivo.

25. Resulta imposible establecer un sistema positivo de reglas

Ante esta naturaleza de la cuestión, hay que admitir como imposibilidad pura el dotar al arte de la guerra, mediante un conjunto de reglas positivas, una estructura que pueda apuntalar, como si de un andamiaje se tratara, por todos lados la posición del que actúa. En todos los casos en que queda librado a su capacidad, éste se encontrará fuera de ese armazón de reglas e incluso en oposición a él. Por versátil que pudiera ser su construcción, se obtendría un resultado idéntico a aquel del cual ya hemos hablado: el talento y el genio actuarían por encima de la ley, y la teoría se apartaría por completo de la realidad.

26. Vías posibles para una teoría

Se presentan ante nosotros dos maneras de afrontar esta dificultad.

En primer lugar, lo que hemos indicado respecto de la naturaleza de la acción militar en general no se corresponde del mismo modo a la acción en todos sus grados. En los inferiores se requiere mayor coraje para la abnegación, pero son infinitamente menores las dificultades que afrontan el entendimiento y el juicio. El ámbito en el que se desarrollan los acontecimientos es mucho más limitado, y es menor el número de fines y de medios. Los datos son más precisos y, en la mayor parte de los casos, se deducen incluso de visiones reales. Pero, cuanto más nos elevemos, serán cada vez mayores las dificultades, que culminarán cuando lleguemos al comandante en jefe, a tal punto que, en lo que a él se refiere, casi todo habrá de quedar librado al genio.

Pero también con una división objetiva del tema las dificultades no son las mismas en todas partes, sino que disminuyen en la medida en que los efectos se ponen de manifiesto en el mundo material y se acrecientan en la medida en que pasan a serlo del espiritual, y se transforman en motivos determinantes de la voluntad. En razón de ello resulta más fácil determinar la ordenación interna, el plan y la dirección de un encuentro mediante reglas teóricas que fijar el uso que cabe hacer del encuentro mismo. En el encuentro, las fuerzas físicas se enfrentan entre ellas y, si bien no estarán ausentes los elementos espirituales, también hay que otorgarle a lo material sus derechos. Sin embargo, en el efecto del encuentro, donde los resultados materiales pasan a ser motivos, sólo tenemos que vérnoslas con la naturaleza espiritual. En suma, la táctica dispondrá con menos dificultad de una teoría que la estrategia.

27. La teoría debe ser una consideración, no una regla para la acción

La segunda vía para la posibilidad de establecer una teoría es adoptar el principio de que no hace falta que ésta sea un cuerpo de reglas positivas, es decir, que no sea indefectiblemente una guía para la acción. Siempre que una actividad, en su mayor proporción, se halle referida a las mismas cosas, a los mismos fines y los mismos medios, incluso con pequeñas diferencias y la correspondiente variedad de combinaciones, esas cosas deberán disponer de la capacidad de transformarse en objetos de consideración mediante la razón. Sin embargo, tal consideración constituye la parte más esencial de toda teoría y reclama con todo derecho ese nombre. Es una investigación analítica de la

cuestión; conduce a un conocimiento exacto y, si tuviera que basarse en la experiencia, que en nuestro caso sería la historia de la guerra, nos llevaría a familiarizarnos con él.

Cuanto más cerca se halle de la obtención de este último objetivo, mayor será su paso de la forma objetiva de conocimiento a la forma subjetiva de poder hacer; y, en consecuencia, demostrará en mayor medida su efectividad en casos en que la naturaleza de la cuestión no admita otra decisión que la que emana del talento; surtirá efecto sobre el talento en sí mismo. Si la teoría investiga las cuestiones que constituyen la guerra; si distingue claramente aquello que a primera vista parece confuso; si explica totalmente las propiedades de los medios; si permite elucidar sus probables efectos; si define con exactitud la naturaleza de los propósitos; si arroja sobre el escenario de la guerra la luz de una predominante observación crítica, entonces habrá logrado el objetivo principal en la tarea que le corresponde. Entonces se convertirá en guía para todo aquel que quiera familiarizarse con la guerra a través de los libros, y en todo momento iluminará su camino, facilitará sus progresos, educará su juicio y evitará que se desvíe de él.

Si un experto ocupa la mitad de su vida con el intento de esclarecer en todos sus detalles un asunto oscuro, llegará probablemente a conocer más sobre el tema que una persona que dedique poco tiempo a su estudio. La teoría, por tanto, sirve para que cada uno no tenga que explorar el terreno y estudiarlo de nuevo, sino que pueda encontrarlo ya desbrozado y ordenado. Tendrá que adiestrar la mente del futuro jefe en la guerra, o por lo menos guiarlo en su autoeducación, pero no acompañarlo al campo de batalla. De manera semejante, un tutor inteligente guía y procura el desarrollo intelectual del joven, sin que por ello lo tenga que llevar con andadores el resto de su vida.

Si los principios y las reglas se evidencian por las consideraciones que fundamenta la teoría; si su propia verdad cristaliza en esas formas, entonces la teoría no se opondrá a esa ley natural del espíritu. Por el contrario, si el arco termina en esa clave, le dará mayor relieve; pero lo hará tan sólo para cumplir con la ley filosófica del pensamiento, con el fin de mostrar con claridad el punto hacia el cual convergen todas las líneas, y no con el propósito de construir sobre esa base una fórmula algebraica para ser usada en el campo de batalla. Porque incluso esos principios y esas reglas revelan su más alto valor al determinar en el espíritu reflexivo las características principales de sus movimientos usuales, que, a manera de señales de tránsito, indican la vía que hay que tomar para su ejecución.

28. Bajo este punto de vista, la teoría se convierte en posible y deja de contraponerse a la práctica

Este punto de vista posibilita el establecimiento de una teoría satisfactoria de la dirección de la guerra, es decir, una teoría que sea útil y no se contraponga con la realidad. La conciliación con la práctica dependerá tan sólo de que sea utilizada de manera inteligente, haciendo desaparecer por completo esa diferencia absurda entre teoría y práctica, producida a menudo por teorías erróneas, alejadas del sentido común, y que han sido con frecuencia manejadas por mentes ignorantes y de criterio estrecho que insisten en continuar en su ineptitud.

29. La teoría, pues, toma en consideración la naturaleza de los fines y de los medios. Fines y medios en la táctica

La teoría, por lo tanto, tiene que considerar la naturaleza de los medios y los fines.

En la táctica, los medios están constituidos por las fuerzas armadas adiestradas, que han de llevar a cabo el combate. El fin es la victoria. Más adelante, al considerar el encuentro, explicaremos esta idea de manera más precisa. Por ahora nos limitaremos a calificar la retirada del enemigo del campo de batalla como un indicio de victoria. A través de esta victoria, la estrategia logra el objetivo fijado para el encuentro, el cual constituye su significado real. Este significado ejerce una influencia indudable en la naturaleza de la victoria. Una victoria que tenga por objeto debilitar las fuerzas del enemigo difiere de la que se propone simplemente dominar una posición. En consecuencia, el significado de un encuentro puede ejercer una influencia notable en su planeamiento y en su dirección, y de ahí que sea un elemento a considerar al tratar de la táctica,

30. Circunstancias que acompañan siempre el uso de los medios

Dado que existen determinadas circunstancias que acompañan siempre al encuentro y ejercen sobre él una mayor o menor influencia, tenemos que tomarlas también en consideración al referirnos al uso de las fuerzas armadas.

Estas circunstancias son el lugar del encuentro (el terreno), la hora del día y el estado del tiempo.

31. El lugar del encuentro

El lugar del encuentro, que conviene limitar a la idea de región y de terreno, podría no ejercer, en términos estrictos, influencia alguna si el encuentro se produjera en una llanura árida y completamente uniforme.

Ese caso puede ocurrir en regiones provistas de grandes estepas, pero en las comarcas cultivadas de Europa es casi una ficción. En consecuencia, difícilmente puede concebirse entre naciones civilizadas un encuentro en el cual la región y el terreno no tengan influencia.

32. La hora del día

La hora influye en el encuentro por la diferencia existente entre el día y la noche; pero esa influencia se extiende, como es lógico, más allá de los simples límites de estos períodos, pues cada encuentro transcurre en un cierto plazo de tiempo y las grandes batallas suelen durar muchas horas. Al planear una gran batalla, el que ésta comience por la mañana o por la tarde constituye una diferencia esencial. Sin embargo, en muchas la cuestión de la hora no tiene casi importancia, y en la mayoría de los casos su influencia es irrelevante.

33. Estado del tiempo

Resulta aún mucho más infrecuente que el tiempo ejerza una influencia decisiva, y, en la mayoría de los casos, esto sólo ocurre cuando se levanta la neblina.

34. Fines y medios en la estrategia

La victoria, es decir, el éxito táctico, en principio es tan sólo un medio para la estrategia y en última instancia, los hechos que han de conducir a la paz son los que constituyen su objetivo final. El empleo de ese medio para alcanzar el objetivo va acompañado también de circunstancias que ejercen más o menos influencia sobre él.

35. Circunstancias que acompañan el uso de los medios de la estrategia

Estas circunstancias son la región y el terreno, incluyendo en primer lugar el territorio y los ocupantes del escenario de la guerra; luego, la hora del día y la época del año; y, finalmente, el tiempo, en particular en sus manifestaciones menos comunes, como las heladas pertinaces, etcétera.

36. Estas circunstancias posibilitan la adopción de nuevos medios

Al combinar estas cosas con el resultado de un encuentro, la estrategia ––y por lo tanto el encuentro–– da un significado particular a este resultado, asignándole un objetivo especial. Pero tal objetivo tendrá que ser considerado como un medio, por cuanto no conduce directamente a la paz y es, en consecuencia, un objetivo subordinado. Por lo tanto, en la estrategia, los encuentros afortunados o las victorias, con todos sus distintos significados, tienen que ser considerados como medios. La conquista de una posición es el éxito de un encuentro aplicado al terreno. Pero no sólo han de ser considerados como medios los diferentes encuentros con sus fines particulares. Siempre que en la combinación de los encuentros para alcanzar un fin común se ponga de manifiesto un juicio más profundo, éste ha de ser también concebido como un medio. Una campaña invernal constituye una combinación de ese tipo aplicada a la época del año.

En consecuencia, restarán sólo como objetivos los que conduzcan directamente a la paz. La teoría ha de abarcar todos estos fines y medios de acuerdo con la naturaleza de sus efectos y de sus relaciones recíprocas.

37. La estrategia extrae únicamente de la experiencia los fines y los medios que han de ser abarcados

La primera pregunta que se plantea es la siguiente: ¿cómo llega la estrategia a una enumeración completa de estas cosas? Si la investigación filosófica hubiera de conducir a un resultado absoluto, quedaría enmarañada en todas las dificultades que excluyen la necesidad lógica de la dirección de la guerra y de su teoría. Por lo tanto, recurrirá a la experiencia y dirigirá su atención hacia esos precedentes que ya ha desvelado la historia militar. De esta forma se tratará, sin duda, de una teoría limitada, que se ajustará solamente a las circunstancias, tal como las presenta la historia de la guerra. Pero desde el comienzo, esta limitación resultará inevitable, debido a que aquello que la teoría afirme de las cosas en cada caso tiene que haber sido extraído de la historia de la guerra o, por lo menos, comparado con esa historia. Además, tal limitación será, en todo caso, más teórica que real.

Una de las grandes ventajas de este método es que la teoría no puede perderse en sutilezas, artificios y ficciones, sino que debe continuar siendo práctica.

38. Hasta dónde debería abarcar el análisis de los medios

He aquí otra cuestión: ¿hasta dónde debería abarcar la teoría en el análisis de los medios? Es evidente que sólo hasta el punto en que los diferentes componentes se pongan en evidencia para el uso que se considere oportuno. El alcance y los efectos de las distintas armas tienen especial importancia para la táctica; su formación, aunque tales efectos resulten de esta última, es una cuestión que no tiene ningún interés. Porque la conducción de una guerra no consiste en la producción de pólvora y de cañones sobre la base de determinadas cantidades de carbón vegetal, azufre y salitre, de cobre y de estaño; las cantidades precisas para la conducción de la guerra son las armas ya terminadas y sus efectos. La estrategia hace uso de mapas, sin preocuparse por la triangulación; no investiga qué instituciones debe tener un país y cómo deber ser adiestrado y gobernado un pueblo para que dé los mejores resultados en la guerra, sino que toma estos extremos tal como se encontrarán en el conjunto de los estados europeos y advierte acerca de dónde la existencia de unas condiciones muy diferentes puede ejercer una influencia notable sobre la guerra.

39. Necesidad de una gran simplificación del conocimiento

Así, resulta fácil percibir que se ve muy simplificado el número de materias que puede elaborar la teoría y que es muy limitado el conocimiento requerido para la conducción de la guerra. La gran masa de conocimientos prácticos y de habilidades que sirven para la actividad militar en general, y que son necesarias antes de que entre en acción un ejército armado, se concentran en unos cuantos grupos principales, antes de alcanzar el punto en que se presente en la guerra la finalidad última de su utilización, del mismo modo que las corrientes de agua de un país se unen en ríos antes de dar al mar.

El estudioso que desee canalizar el curso de estas actividades sólo debe familiarizarse con las que desembocan directamente en el mar de la guerra.

40. Esto explica por qué se forman tan rápidamente los grandes generales y por qué los generales no son hombres de estudio

El resultado de nuestra investigación resulta, en efecto, tan evidente, que cualquier otro no podría sino restar confianza en su exactitud. Solamente así se explica que muy a menudo hayan aparecido hombres, incluso en los rangos elevados del mando supremo, que lograron grandes éxitos en la guerra, cuando sus actividades anteriores habían sido de una naturaleza totalmente diferente; que los más destacados generales no hayan surgido de entre la clase de oficiales más instruidos o realmente eruditos, sino que en su mayoría fueron hombres que, por las posiciones que ocupaban, no tuvieron ocasión de alcanzar un gran nivel de conocimientos. Es por esa razón por la cual los que han considerado necesario, o por lo menos útil, comenzar la educación de los futuros generales mediante una enseñanza pormenorizada, siempre han sido tildados de presuntuosos absurdos.

Resulta muy fácil demostrar que esta formación les sería perniciosa, debido a que el entendimiento humano se ejercita con el tipo de conocimientos que se le imparte y por la dirección que se imprime a sus ideas. Únicamente lo que es grande puede crear grandeza: lo pequeño determinará sólo pequeñez, si es que la mente no lo rechaza como algo que le

repugna.

41. Primera contradicción

Debido a que no se tuvo en cuenta esta simplicidad del conocimiento requerido para la guerra, sino que fue confundido con todo el enojoso conjunto de conocimientos y habilidades subordinadas de que está provisto, sólo se pudo solucionar la contradicción obvia en que se vio sumergido ante las manifestaciones del mundo real, asignando toda la tarea al genio, que no necesita ninguna teoría y para el cual se descartaba que ésta debiera haberse formulado.

42. Por esta razón fue negado el uso del conocimiento y todo fue atribuido al talento natural

Las personas dotadas de sentido común comprendieron cuán distante se halla el genio de orden superior del pedante ilustrado. En cierta manera se convirtieron en librepensadores, rechazaron toda creencia en la teoría y sostuvieron que la conducción de la guerra era una función natural del hombre, que éste ejecuta más o menos bien de acuerdo con las aptitudes mayores o menores que posea para esa tarea. No puede negarse que tales personas se hallaban más cerca de la verdad que los que asignaban un valor al falso conocimiento, pero al mismo tiempo cabe advertir que el punto de vista del cual partían no es sino una exageración. No existe actividad alguna de la mente humana que no posea cierto caudal de ideas, y, por lo menos en su mayor parte, éstas no son innatas sino adquiridas y son lo que constituye el conocimiento. La única pregunta que restaría, por tanto, se centra en cuáles deberían ser estas ideas, y creemos haberla contestado al afirmar que, en relación con la guerra, habrían de ser aquellas concernientes a las cuestiones que, en la guerra, atañen al hombre de forma inmediata.

43. El conocimiento debe variar con el grado

En el campo de la actividad militar, el conocimiento requerido debe variar de acuerdo con la posición que ocupa el jefe. Si es de grado inferior, su conocimiento estará dirigido hacia objetivos menos importantes, y más limitados, mientras que, si su posición es más elevada, los objetivos serán mayores y más amplios. Muchos comandantes en jefe no hubieran sobresalido si hubiesen estado al mando de un regimiento de caballería, y viceversa.

44. En la guerra el conocimiento es muy simple, pero no muy fácil

Pero aunque en la guerra el conocimiento es muy simple, es decir, está relacionado con muy pocas cuestiones y las abarca solamente en su resultado final, en realidad llevarlo a la práctica no resulta muy fácil. Ya nos hemos referido en el libro I a las dificultades a que por lo general está sujeta la acción en la guerra; pasaremos aquí por alto aquellas que sólo pueden ser superadas mediante el valor y mantendremos que la actividad adecuada de la inteligencia únicamente es simple y fácil en las posiciones inferiores, pero que su dificultad se acrecienta a medida que nos elevamos de grado, y la posición más encumbrada, la del general en jefe, es considerada como una de las cosas

más difíciles de asumir por la mente humana.

45. Naturaleza de este conocimiento

El jefe de un ejército no necesita ser ni un erudito estudioso de la historia ni un ensayista, pero debe estar familiarizado con las cuestiones más importantes de Estado; debe reconocer y ser capaz de juzgar correctamente las tendencias tradicionales, los intereses en juego, los asuntos en disputa y las personalidades sobresalientes. No necesita ser un observador sutil de los hombres, ni un hábil analista de las mentes humanas, pero debe conocer el carácter, la manera de pensar y los hábitos, así como los puntos fuertes y débiles de aquellos a quienes tiene que dirigir. No necesita entender un ápice de la construcción de un vehículo ni de aparejar caballerías, pero ha de saber cómo calcular exactamente, en diferentes circunstancias, la marcha de una columna, de acuerdo con el tiempo que ésta requiera. Es todo ello una clase de conocimiento que no puede obtenerse mediante un complejo de fórmulas y maquinarias científicas; solamente puede ser adquirido a través de un juicio preciso para observar las cosas en la vida y de un talento especial para comprenderlas.

Por lo tanto, el conocimiento idóneo para ocupar una posición elevada en la actividad militar se distingue por el hecho de que solamente puede ser adquirido mediante un talento especial para la observación, es decir, para el estudio y la reflexión, el cual, como instinto intelectual, sabe cómo extraer la esencia de los fenómenos de la vida, del mismo modo que las abejas preparan la miel, cuya esencia han extraído de las flores. Este instinto también puede ser adquirido a través de la experiencia de la vida, tanto como por el estudio y la reflexión. La vida, con sus ricas enseñanzas, no producirá nunca un Newton o un Euler, pero puede muy bien producir el poder superior de cálculo que poseían un Condé o un Federico el Grande.

En consecuencia, no es necesario que para defender la dignidad intelectual de la actividad militar tengamos que caer en la falsedad y en la presuntuosa pedantería. No ha habido nunca un jefe eminente y notable que tuviera una inteligencia inferior, pero son muy numerosos los ejemplos de hombres que, después de haberse distinguido sirviendo en posiciones inferiores, se mostraron mediocres en posiciones más elevadas, debido a su insuficiente capacidad intelectual. Es natural que incluso entre los que ocupan la posición de general en jefe puedan hacerse distinciones, de acuerdo con el nivel de su capacidad.

46. El conocimiento tiene que convertirse en capacidad

Es preciso considerar todavía una condición que es más necesaria que cualquier otra para el conocimiento de la conducción de la guerra: la de que este conocimiento tiene que llegar a formar por completo parte de uno mismo. En casi todas las otras artes y actividades de la vida, la persona que actúa puede servirse de verdades que ha aprendido una sola vez, pero de las cuales ya no percibe su sentido ni su espíritu, sino que las extrae de libros polvorientos. Incluso las verdades que maneja y usa diariamente pueden convertirse para ella en algo completamente externo. Si el arquitecto toma la pluma para determinar, por medio de un cálculo complicado, la resistencia de un contrafuerte, la verdad que obtiene como resultado no es una emanación de su propia mente. En primer lugar, ha tenido que buscar los datos laboriosamente y someterlos a una operación mental cuya regla no ha descubierto y de cuya necesidad en ese momento sólo es consciente en parte, pero que por lo general aplica mecánicamente. Esto no sucede nunca en la guerra. La reacción mental, la forma siempre cambiante de las cosas, hacen necesario que la persona que actúa sea portadora de la totalidad de su provisión mental de conocimientos y sea capaz de tomar por sí misma las decisiones oportunas, en todas partes y en cualquier momento. Por lo tanto, al asimilar completamente el conocimiento y acoplarlo a su propia mente y a su propia vida, lo transformará en una habilidad real. Esta es la razón de que parezca tan fácil el conocimiento en los hombres que descuellan en la guerra y de que todo sea atribuido a su talento natural; y lo denominamos talento natural para diferenciarlo del que se forma y madura gracias a la observación y al estudio.

Creemos haber explicado, mediante estas reflexiones, el problema que entraña una teoría de la conducción de la guerra e indicado cómo puede ser éste resuelto. De los dos ámbitos en que hemos dividido la conducción de la guerra, la táctica y la estrategia, la teoría de la segunda, como hemos manifestado antes, es la que presenta, sin duda alguna, las dificultades mayores, porque la primera está limitada casi enteramente a un conjunto circunscrito de objetos, mientras que la última, en lo que se refiere a los objetivos que conducen directamente a la paz, tiene ante sí un campo indefinido de posibilidades. Pero como es el general en jefe el único que no ha de perder de vista estos fines, la parte de la estrategia en la que actúa estará también particularmente afectada por esta dificultad.

En la estrategia, especialmente cuando se trate de realizar actos de primera magnitud, la teoría se detendrá mucho menos que la táctica en la pura consideración de las cosas. Se contentará con proporcionar a la persona que actúa una visión de las cosas que, mezclada con la totalidad del pensamiento, otorgue a su desarrollo soltura y seguridad, sin ponerla jamás en oposición consigo misma, a fin de mantenerse adherida a una verdad objetiva.

Capítulo III

ARTE DE LA GUERRA O CIENCIA DE LA GUERRA

1. El uso que hace de ello el idioma todavía no es conforme

Parece ser que todavía no ha recaído la elección entre los términos de arte y ciencia y que nadie sabe sobre qué base ha de ser decidida, pese a la sencillez que preside el tema. Ya hemos afirmado en otra parte que el conocimiento es algo distinto de la capacidad. La diferencia es tal, que no debería confundirse uno con otra. La capacidad no puede ser contenida, en forma adecuada, en los límites de un texto y el «arte» nunca tendría que figurar, en consecuencia, en el título de un libro. Pero, debido a que nos hemos acostumbrado a colocar juntas las ramas de conocimiento requeridas para la práctica de un arte (ramas que por separado pueden constituir una ciencia entera) bajo la denominación de «teoría del arte», o simplemente «arte», resulta coherente mantener esta distinción y llamar arte a todo, cuando el objetivo es la capacidad creadora ––por ejemplo, el arte de edificar––, y ciencia, cuando se trata simplemente de conocimiento –– como en las matemáticas, por ejemplo, y en la astronomía––. Es evidente, y convendría no confundirse en ello, el hecho de que en cada teoría individual del arte puedan aparecer ciencias enteras. Pero también cabe hacer notar que resulta casi imposible la existencia de un conocimiento sin arte. En matemáticas, por ejemplo, el empleo de la aritmética y del álgebra constituye un arte, pero no representa esto ningún límite. La razón reside en que, pese a lo claramente perceptible que pueda ser la diferencia existente entre conocimiento y capacidad, dentro de la combinación de diferentes ramas del conocimiento humano, resulta difícil para el hombre mismo trazar una clara línea de demarcación.

2. Dificultades para separar el conocimiento del juicio

Todo pensamiento constituye, en verdad, un arte. Allí donde la lógica traza una línea, allí donde encuentran su límite las premisas que son el resultado del conocimiento, y comienza a actuar el juicio, allí empieza el arte. Pero todavía más: incluso el conocimiento del espíritu es juicio y, en consecuencia, arte, y finalmente lo es también el conocimiento mediante los sentidos. En suma, resulta tan imposible imaginar a un ser humano que posea tan sólo la facultad del conocimiento sin la del juicio como lo inverso, y así el arte y el conocimiento nunca pueden separarse completamente el uno del otro. En cuanto esos sutiles elementos iluminadores tomen en mayor medida la forma corporal de cosas del mundo exterior, mayor será la separación existente entre sus reinos.

Afirmémoslo una vez más: allí donde se trata de creación y de producción, allí se encuentra el ámbito del arte. Si el objetivo es la investigación y el conocimiento, allí reina la ciencia. En consecuencia, resulta evidente que corresponde más hablar de «arte de la guerra» que de «ciencia de la guerra».

Con esto debería ser suficiente, ya que no se puede prescindir de esas concepciones. Pero ahora sale a nuestro encuentro la constatación de que la guerra no es ni arte ni ciencia en el verdadero sentido de la palabra, y que es precisamente por haber adoptado ese punto de partida ideológico por lo que se ha tomado una falsa dirección, y lo que ha determinado que se colocara a la guerra al nivel de otras artes y otras ciencias, y conducido a establecer muchas analogías erróneas.

Ciertamente se había advertido ya antes sobre ello y a partir de esa base se había sostenido que la guerra es un oficio. Pero con esta afirmación fue más lo que se perdió que lo que se ganó, ya que un oficio es tan sólo un arte inferior y, como tal, está sujeto a leyes más definidas y rígidas. Para ser exactos, el arte de la guerra tuvo, en cierto momento, el espíritu de un oficio, por ejemplo, en el tiempo de los condottieri. Pero si tomó esta dirección fue por razones externas, no internas, y la historia de la guerra demuestra cuán antinatural e insatisfactoria fue esa circunstancia.

3. La guerra constituye una acción de la relación humana

Afirmamos, en consecuencia, que la guerra no pertenece al terreno de las artes o de las ciencias, sino al de la vida social. Es un conflicto de grandes intereses, resuelto mediante derramamiento de sangre, y solamente en esto se diferencia de otros conflictos. Sería mejor si, en vez de equipararlo a cualquier otro arte, lo comparáramos con el comercio, que es también un conflicto de intereses y actividades humanas; y se parece mucho más a la política, la cual, a su vez, puede ser considerada como una especie de comercio en gran escala. Todavía más, la política constituye la matriz en que se desarrolla la guerra, dentro de la cual yacen esbozadas sus formas generales, al igual que las cualidades de las criaturas vivientes se contienen en su embrión.

4. Diferencia

La diferencia esencial consiste en que la guerra no constituye una actividad de la voluntad que se ejerza, como en las artes mecánicas, sobre la materia inerte, ni como el entendimiento y las emociones humanas en las bellas artes, sobre objetos que, si bien vivientes, son, sin embargo, pasivos e inactivos, sino que atañe a elementos vivientes y capaces de reaccionar. En seguida nos llama la atención cuán reducido es el número de esquemas mentales de las artes y las ciencias que son aplicables a tal actividad y podemos entender, por ello, la razón por la cual la constante búsqueda de leyes y su seguimiento, similares a aquellas que pueden extraerse del mundo inerte de la materia, no podría sino conducirnos a caer constantemente en el error. Y, sin embargo, ha sido precisamente la forma mecánica de arte la que se ha querido tomar como modelo para el arte de la guerra, debido a que ésta muy raramente establece leyes y reglas, y cuando se ha tratado de hacer, invariablemente se ha reconocido que eran insuficientes y limitadas, y continuamente se han visto desvirtuadas y reducidas por las corrientes de opinión, los sentimientos y las costumbres.

En este libro se analizará, en parte, si ese conflicto de elementos vivientes, tal como surge y se resuelve en la guerra, está sujeto a leyes generales, y si esas leyes pueden facilitar una guía útil para la acción. Pero esto es, en gran medida, de por sí evidente, o sea que, al igual que cualquier otro tema que no exceda nuestra capacidad de comprensión, puede ser enfocado o más o menos esclarecido en sus íntimas relaciones por una mente inquisidora, y esto solo resulta suficiente para establecer el concepto de la teoría.

Capítulo IV

METODOLOGÍA

Para exponer con claridad la idea de método y de «metodología», que tan importante papel desempeñan en la guerra, nos detendremos a considerar rápidamente la jerarquía lógica por medio de la cual es gobernado el mundo de la acción, como si fuera mediante autoridades regularmente constituidas.

La ley, la más general entre las concepciones válidas para el conocimiento y la acción, contiene evidentemente, en su significado literal, algo subjetivo y arbitrario y, no obstante, expresa con exactitud aquello de lo que dependemos tanto nosotros como las cosas externas. Como sujeto del conocimiento, la ley contiene la relación entre las cosas y sus efectos entre sí; como sujeto de la voluntad, constituye una determinante de la acción y equivale entonces a mandato y prohibición.

El principio es también una ley para la acción, con la diferencia de que no dispone del significado formal y definido que la ley posee, sino que sólo constituye el espíritu y el sentido de la ley, que de esta manera permite al juicio una mayor libertad de aplicación, cuando la diversidad del mundo real no puede ser incluida dentro del concepto definido de una ley. Como el juicio debe encontrar razones para explicar los casos en que no es aplicable el principio, éste se convierte, en ese sentido, en una verdadera ayuda o destello orientador para la persona que actúa.

El principio es objetivo cuando es el resultado de verdades objetivas y, por tanto, adquiere igual valor para todos los hombres; es subjetivo, llamándose entonces por lo general axioma, o sea, una regla de conducta propia, si contiene relaciones subjetivas y, por lo tanto, adquiere un valor positivo sólo para la persona que lo formula.

La regla es tomada con frecuencia en el sentido de ley, significando entonces lo mismo que el principio, ya que decimos «no hay regla sin excepción», pero no que «no hay ley sin excepción», lo que demuestra que con la regla conservamos una mayor libertad de aplicación.

En otro sentido, regla constituye el medio utilizado para reconocer la verdad que subyace en el fondo de un signo particular más próximo, a fin de aplicar a este signo la ley de acción que atañe a la verdad en su conjunto. De este tipo son todas las leyes que rigen los juegos, todas las formas abreviadas de procedimiento en matemáticas, etcétera.

Las regulaciones e instrucciones son hechos determinantes de la acción que se refieren a circunstancias menores, que serían demasiado numerosas e insubstanciales para ser abarcadas por las leyes generales, pero que ayudan a indicar con mayor claridad el camino a seguir.

Por último, el método, o modo de procedimiento, constituye una forma de acción que se repite constantemente y es elegida entre varias posibles. Por metodología entendemos la determinación de la acción por medio de métodos y no de principios generales o regulaciones individuales. Cuando ello ocurre, hay que suponer necesariamente que los casos tratados con dicho método serán iguales en sus rasgos esenciales. Como esto difícilmente será así, el problema consiste en que deberían serlo tanto como fuera posible; en otras palabras, el método debería basarse en los casos más probables. Por lo tanto, la metodología no se funda en premisas particulares y definidas, sino en la probabilidad media de casos análogos, y su tendencia final es establecer una verdad media, cuya aplicación uniforme y constante adquiera, a medida que avanza, la naturaleza de una destreza mecánica, que termina por actuar con competencia casi inconscientemente.

Para la conducción de la guerra descartamos la idea de la ley relacionada con el conocimiento, porque los fenómenos complejos de la guerra no son tan regulares y los fenómenos regulares tan complejos como para que avancemos algo más mediante esta concepción que por la simple verdad. Y donde son suficientes la concepción simple y el lenguaje sencillo, recurrir a lo complejo resulta afectado y presentuoso. La idea de ley en relación con la acción no puede ser usada por la teoría de la conducción de la guerra, porque, debido a la variabilidad y diversidad de los fenómenos, no hay en ella una determinación de naturaleza general que pueda adoptar el nombre de ley.

Pero los principios, las reglas, las regulaciones y los métodos son concepciones indispensables para una teoría de la conducción de la guerra, en cuanto esa teoría lleve a una instrucción positiva, porque en ésta la verdad sólo puede residir en esas formas de cristalización.

Como la táctica es la parte de la conducción de la guerra donde la teoría puede llevar con mayor frecuencia a enseñanzas positivas, estas concepciones aparecerán también más frecuentemente en ella.

No utilizar la caballería contra la infantería incólume excepto en caso de necesidad; no emplear las armas de fuego hasta que el enemigo se halle dentro del radio de su alcance efectivo, para economizar tantas fuerzas como sea posible; estos son principios tácticos. Ninguno de ellos puede ser aplicado en forma absoluta en todos los casos, pero el jefe debe tenerlos siempre presentes para que la ventaja de la verdad que contienen no se desvanezca en aquellos en que esa aplicación sea posible.

Si de una actividad inusitada en el campo enemigo deducimos que nuestro oponente está a punto de entrar en acción, o si la exposición intencional de tropas en un encuentro nos indica que se trata sólo de un amago, entonces esta manera de reconocer la verdad de las cosas es llamada regla, debido a que el propósito al que sirve se deduce de una circunstancia visible determinada.

Si constituye una regla atacar al enemigo con dureza tan pronto como se observe que coloca el armón en el encuentro, es porque se liga a este hecho particular una línea de acción dirigida a la situación general del enemigo tal como se deduce de ella misma, o sea, que está en trance de desistir del encuentro, que está comenzando a retirar sus tropas y no es capaz ni de oponer una resistencia seria mientras prepara su retirada, ni de contrarrestar el acoso del oponente en su transcurso.

Las regulaciones y los métodos son incorporados a la conducción de la guerra por las teorías de la preparación, en la medida en que se insuflen, a modo de principios activos, en las tropas ya formadas. Todas las instrucciones para las formaciones, los ejercicios y los servicios de campaña son regulaciones y métodos. En los ejercicios de instrucción predominan las primeras, y en las instrucciones de servicios de campaña, los últimos. La conducción real de la guerra va unida a ellos; recurre a ellos, por tanto, a modo de formas dadas de procedimiento, y raíz de tal carácter tienen que integrar la teoría de la conducción de la guerra.

Pero para aquellas actividades que conserven una libertad de uso de esas fuerzas no puede haber regulaciones, esto es, no puede haber instrucciones definidas, precisamente porque esto excluiría la libertad de acción. Los métodos, por otra parte, constituyen una forma general de realizar una tarea, a medida que vayan apareciendo, sobre la base, tal como ya pusimos de relieve, de la probabilidad media. Como conjunto que aporta principios y reglas aptos para ser aplicados, pueden formar ciertamente parte de la teoría de la conducción de la guerra, siempre que no adopten una representación diferente de lo que son en realidad, o se presenten como leyes de acción absoluta y de relación necesaria (sistemas), sino como la mejor forma que puede ser aplicada o sugerida como vía más corta en lugar de una decisión individual.

Se advertirá que la aplicación de un método constituirá con frecuencia el factor más esencial en la conducción de la guerra, teniendo en cuenta las múltiples acciones que se realizan sobre la base de meras conjeturas o en una completa incertidumbre. Las medidas, en la guerra, deben ser siempre establecidas según un cierto número de posibilidades. Uno de los bandos parece incapaz de apreciar las circunstancias que influyen en las disposiciones del otro. Aun en el caso de que se conocieran, realmente las circunstancias que influyen en las decisiones del oponente, uno no cuenta con tiempo suficiente como para poner en práctica las medidas necesarias para contrarrestarlas, debido a su extensión y complejidad. Cada acontecimiento se ve envuelto en un número de circunstancias menores que deben ser tenidas en cuenta, y no existe otro medio de hacerlo sino deduciendo una de la otra y basando los cálculos tan sólo sobre lo que es general y probable. Por último, debido al aumento creciente de oficiales, a medida que se desciende en la escala jerárquica, y cuanto más bajo sea el ámbito de acción, tanto menor será la cantidad de cosas que pueden ser dejadas a merced del juicio individual. Cuando se accede al grado en que no cabe esperar otro reconocimiento que el que permiten las regulaciones del servicio y la experiencia, se debe afrontar el acontecimiento con métodos de rutina surgidos de esas regulaciones. Ello será válido tanto como afirmación de aquel juicio como de dique contra las deducciones extravagantes y erróneas, especialmente temibles en un ámbito en el que la experiencia resulta tan costosa.

Además de su carácter indispensable, cabe asimismo atribuir a la metodología una ventaja positiva, es decir, el hecho de que, mediante la aplicación constante de fórmulas invariables, se gana en rapidez, precisión y firmeza en la dirección de las tropas, lo cual conduce a una disminución de la fricción natural y permite a la maquinaria moverse con mayor presteza.

El método, por tanto, tendrá un uso más general y resultará más indispensable en la medida en que las personas actuantes ocupen un menor puesto jerárquico, mientras que, al ascender en la escala, ese uso disminuirá, hasta desaparecer por completo en las posiciones más elevadas. Por dicha razón, más indicado estará en la táctica que en la estrategia.

La guerra, en sus aspectos más encumbrados, no consiste en una cantidad infinita de pequeños acontecimientos ––análogos entre sí pese a su diversidad y, por tanto, mejor o peor controlados por métodos mejores o peores––, sino que es un acontecimiento que ocurre de modo aislado, grave y decisivo, que debe ser tratado en particular. No se trata de un terreno sembrado que, mediante una guadaña más o menos eficaz, pueda ser mejor o peor segado, independientemente de la forma en que se efectúan los tallos, sino que se trata de un campo poblado de grandes árboles, sobre los cuales debe actuar el hacha con buen juicio, según la naturaleza particular y la inclinación de cada uno de los troncos.

Hasta dónde cabe asumir a metodología de las acciones militares queda naturalmente supeditado no a la escala jerárquica, sino a la realidad de las cosas. Y esto afecta a las posiciones más elevadas en un grado menor, debido solamente a que esas posiciones cuentan con un mayor campo de acción. Un orden permanente de batalla, una formación permanente de avanzada y vanguardia, constituyen sendos ejemplos de métodos rutinarios mediante los cuales el general no sólo coarta la capacidad de decisión de sus subordinados, sino también, en ciertos casos, la suya propia. Es cierto que dichos

métodos pueden haber sido creados por él mismo, y los puede haber adoptado de acuerdo con las circunstancias, pero también pueden pertenecer a la teoría, en la medida en que se basen sobre las características generales de las tropas y los armamentos. Por otra parte, cualquier método aplicado a delinear el plan de una guerra o de una campaña que sea rutinario y comunicado para el uso, como si fuera a ser ejecutado por una máquina; carecería por completo de valor.

Mientras no exista de por medio una teoría aceptable, esto es, mientras no se disponga de una forma inteligible para la conducción de la guerra, la metodología ––la rutina en los métodos–– debe inmiscuirse ––aún en las esferas más elevadas de actividad, ya que los que las integran no siempre se han formado a través del estudio y el contacto con las capas superiores de la vida. No serán capaces de encontrar su camino entre las discusiones estériles y contradictorias de los teóricos y los críticos; su sentido común las rechazará de manera espontánea y, en consecuencia, no dispondrán de otro conocimiento que el que les aporte la experiencia. Por tanto, en aquellos casos que admitan un tratamiento libre e individual, y que también lo requieran, echarán en seguida mano de los medios que les brinda la experiencia, es decir, apelarán a los procedimientos característicos de los grandes generales, ya que lo que hemos llamado metodología es algo que surge por sí mismo. Al constatar que los generales de Federico el Grande siempre avanzaban con el llamado orden oblicuo de batalla, al verificar asimismo que los generales de la Revolución francesa practicaban siempre movimientos envolventes con una línea de batalla ampliamente extendida, y que los lugartenientes de Bonaparte se lanzaban al ataque con el sangriento despliegue de unas masas concentradas, advertiremos en la repetición del procedimiento lo que constituye evidentemente un método prestado y, por tanto, comprobaremos que la metodología puede extenderse hasta ámbitos lindantes con las esferas más elevadas. Si es cierto que una teoría evolucionada facilita el estudio de la conducción de la guerra y favorece la educación de la mente y el juicio de los responsables de los mandos superiores, entonces la metodología no alcanzará cimas tan elevadas, y esto será considerado tanto más indispensable en la medida en que se deduzca de la teoría misma y no sea un producto de la simple imitación. Por excelente que sea la forma como un gran general haga las cosas, siempre habrá algo subjetivo en cómo las hace, y si tiene cierta manera de hacerlas, ésta contendrá buena parte de su individualidad, que no siempre concordará con la individualidad de la persona que lo imite.

Al propio tiempo, no sería ni posible ni justo eliminar por completo de la conducción de la guerra la metodología subjetiva; por el contrario, ésta debe ser considerada como una manifestación de la influencia que ejerce el carácter general de la guerra sobre sus acontecimientos aislados, la cual solamente puede ser asumida de esa forma si la teoría no ha podido preverla y tomarla en cuenta. ¿Puede haber algo más lógico que el hecho de que la guerra de la Revolución francesa tuviera su propio modo de hacer las cosas? ¿Qué teoría podría haber incluido ese método peculiar? El problema reside en que esa manera de hacer las cosas, originada en un caso especial, pervive fácilmente, debido a que continúa, al tiempo que las circunstancias cambian de modo imperceptible. Esto es lo que la teoría tiene que prevenir, mediante una critica precisa y racional. Cuando, en el año 1806, el príncipe Ludwig en Saalfeld, Tauentzien sobre el Dornberg, cerca de Jena, Grawert delante y Ruchel detrás de Kappellendorf, dispuestos a manos llenas a destruir el orden oblicuo de Federico el Grande, se las compusieron para desarticular al ejército de Hohenlohe de un modo como nunca fue diezmado ejército alguno en el campo de batalla, ello se debió no sólo a una manera de actuar que pervivió en el futuro, sino a la más patente estupidez a la que puede haber conducido jamás la metodología.

Capítulo V

CRÍTICA

La influencia de las verdades teóricas sobre la vida práctica siempre se ejerce más por medio de la crítica que por medio de la instrucción, ya que la crítica equivale a la aplicación de verdades teóricas a acontecimientos reales, de tal modo que no sólo acerca esas verdades a la vida, sino que permite que el entendimiento se acostumbre más a éstas, gracias a una aplicación repetida hasta la saciedad. Debido a ello, creemos necesario establecer el punto de vista de la crítica junto con el de la teoría.

En principio tenemos que diferenciar la narración crítica de la narración simple de los acontecimientos históricos, la cual sitúa simplemente las cosas una al lado de la otra y a lo sumo toma en cuestión sus relaciones causales más inmediatas.

En esa narración crítica se hacen patentes tres actividades distintas del entendimiento. En primer lugar, el descubrimiento y la constatación histórica de los hechos dudosos. Nos encontramos aquí con la investigación histórica pura, que no tiene nada en común con la teoría. En segundo lugar, la deducción del efecto, partiendo de sus causas. Esto es la investigación crítica propiamente dicha, que resulta indispensable para cualquier teoría, porque, en teoría, todo lo que ha de ser establecido, sustentado o incluso sólo explicado a través de la experiencia únicamente puede ser resuelto de esta forma.

En tercer lugar, la constatación de los medios empleados, es decir, la crítica propiamente dicha, que contiene elogios y reproches. Es aquí donde la teoría resulta útil a la historia, o más bien a la enseñanza que se deriva de ella.

En estas dos últimas partes, estrictamente críticas, de la consideración histórica, todo depende de la investigación de las cosas hasta sus elementos finales, o sea, hasta las verdades que permanecen fuera de toda duda, y no de la detención a mitad de camino con suposiciones arbitrarias o hipótesis, sin seguir adelante, como sucede tan a menudo.

Con respecto a la deducción de un efecto por sus causas, se tropieza a menudo con la dificultad externa e insuperable de que las causas verdaderas son apenas conocidas. En ninguna otra circunstancia de la vida se produce ello con tanta frecuencia como en la guerra, en la cual los acontecimientos rara vez son totalmente conocidos y aún menos lo son los motivos, que, o bien son ocultados a propósito por las personas que han intervenido en ellos, o bien pueden desvanecerse para la historia cuando tienen un carácter muy transitorio y accidental. Por tanto, la narración crítica tiene que correr parejas con la investigación histórica, e incluso así, con frecuencia persiste una disparidad tal entre causa y efecto que no se justifica que la historia considere los efectos como consecuencias necesarias de las causas conocidas. En este caso, por tanto, aparecerán necesariamente lagunas, es decir, se llegará a resultados históricos de los que no se puede extraer enseñanza alguna. Lo único que la teoría puede exigir es que la investigación sea conducida con rigidez hasta esas lagunas, y allí tendrá que dejar en suspenso sus exigencias. El problema real sólo surge si, indefectiblemente, lo que se conoce tiene que bastar para explicar los resultados, y se le atribuye así una engañosa importancia.

Unida a esta dificultad, la investigación crítica encuentra también otra de carácter intrínseco muy profunda en el hecho de que en la guerra los efectos rara vez proceden de una sola causa, sino de varias causas unidas, y, en consecuencia, no basta reconstruir con disposición sincera e imparcial las series de acontecimientos hasta sus comienzos, sino que además es necesario asignar el valor que les corresponde a cada una de las causas originarias. Por lo tanto, ello conduce a una investigación más detallada de su naturaleza, y es así como la investigación crítica puede derivar hacia el terreno propio de la teoría.

La consideración crítica, es decir, la constatación de los medios, lleva a la cuestión de saber cuáles son los efectos propios de los medios aplicados, y si estos efectos eran los que se proponía la persona actuante.

Los efectos propios de los medios conducen a la investigación de su naturaleza y, de esta forma, nuevamente al terreno de la teoría.

Hemos visto que, en la crítica, todo consiste en alcanzar verdades que estén fuera de cualquier duda, es decir, no detenerse en proposiciones arbitrarias que no sean válidas para otros, a las que se oponen entonces otras afirmaciones quizás igualmente arbitrarias, de modo que no habrá límite para los pros y los contras y el conjunto carecerá de resultados y, por lo tanto, de valor como enseñanza. Hemos visto también que la investigación de las causas y la constatación de los medios conducen al terreno de la teoría, es decir, al terreno de la verdad universal que no se deduzca únicamente del caso individual que se está examinando. Si se dispone de una teoría útil, la investigación crítica recurrirá a lo que ha sido resuelto en ella, y en ese punto debe detenerse la investigación. Pero allí donde no se dispone de esa verdad teórica, la investigación debe ser proseguida hasta los elementos finales. Si aparece a menudo esta necesidad, el historiador se verá obligado a ocuparse de detalles cada vez mayores. Se verá de este modo muy atareado y le será casi imposible tratar todos los puntos con la debida reflexión. Como consecuencia, para limitar su examen se detendrá en afirmaciones arbitrarias que, aunque no lo sean realmente para él, continuarán sin embargo siéndolo para los demás, porque no son ni evidentes por sí mismas ni han sido demostradas.

Por lo tanto, una teoría útil es el fundamento esencial para la crítica, y sin la ayuda de una teoría razonable es imposible que la crítica alcance el punto en que realmente comienza a ser instructiva, es decir, a ser una demostración convincente.

Pero equivaldría a una esperanza quimérica creer en la posibilidad de una teoría que se ocupara de toda verdad abstracta y sólo dejara a la crítica la tarea de situar el caso individual bajo la ley que le corresponda. Constituiría una pedantería ridícula establecer como regla que la crítica debe siempre detenerse y girar en redondo al llegar a los límites de la sagrada teoría. El mismo espíritu de investigación analítica, que es el origen de la teoría, debe guiar también al crítico en su trabajo; en consecuencia, puede y suele suceder que se desvíe hacia el terreno de la teoría y que siga adelante hasta explicar por sí mismo esos puntos que para él tienen especial importancia. Por el contrario, es mucho más probable que la crítica deje por completo de alcanzar su objetivo si se convierte en una

aplicación mecánica de la teoría. Cuanto más carezcan de universalidad y de verdad absoluta los resultados de la investigación teórica, tanto más llegarán a ser todos los principios, reglas y métodos que pueda establecer, reglas positivas para la práctica.

Existen para el uso requerido y debe dejarse siempre que el buen juicio decida si son adecuados o no. Esos resultados de la teoría nunca deben ser usados en la crítica como reglas o normas fijas, sino simplemente como una ayuda para el juicio, en la misma forma en que tendrá que usarlas la persona que actúa. Si en la táctica es cosa decidida que, en el orden general de la batalla, la caballería debe ser colocada detrás de la infantería y no en la misma línea, sería sin embargo un disparate reprobar toda desviación a esa norma. La crítica debe investigar las razones que han determinado la desviación, y sólo si éstas son inadecuadas tendrá el derecho de hacer referencia a lo que ha establecido la teoría. Además, si la teoría acepta que un ataque dividido disminuye la probabilidad de éxito, siempre que se produzca ese ataque dividido y con ello un resultado desafortunado sería poco razonable considerar este último como una consecuencia del primero, sin investigar con más detalle si realmente ha sido ese el caso. Del mismo modo, sería también poco razonable deducir de ello que sea engañoso lo que afirma la teoría. El espíritu crítico investigador se niega a asentir a cualquiera de las dos premisas. En

consecuencia, la crítica se basa esencialmente en los resultados de la investigación analítica obtenidos por medio de la teoría. Lo que ésta ha admitido no necesita ser establecido de nuevo por la crítica, y ha sido así para que la critica pueda encontrarlo ya establecido.

Esta tarea de la crítica de investigar qué efecto ha sido producido por una causa, y si el medio empleado ha sido el que se necesitaba para alcanzar su fin, resultará fácil si se hallan próximos la causa y el efecto, el fin y los medios.

Si un ejército es sorprendido y no puede por tanto hacer uso normal e inteligente de sus fuerzas y recursos, el efecto de esa sorpresa no será dudoso. Si la teoría ha establecido que, en una batalla, un ataque envolvente conduce a un mayor éxito pero con menor seguridad, la cuestión, entonces, radica en saber si quien emplea el ataque envolvente ha considerado como principal objetivo la magnitud del éxito. En ese caso, el medio fue elegido correctamente. Pero si el deseo del atacante sólo fuera asegurar el éxito y si esta esperanza estuviese basada no en circunstancias particulares, sino en la naturaleza del ataque envolvente, entonces se habría equivocado al calibrar la naturaleza de ese medio y habría cometido un error, como ha sucedido cientos de veces.

Aquí resulta fácil el trabajo de investigación militar y demostrativo, y siempre lo será, si se limita a los efectos y los fines inmediatos. Se podrá hacer esto exactamente a gusto de cada cual, a condición de que se consideren las cosas separadamente de su relación con el conjunto, y que sólo se estudien así separadas.

Pero en la guerra, lo mismo que en general en el mundo común, existe una relación entre todo lo que pertenece al conjunto; en consecuencia, toda causa, por pequeña que sea, debe influir con sus efectos sobre el resto de la guerra y modificar en cierto grado el resultado final, por más débil que pueda ser ese grado. Del mismo modo, todo medio puede ejercer su influencia hasta la obtención del fin último.

Por lo tanto, podemos deducir los efectos de una causa, hasta donde se observen señales indicativas, y, de la misma manera, no sólo se puede poner a prueba un medio para su fin inmediato, sino también probar este mismo como medio para un fin más elevado y ascender así a lo largo de un encadenamiento, subordinado cada fin al superior, hasta que lleguemos a uno que no requiera ser puesto a prueba, porque su necesidad es indudable. En muchos casos, especialmente si se trata de medidas importantes y decisivas, el examen tendrá que extenderse hasta el fin último, o sea, el que dé lugar a la paz.

Es evidente que, al ascender de este modo, en cada nuevo tramo al que se llegue se adaptará para el juicio un punto de vista nuevo, de forma tal que el mismo medio que parece ventajoso desde un punto de vista inmediato debe ser rechazado cuando se considera desde un punto de vista más alejado.

Al analizar en forma crítica un capítulo de la historia, siempre deben ir acompasadas la investigación de las causas de los fenómenos y la constatación de los medios, de acuerdo con los fines a los que sirven, porque sólo la investigación de la causa nos conduce a objetos dignos de ser puestos a prueba.

Este intento de recorrer de un extremo a otro el encadenamiento causal implica una dificultad considerable, porque, cuanto más lejos de un acontecimiento se halle la causa que se busque, tanto mayor habrá de ser el número de otras causas que, al mismo tiempo, deben ser examinadas y analizadas en relación con la participación que puedan haber tenido en dar forma a los acontecimientos, y eliminadas en consecuencia; porque cuanto más elevado se halle un fenómeno en esa cadena causal, más numerosas serán las fuerzas y circunstancias separadas que lo condicionan. Si hemos dilucidado las causas de una batalla perdida, también habremos dilucidado, sin duda, parte de las causas que corresponden a las consecuencias de esa batalla perdida en el conjunto de la guerra. Pero sólo habremos dilucidado una parte, porque los efectos de otras causas contribuirán en mayor o menor medida, de acuerdo con las circunstancias, a determinar el resultado final.

En la constatación de los medios, a medida que nuestros puntos de vista se eleven sucesivamente se presentará la misma multiplicidad en lo que habremos de tratar, porque cuanto más elevados sean los fines, más cuantiosos tendrán que resultar los medios empleados para alcanzarlos. El fin último de la guerra es perseguido simultáneamente por todos los ejércitos y, por lo tanto, se tiene también que tomar en consideración cuanto a su respecto ha sido llevado a cabo, o hubiera podido ser llevado a cabo.

Evidentemente, ello puede conducir, a veces, a un terreno muy amplio de investigación, donde es fácil perderse y en el que prevalecen las dificultades, porque deben avanzarse gran número de suposiciones sobre cosas que no han sucedido realmente, pero que eran probables y, en este sentido, no pueden dejar de ser consideradas.

Cuando, en 1797, Bonaparte, a la cabeza del Ejército de Italia, avanzó desde el río Tagliamento contra el archiduque Carlos, lo hizo con la intención de obligarle a tomar una decisión antes de que éste recibiera los refuerzos que esperaba procedentes del Rin. Si consideramos solamente la decisión inmediata, el medio fue bien elegido. Y el resultado lo demostró, pues el archiduque quedó tan debilitado que no efectuó más que un intento de resistencia sobre el Tagliamento. Cuando vio la resolución y fortaleza de su adversario, abandonó el campo de batalla y los pasos que conducían a los Alpes Nóricos. Ahora bien, ¿qué se había propuesto Napoleón con esta acción? ¿Penetrar en el corazón mismo del imperio austríaco? ¿Facilitar el avance de los ejércitos del Rin al mando de Moreau y Hoche y lograr una estrecha comunicación con ellos? Esta fue la posición adoptada por Bonaparte y desde este punto de vista actuó con acierto. Pero si la crítica se sitúa en un punto de vista más elevado, o sea, el del Directorio francés, cuyo mando era incapaz de ver, y debió haber visto, que la campaña del Rin no tenía que haberse iniciado hasta seis semanas más tarde, entonces el avance de Napoleón sobre los Alpes Nóricos sólo puede ser considerado como una baladronada extemporánea, porque si los austríacos hubieran hecho intervenir en masa a sus ejércitos del Rin para reforzar su presencia en Estiria, permitiendo de este modo que el archiduque se arrojara sobre el Ejército de Italia, no sólo ese ejército probablemente habría sido derrotado, sino que quizá se habría perdido para Francia toda la campaña. Fue esta consideración, que se impuso por sí misma a Napoleón en Villach, la que indujo a éste a firmar con tanta celeridad el armisticio de Leoben.

Si la crítica parte de una posición aún más elevada y se sabe que los austriacos no poseían reserva alguna desplegada entre el ejército del archiduque Carlos y la ciudad de Viena, se deduce, entonces, que la capital austríaca habría caído bajo la amenaza del Ejército de Italia. Supongamos que Bonaparte hubiera sabido que Viena se hallaba de esa forma desprotegida y también que contaba en Estiria con esa decisiva superioridad numérica sobre el archiduque.

Entonces, su precipitado avance contra el corazón de los estados austríacos ya no habría carecido de propósito, puesto que su valor habría dependido sólo de aquel que los austríacos hubieran asignado a la conservación de Viena. Si ese valor hubiese sido para ellos tan grande como para haberles inducido a aceptar las condiciones de paz que Bonaparte estaba dispuesto a ofrecerles, antes que perder la ciudad, la amenaza contra Viena debería ser considerada como el propósito esencial del avance. Si por alguna razón Bonaparte hubiera sabido esto, la crítica podría detenerse aquí; pero si se hubiera mostrado indeciso a ese respecto, la crítica debería situarse en una posición aún más elevada y preguntarse qué habría ocurrido si los austríacos hubieran abandonado Viena y se hubiesen retirado más allá, en el confín de las vastas extensiones cuyo dominio todavía poseían. Pero resulta fácil advertir que esta cuestión no puede ser contestada sin tomar en consideración el curso probable de los acontecimientos en la confrontación de los ejércitos del Rin por ambos bandos. En vista de la decidida superioridad numérica del lado de los franceses ––130.000 contra 80.000––, no cabrían muchas dudas respecto del resultado. Pero entonces surgiría otra cuestión: ¿qué uso habría hecho el Directorio de esa probable victoria? ¿Habría ampliado su triunfo hasta alcanzar los límites de la monarquía austríaca, intentando desmembrar y destruir, por lo tanto, ese poder, o se habría contentado con la conquista de una parte considerable del territorio, que le pudiera servir como garantía de la paz? Debe estimarse, en cada caso, el resultado probable, a fin de

llegar a una conclusión sobre la plausible elección del Directorio. Supongamos que el resultado de estas consideraciones hubiera sido el de que las fuerzas francesas eran demasiado débiles para derrotar completamente a la monarquía austríaca, de suerte que el intento por sí mismo habría invertido completamente la situación, y que incluso la conquista y ocupación de una parte considerable del territorio de aquélla habría colocado a los franceses en una posición estratégica para la cual sus fuerzas probablemente eran insuficientes. Entonces ese resultado habría condicionado su juicio sobre la situación del Ejército de Italia, hasta hacerle ver la conveniencia de disminuir sus posibilidades. Sin duda, esto fue lo que indujo a Bonaparte ––aun cuando pudo darse cuenta, a primera vista, de la impotencia del archiduquea firmar la paz de Campoformio, que no impuso a los austríacos mayores sacrificios que los de la pérdida de regiones que no habrían reconquistado ni tras las campañas más afortunadas. Pero los franceses no podrían haber contado siquiera con el moderado tratado de Campoformio, y, por lo tanto, no podrían haberlo fijado como objetivo de su osado avance, si no hubieran entrado en consideración dos cuestiones. La primera, determinar qué valor habrían asignado los austríacos a cada uno de los resultados antes mencionados; si, no obstante la probable obtención de un resultado satisfactorio en cualquiera de los dos casos, habría valido la pena hacer el sacrificio que implicaban, es decir, continuar la guerra, cuando ese sacrificio podría haber sido ahorrado mediante una paz basada en cláusulas no demasiado humillantes. La segunda, saber si el gobierno austríaco habría sopesado seriamente el posible resultado final de una resistencia continuada, y si no s habría dejado llevar por el desaliento bajo la impresión causada por los descalabros del momento.

La consideración que entraña la primera cuestión no constituye una sutileza baladí, sino que tiene una importancia práctica tan decisiva que surge siempre que se discute un plan para llevarlas cosas hasta sus últimos extremos. Esto es lo que con gran frecuencia evita que esos planes se ejecuten.

La segunda cuestión es igualmente necesaria, porque la guerra se entabla no con un oponente abstracto, sino con uno real, que siempre debe ser tenido en cuenta. Podemos estar seguros de que el audaz Bonaparte no descuidaba este punto de vista, es decir, no desdeñaba la confianza basada en el temor que despertaba en sus enemigos. Esta misma confianza fue la que, en 1 812, lo condujo a Moscú, y allí lo abandonó en el infortunio. El terror que inspiraba se había evaporado en cierto modo en las gigantescas luchas en las que se vio implicado. Por supuesto, no había sufrido ningún desgaste en 1797 y no se había revelado todavía el secreto de su fuerza de resistencia llevada hasta el último extremo. Sin embargo, incluso en 1797 su intrepidez lo habría conducido a un resultado negativo si, como ya hemos dicho, gracias a una especie de presentimiento, no hubiera elegido la paz moderada de Campoformio como una tabla de salvación.

Tenemos que examinar esto de manera terminante. Bastará mostrar con un ejemplo la amplia esfera de actividad, la diversidad y la dificultad que puede presentar un examen crítico si nos adentramos en los fines esenciales, es decir, si nos referimos a medidas de carácter importante y decisivo que necesariamente deben influir sobre ellos. Este examen revelará que, además de la comprensión teórica de la cuestión, el talento natural debe también ocupar su lugar a la hora de enjuiciar el valor del examen crítico, porque de él dependerá principalmente la posibilidad de aclarar la relación de las cosas, distinguiendo las que son esenciales de las incontables relaciones recíprocas de los acontecimientos.

Pero el talento se emplea todavía de otra manera. La consideración crítica no constituye una mera constatación de los medios empleados realmente, sino un examen de todos los posibles, que, por lo tanto, primero deben ser descubiertos y especificados; y, evidentemente, no estamos en disposición de desdeñar ningún medio en particular, a menos que seamos capaces de especificar uno mejor. Sin embargo, por pequeño que sea el número de combinaciones posibles en la mayoría de los casos, debe admitirse que señalar las que no han sido usadas no constituye un simple análisis de las cosas reales, sino una realización espontánea que no se deja prescribir sino que depende de la capacidad de producción de la mente.

Estamos lejos de considerar que un caso en el cual todo debe ser investigado hasta que se llega a unas pocas combinaciones prácticamente posibles y muy simples constituye el terreno abonado para el genio. Encontramos sumamente ridículo considerar, como ha ocurrido tan a menudo, el cambio de una posición como un descubrimiento que revela la presencia de un gran genio; sin embargo, este acto de realización espontánea es necesario y el valor del examen crítico es determinado esencialmente por él.

Cuando, el 30 de julio de 1796, Bonaparte decidió levantar el sitio de Mantua para contrarrestar el avance de Wurmser y con toda su fuerza caer sobre sus filas, separadas por el lago de Garda y el río Mincio, esta pareció la vía más segura para alcanzar una brillante victoria. Tal victoria se produjo realmente, y después se repitió con los mismos medios y con éxito todavía más fulminante cuando se reanudó el intento de asediar aquella fortaleza. Nos consta sólo una opinión sobre estas hazañas, la cual se rinde completamente a la admiración.

Pero Bonaparte no pudo seguir ese rumbo el 30 de julio sin abandonar completamente la idea del asedio de Mantua, porque era imposible apoyar a las tropas ocupadas en ello, las cuales no podían ser reemplazadas por otras en esa campaña. En realidad, el asedio se convirtió en un simple bloqueo. La ciudad, que habría caído pronto si la acción hubiera continuado, resistió durante seis meses, pese a los éxitos de Bonaparte en el campo de ba- talla.

Los críticos generalmente han considerado esto como un mal más bien inevitable, porque no han sido capaces de sugerir ningún medio de resistencia mejor. La resistencia a un ejército de relevo, dentro de la circunvalación, ha caído en tal descrédito, que no se la considera en absoluto como un medio. Sin embargo, en los tiempos de Luis XIV esa medida era usada tan a menudo con éxito, que si cien años más tarde no se le ocurrió a nadie que por lo menos cabía tomarla en cuenta, esto sólo tiene que ser considerado como un capricho de la moda. Si esta posibilidad hubiera sido admitida, una investigación más atenta de las circunstancias habría demostrado que los 40.000 hombres de la mejor infantería del mundo, bajo el mando de Bonaparte, colocados detrás de la fuerte circunvalación de Mantua, tenían tan poco que temer de los 50.000 austíacos que acudían en socorro de la ciudad, al mando de Wurmser, que era muy improbable que se hubiera realizado ni siquiera un solo intento de ataque sobre sus líneas. No trataremos aquí de demostrar este punto, pero creemos que se ha dicho lo bastante como para mostrar que este medio tiene derecho a ser considerado. No discutiremos tampoco si, durante la acción, Bonaparte mismo pensó en este medio. No se encuentra indicio alguno de ello en sus memorias ni en otras fuentes impresas. Ninguno de los críticos posteriores reparó en él, porque esa medida quedó por completo fuera del alcance de su campo visual. El mérito de recordarlo no es tan grande, porque para pensar en él sólo hemos tenido que rehuír el engreído capricho de la moda. No obstante, es necesario tenerlo en cuenta y compararlo con los medios que empleó Bonaparte. Sea cual sea el resultado de esta comparación, la crítica no debería omitirla.

Cuando, en febrero de 1814, Bonaparte se distanció del ejército de Blücher, al que había derrotado en los encuentros de Étogues, Champ-Aubert, Montmirail, etc., y acosó nuevamente a las tropas de Schwarzenberg, a las que venció en Montereau y Mormant, todo el mundo se mostró rendido de admiración, porque Bonaparte, con sólo utilizar su fuerza concentrada, primero sobre un adversario y luego sobre el otro, aprovechó brillantemente el error cometido por los Aliados al avanzar con sus fuerzas divididas. Generalmente se ha considerado que al menos no fue su culpa si estos ataques fulminantes en todas direcciones no sirvieron para ponerlo a salvo. Nadie ha formulado todavía esta pregunta: ¿cuál habría sido el resultado si, en lugar de atacar nuevamente a Schwarzenberg, Bonaparte hubiera continuado apremiando a Blücher y lo hubiese presionado hasta el Rin? Estamos convencidos de que se habría producido una inversión completa de la campaña y que el ejército de los Aliados, en lugar de marchar hacia París, se habría retirado detrás del Rin. No pretendemos que otros compartan nuestra convicción, pero ya que esta alternativa ha sido mencionada, ningún experto pondría en duda que esa crítica tendría que ser considerada junto con las demás posibilidades.

En este caso los medios de comparación se encuentran también mucho más cerca que el primero. Fueron igualmente pasados por alto, porque se siguió ciegamente una tendencia determinada, sin recurrir a un juicio imparcial.

De la necesidad de proponer un medio mejor en lugar del que fue rechazado ha surgido una clase de crítica que es casi la única que se usa y que se contenta con señalar un procedimiento supuestamente mejor, sin aducir la verdadera prueba para ello. Consecuencia de esto es que mientras algunos no están convencidos, otros actúan exactamente de la misma forma y surge, entonces, una controversia que no proporciona base ninguna para la discusión. Toda la literatura de la guerra abunda en esta clase de ejemplos.

La prueba que solicitamos es siempre necesaria cuando la posibilidad que pone de manifiesto el medio no es tan evidente como para desechar todas las dudas, y consiste en investigar cada uno de los medios sobre la base de sus propios méritos y compararlo con el fin propuesto. Si, de esta forma, la cuestión ha sido investigada hasta alcanzar la simple verdad, la controversia debería cesar, o por lo menos conducir a nuevos resultados, mientras que, en la otra forma de procedimiento, los pros y los contras siempre se destruyen entre sí. Si, por ejemplo, no nos satisface la afirmación hecha en el caso antes mencionado, y deseamos probar que haber persistido en perseguir a Blücher hubiera sido mejor que acosar a Schwarzenberg, debemos tener en cuenta las realidades siguientes:

1. En general, resulta más ventajoso perseverar en los golpes en una misma dirección que golpear en diferentes direcciones, porque esto último implica una pérdida de tiempo, y, además, porque cuando la fuerza moral del enemigo se ha visto debilitada por haber sufrido bajas considerables, es más fácil obtener nuevos éxitos. En ese sentido, por lo tanto, la superioridad ya ganada es aprovechada íntegramente.

2. Blücher, aun siendo más débil que Schwarzenberg, debido a su espíritu combativo era todavía el adversario más importante; por lo tanto, en él se encontraba el centro de gravedad en el que confluía todo lo demás.

3. Las pérdidas sufridas por Blücher equivalían a una derrota y habían otorgado a Bonaparte un tal predominio en la situación, que casi no podía dudarse de la retirada de aquél sobre el Rin, porque en la zona en que se hallaba no existían refuerzos de importancia.

4. Ningún otro éxito posible hubiera parecido tan formidable o hubiera adquirido proporciones tan gigantescas para la imaginación; tener que enfrentarse a un Estado Mayor indeciso y timorato, como era notoriamente el de Schwarzenberg, constituía una ventaja inmensa. El principe Schwarzenberg tenía que conocer bastante aproximadamente las pérdidas sufridas por el príncipe de Eugenio de Württemberg, en Montereau, y por el conde Wingenstein en Mormant. Por otro lado, de la serie de descala- bros que Blücher habría experimentado en su zona completamente separada e inconexa, que se extendía desde el Marne hasta el Rin, sólo le habrían llegado noticias a través de rumores. El movimiento desesperado que Bonaparte realizó sobre Vitry, a finales de marzo, para probar qué efectos ejercería sobre los Aliados la amenaza de un movimiento envolvente, estaba basado, evidentemente, en el principio de terror sorpresivo, pero bajo circunstancias bastante diferentes a las que le llevaron a la derrota en Laon y Arcis, y cuando Blücher, con sus 100.000 hombres, estaba secundando a Schwarzenberg.

Sin duda habrá muchos que no se mostrarán convencidos ante estos argumentos, pero, por lo menos, no podrán replicarnos diciendo que «mientras Bonaparte, al avanzar hacia el Rin, amenazaba la base de Schwarzenberg, éste, al mismo tiempo, amenazaba París, base de Bonaparte», porque creemos haber demostrado, con las razones antes expuestas, que no estuvo nunca en el ánimo de Schwarzenberg marchar contra París.

En relación con el ejemplo que hemos citado, extraído de la campaña de 1796, podríamos exponer lo siguiente: Bonaparte consideraba el plan que había adoptado como el camino más seguro para derrotar a los austríacos. Incluso si hubiera sido así, el objetivo que se hubiese logrado habría constituido una gloria militar inútil, que apenas podría haber ejercido una influencia perceptible en el asedio de Mantua. A nuestro entender, el camino indicado habría llevado con mayor seguridad a impedir la ayuda a Mantua. Pero aun en contra de esta opinión, como pensó el general francés, esto no sucedió, y si prefiriéramos considerar menor la seguridad de éxito, la cuestión llegaría a ser, una vez más, la de contrapesar, en un caso, un éxito probable, pero casi inútil y, por lo tanto, débil, y, en el otro, un éxito no del todo probable, pero mucho más productivo. Si el asunto es presentado de esta forma, la intrepidez habría tenido que pronunciarse en favor de la segunda solución, que es exactamente lo contrario de lo que nos hubiera inducido a creer un punto de vista superficial sobre la cuestión. Sin duda, Bonaparte no pensó en acometer ninguna acción audaz, y nos caben dudas sobre si no habría apreciado la naturaleza del caso, ni comprendido sus consecuencias, con la misma claridad con que la experiencia nos ha permitido hacerlo a nosotros.

Naturalmente, al considerar los medios, a menudo el crítico debe recurrir a la historia militar, ya que en el arte de la guerra la experiencia tiene mayor valor que cualquier verdad filosófica. Pero sin duda esta evidencia histórica se halla sujeta a sus propias condiciones, que trataremos en un capítulo especial; y por desgracia, estas condiciones se cumplen tan raras veces que, por lo general, las referencias históricas sólo sirven para aumentar la confusión de las ideas.

Debemos considerar todavía un asunto muy importante, que es el siguiente: al juzgar un acontecimiento en particular, tenemos que ver hasta dónde está obligada o le es permitido a la crítica hacer uso de su modo superior de ver las cosas y, por lo tanto, de lo que han establecido los resultados, o cuándo y dónde se ve obligada a dejar de considerar estas cosas, para colocarse exactamente en el lugar de la persona que actúa.

Si la crítica quiere loar o censurar a la persona actuante, es evidente que tiene que colocarse exactamente en su lugar, es decir, debe recoger todo lo que esa persona conocía y todos los móviles que la impulsaron a actuar y, por otro lado, tiene que hacer caso omiso de todo lo que aquélla desconocía o no podía conocer, o sea, ante todo, el resultado que se produjo. Pero este es sólo un fin por el que nos esforzamos pero que nunca podemos alcanzar por completo, porque el estado de cosas del cual surge un acontecimiento nunca se presenta ante los ojos del crítico como lo hizo ante los de la persona actuante. Se han desvanecido por completo una multitud de circunstancias menores que pudieron haber influido sobre la decisión tomada, y muchas de las motivaciones subjetivas nunca se ponen de relieve. Tales móviles sólo pueden ser conocidos a través de las memorias de la persona actuante o de sus relaciones muy íntimas y, a menudo, en tales memorias, estas cuestiones son tratadas de forma muy vaga, o incluso son tergiversadas a propósito. En consecuencia, la crítica siempre tendrá que renunciar a saber por completo qué es lo que pasaba por la mente de la persona que actuaba.

Por otro lado, todavía le resulta más difícil renunciar a lo que conoce tal vez demasiado. Esto solamente es fácil respecto de las circunstancias accidentales, es decir, de aquellas que no guardaban necesariamente una relación con la situación, sino que habían llegado a estar mezcladas con ella. Pero, en todas las cuestiones esenciales, la crítica resulta extremadamente difícil y nunca se logra llevarla a cabo por completo.

Consideremos en primer lugar el resultado. Si éste no proviniera de circunstancias accidentales, sería casi imposible que su conocimiento no influyera sobre el juicio de las circunstancias de las que provenía realmente porque vemos estas circunstancias desde el punto de vista de ese resultado, y en cierto modo, solamente gracias a él adquirimos nuestro conocimiento de las circunstancias y establecemos nuestra opinión sobre su importancia. La historia de la guerra, con todos sus acontecimientos, constituye una fuente de enseñanza para la propia crítica, y es natural que ésta arroje sobre las cosas la misma luz que ha obtenido de la consideración del conjunto. Por lo tanto, si en muchos casos la crítica hubiera intentado prescindir por completo de ello, nunca lo habría conseguido plenamente.

Pero esto ocurre no sólo en lo que se refiere al resultado, es decir, a lo que no se produce hasta más tarde, sino también en lo que respecta a lo que ya existe, o sea, a los datos que determinan la acción. En la mayoría de los casos, la crítica dispondrá de un mayor número de datos que el que tenía la persona que actuaba. Ahora bien, podríamos suponer que habría sido fácil descartarlos por completo, y sin embargo no es así. El conocimiento de las circunstancias anteriores y simultáneas no descansa sólo sobre informaciones definidas, sino sobre un amplio número de conjeturas y suposiciones. En realidad, apenas no hay una información referente a las cosas que no son puramente accidentales, que no haya sido precedida por conjeturas o suposiciones, las cuales substituirán a la información auténtica, si ésta continúa faltando. Entonces puede concebirse que la crítica, que en una época posterior tiene delante de sí, como hechos, todas las circunstancias precedentes y presentes en el acto, no se sienta con ello prevenida cuando se pregunta qué parte de las circunstancias desconocidas habría considerado como probable en el momento de la acción. Mantenemos que, en este caso, como en el de los resultados, y por la misma razón, es imposible llegar a una abstracción.

En consecuencia, si el crítico quiere loar o censurar cualquier acto aislado, sólo hasta cierto punto logrará colocarse en la posición de la persona que actuaba. En muchísimos casos estará en disposición de hacer esto hasta un grado suficiente como para alcanzar un propósito práctico, pero en otros no podrá hacerlo en forma alguna, lo cual no debemos perder nunca de vista.

Pero no es necesario ni deseable que la crítica se identifique completamente con la persona actuante. En la guerra, como en todas las actividades que exigen cierta capacidad, se requiere una aptitud natural que llamamos maestría. Esta puede ser grande o pequeña. En el primer caso, fácilmente puede ser superior a la del crítico, porque, ¿qué crítico pretenderá poseer la maestría de un Federico el Grande o de un Bonaparte? Por lo tanto, si la crítica no tiene que abstenerse de emitir su opinión en lo que respecta a un talento eminente, se le debe permitir hacer uso de la ventaja que le proporciona la visión de un amplio horizonte. En consecuencia, la crítica no puede verificar la solución dada por un gran general a su acción con los mismos datos como se verifica una suma en aritmética, sino que, estudiando el resultado, estudiando la forma en que invariablemente éste es confirmado por los acontecimientos, debe reconocer con admiración lo que corresponda a la actividad superior del genio, y aprender a considerar como un hecho establecido la relación esencial que éste presiente con su visión.

Pero incluso para las manifestaciones más pequeñas de virtuosidad es necesario que la crítica adopte un punto de vista más elevado, para que, rica en las razones que han conducido a la decisión, sea lo menos subjetiva posible, y para que la limitación mental del crítico no se convierta en medida para el juicio.

La posición superior de la crítica, sus loas y sus censuras, emitidas de acuerdo con el conocimiento completo de las circunstancias, no encierran en sí mismas nada que ofenda nuestros sentimientos; solamente lo hacen cuando el crítico se adelanta y se expresa como si toda la sabiduría obtenida por su conocimiento cabal del acontecimiento considerado fuera debida a su propio talento. Por más burdo que pueda ser este engaño, la vanidad lo comete con facilidad y esto, naturalmente, molesta a los demás. Pero con gran frecuencia, aunque no se halle en la intención del crítico caer en esa autoexaltación presuntuosa, el lector apresurado se la atribuye, a menos que expresamente se ponga en guardia contra ello, y, en ese caso surge la acusación de falta de juicio crítico.

Por lo tanto, cuando el crítico señala un error cometido por un Federico el Grande o un Bonaparte, esto no significa que él mismo no lo habría cometido. En realidad podría admitir que, de haber ocupado el lugar de esos generales, habría podido cometer errores mucho más grandes, pero no deja de saber cuáles son estos errores, y, por la relación general de los acontecimientos, exige de la sagacidad del general en cuestión que haya reparado en ellos.

En consecuencia, se trata de una opinión formada sobre la base de la relación de los acontecimientos y, por lo tanto, también sobre la base del resultado. Pero el resultado en sí tiene sobre el juicio otro efecto bastante diferente, es decir, cuando es usado simplemente como evidencia, en pro o en contra de la procedencia de una medida. Esto puede ser llamado juicio de acuerdo con el resultado. A primera vista, este juicio parece inútil, y sin embargo, no lo es en absoluto.

Cuando Bonaparte, en 1812, marchó sobre Moscú, todo dependía de si, gracias a la toma de la ciudad y los acontecimientos precedentes, habría sido capaz de llevar al emperador Alejandro a firmar la paz, como había hecho después de la batalla de Friedland en 1807, y como había obligado a hacer al emperador Francisco I en 1805 y 1809, después de Austerlitz y Wagram. Porque si Bonaparte no obtenía la paz en Moscú, no le quedaba otra alternativa que el regreso, o sea, una derrota estratégica. Omitiremos lo que hizo Bonaparte para llegar a Moscú y si, en su avance, habría perdido muchas oportunidades de inducir al emperador Alejandro a firmar la paz. Excluiremos también toda consideración sobre las circunstancias desastrosas que jalonaron su retirada y que tal vez tuvieron su origen en la conducción general de la campaña. La cuestión será siempre la misma, porque, aunque el resultado hasta el momento de llegar a Moscú podría haber sido mucho más brillante, siempre quedará la incertidumbre de saber si el emperador Alejandro se habría atemorizado y habría firmado la paz. Y aun si la retirada no hubiera contenido en sí misma esos gérmenes de desastre, nunca hubiese podido ser sino una gran derrota estratégica. Si el emperador Alejandro hubiera convenido en una paz desventajosa para él, la campaña habría estado al nivel de las de Friedland, Austerlitz y Wagram. Pero éstas, si no hubieran conducido a la paz, probablemente habrían terminado también en catástrofes similares. Por lo tanto, por grandes que fueran la fuerza, la habilidad y la sabiduría con que el conquistador del mundo encaró su tarea, esta última «cuestión expuesta al azar» continuó siendo la misma. ¿Descartaremos, entonces, las campañas de 1805, 1807 y 1809 y, a causa de la de 1812, diremos que fueron actos de imprudencia, que su éxito iba en contra de la naturaleza de las cosas y que en 1812 la justicia estratégica finalmente encontró por sí misma expedito el camino contra la ciega fortuna? Sería esta una conclusión injustificable, un juicio muy arbitrario al que le faltaría necesariamente parte de la prueba, porque ningún ser humano puede investigar el hilo que enlaza el encadenamiento necesario de los acontecimientos, hasta llegar a la decisión tomada por los generales vencidos.

Tampoco podemos decir que la campaña de 1812 merecía el mismo éxito que las otras y que la razón por la que dio uno resultado distinto residía en algo que era antinatural, pues difícilmente la firmeza de Alejandro puede ser considerada como tal.

¿Qué más natural que decir que, en 1805, 1807 y 1809, Bonaparte juzgó correctamente a sus oponentes, y que en 1812 se equivocó? Por lo tanto, en los primeros casos tuvo razón; en el último, cayó en el error, y debemos admitir que la justificación para nuestra opinión reside siempre en el resultado.

Como ya hemos afirmado, en la guerra las acciones no se rigen por resultados seguros, sino por los probables. Todo lo que adolece de incertidumbre debe quedar siempre librado al destino o al azar, como se quiera llamar. Podemos pedir que esto ocurra lo menos posible, pero sólo en relación con el caso particular, es decir, tan poco como sea posible en este caso particular, pero no podemos pedir que se prefiera siempre el caso en que la incertidumbre sea menor. Esto sería un craso error, como cabe deducir de todos nuestros puntos de vista teóricos. Hay casos en que la osadía más grande constituye la sabiduría más grande.

Ahora bien, en todo aquello que la persona que actúa debe dejar librado a la suerte parece haberse agotado completamente su mérito personal y, por lo tanto, extinguido su responsabilidad.

No mucho menos sabemos reprimir un íntimo sentimiento de satisfacción cuando nuestras esperanzas se realizan y, si éstas han sido defraudadas, nos quedamos embargados por un cierto malestar. Y aun el juzgar si una medida es justa o equivocada no debería significar nada más que lo que deducimos del simple resultado, o, más bien, de lo que encontramos en él.

Pero no puede negarse que la satisfacción que nos produce el éxito, así como el disgusto que causa el fracaso, reposan sobre el vago sentimiento de que existe una relación sutil, invisible para los ojos del espíritu, entre el éxito atribuido a la suerte y el que cabe atribuir al genio de la persona que actúa, y esta suposición nos proporciona placer. Lo que tiende a confirmar esta idea es el hecho de que nuestra simpatía aumenta y se convierte en un sentimiento más definido si el éxito o el fracaso se repiten frecuentemente en el caso de la misma persona. Así, llega a comprenderse por qué en la guerra el azar adquiere un carácter mucho más noble que en el juego. Por lo general, nos complacerá seguir al militar afortunado siempre que no afecte a nuestros intereses a lo largo de su carrera.

Por lo tanto, la crítica, después de haber sopesado t do lo que integra el cálculo y la convicción humanos, permitirá que el resultado sea la norma para juzgar esa parte donde la correlación profunda y misteriosa de las cosas no da forma a fenómenos visibles, y por un lado protegerá a este juicio sereno ante una autoridad superior basada en un tumulto de opiniones imperfectas, mientras que, por el otro, rechazará el burdo abuso que pueda hacerse de esa instancia suprema. Este veredicto del resultado tiene, en consecuencia, que proporcionarnos lo que la sagacidad humana no puede descubrir, y esto será exigido, principalmente, por las condiciones y las actividades de la mente, en parte porque lo menos que éstas admiten es que se forme con ellas un juicio aceptable, y en parte debido a que su íntima relación con la voluntad les permite ejercer más fácilmente una mayor influencia. Cuando el miedo o el valor precipitan una decisión, no hay nada objetivo que permita decidir entre ellos y, en consecuencia, no hay nada gracias a lo cual la sagacidad y el cálculo puedan llegar al resultado probable.

Incluiremos ahora aquí algunas observaciones sobre el instrumento de la crítica, o sea, el lenguaje que usa, porque en cierto sentido éste se halla estrechamente relacionado con la acción en la guerra, ya que el examen crítico no es otra cosa que la deliberación que tiene que haber precedido a esa acción. Por lo tanto, consideramos muy esencial que el lenguaje de la crítica tenga el mismo carácter que debe asumir el de la deliberación en la guerra, porque, de otro modo, dejaría de ser práctico y no proporcionaría a la crítica acceso a las realidades de la vida.

Al considerar la teoría de la conducción de la guerra, afirmamos que debe educar la mente del jefe, o, más bien, que debe guiar su educación, lo cual no tiene por objeto suministrarle enseñanzas y sistemas que podría usar como instrumentos mentales. Pero así como en la guerra, para juzgar el caso que se plantee, no se necesita apelar a la ayuda científica, o por lo menos en escala tal como sea admisible, si la verdad no ha de participar en ello, por lo menos en forma sistemática, y si no ha de encontrársela nunca en forma indirecta, sino de modo directo, mediante la visión mental librada a sí misma, esto también habrá de ocurrir en el examen crítico.

Es verdad que, como ya hemos observado, en todos los casos en que sería muy complicado definir la naturaleza real de las circunstancias la crítica debe confiar en las verdades que la teoría ha establecido sobre ese punto. Pero del mismo modo que en la guerra la persona que actúa se somete a estas verdades teóricas, no porque las considere como leyes exteriores e inflexibles, sino porque ha asimilado el espíritu de esas verdades, también la crítica debería utilizarlas no como ley exterior o fórmula algebraica cuya verdad no necesita ser demostrada en cada caso, sino que debería permitir que esas verdades brillaran desde el principio hasta el fin, dejando sólo a la teoría la prueba más pormenorizada y circunstancial. Así evitaría la fraseología misteriosa y oscura y adoptaría el camino de un lenguaje sencillo y de un claro encadenamiento de ideas, o sea, siempre visible.

Es evidente que esto no puede ser obtenido en todo momento de forma completa, pero aun así tiene que ser el propósito que se imponga la exposición crítica. Ésta habrá de usar las formas complejas del conocimiento lo menos posible y no deberá nunca apelar a la interpretación científica como si se tratara de un aparato que contuviese en sí mismo la verdad, sino que habrá de realizar todo mediante una percepción interior libre y natural.

Pero, lamentablemente, hasta ahora rara vez ha prevalecido en los exámenes críticos tal intención piadosa, si se nos permite esta expresión; la mayoría de ellos, encabezados por la vanidad, hacen gala más bien de un ostentoso despliegue de ideas.

El primer defecto con el que nos encontramos indefectiblemente es la aplicación torpe, totalmente inadmisible, de ciertos sistemas unilaterales como si se tratara de un verdadero código de leyes. Pero no resulta problemático mostrar la unilateralidad de este sistema, y no se necesita nada más para rechazar definitivamente su veredicto. Aquí tenemos que tratar con un objetivo definido, y como, después de todo, el número de sistemas posible no puede ser grande, también en sí mismos sólo constituyen un mal menor.

Una desventaja mucho más seria reside en el hecho de que estos sistemas se acompañan ostentosamente de términos técnicos, expresiones científicas y metáforas, que son llevados a uno y otro lado como si fueran el populacho alborotado o los civiles que siguen sin jefe visible a un ejército. Todo crítico que no haya adoptado todavía un sistema completo, ya sea porque ninguno le satisface o porque aún no ha conseguido dominar uno a fondo, querrá al menos aplicarlo en forma fragmentaria, del mismo modo que uno aplicaría una regla a fin de mostrar las equivocaciones cometidas por un general. La mayoría de estos críticos son incapaces de razonar sin apoyarse, siquiera en un fragmento, en teorías militares científicas. Los fragmentos más insignificantes, que consisten en meras palabras científicas y metáforas, a menudo no son más que artificios decorativos de la narración crítica. Naturalmente, todas las expresiones técnicas y científicas que pertenecen a un sistema pierden su propiedad, si alguna vez la han tenido, tan pronto como son separadas de ese sistema para ser usadas como preceptos generales, o como diminutas aristas de verdad que rivalizan en fuerza de demostración con el lenguaje sencillo.

Así ha sucedido que nuestros libros teóricos y críticos, en lugar de ser simples y sencillos, en los cuales el autor por lo menos siempre sabe lo que dice y el lector lo que lee, rebosan de términos técnicos que constituyen puntos oscuros de intersección, donde el autor y el lector se alejan uno de otro. Pero con gran frecuencia son algo todavía peor: cáscaras huecas sin germen alguno. El mismo autor no tiene una percepción clara de lo que desea decir, y recurre entonces a ideas vagas que si fueran expresadas con claridad no serían satisfactorias ni siquiera para él.

El tercer defecto de la crítica es el del abuso de los ejemplos históricos y el gran despliegue de material de lectura y erudición. Ya hemos definido qué entendemos por historia del arte de la guerra, y en capítulos especiales desarrollaremos nuestros puntos de vista sobre los ejemplos y sobre la historia de la guerra en general. El uso a la ligera y en forma precipitada de un hecho puede conducir a sostener los puntos de vista más opuestos, y cuando se describen en la forma más heterogénea tres o cuatro de estos hechos, evidenciados a tenor de tierras lejanas y tiempos remotos, y puestos juntos, sólo conducen por lo general a distraer y conturbar el juicio, sin que se obtenga demostración alguna; porque, al ser expuestos a la luz, resultan ser sólo floreos y hojarasca, que sirvieron de material para que el autor hiciera alarde de erudición. ¿Qué beneficio para la vida práctica puede deducirse de estas concepciones oscuras, parcialmente falsas, confusas y arbitrarias Tan escaso es el beneficio, que por causa de ellas la teoría siempre fue la verdadera antítesis de la práctica, y con frecuencia cayó en el ridículo ante aquellos cuyas cualidades militares en el campo de batalla los colocaban por encima de toda cuestión. Sería imposible que esto hubiera ocurrido si la teoría, con lenguaje sencillo y mediante un modo natural de tratar las cosas que constituyen la conducción de la guerra, hubiera tratado simplemente de demostrar sólo lo que admitía ser demostrado; si, evitando todas las pretensiones falsas y el despliegue extemporáneo de formas científicas y paralelos históricos, se hubiera limitado a tratar el tema y hubiese actuado al unísono con los que deben conducir los asuntos en el campo de batalla, sirviéndose de su íntima percepción natural.

Capítulo VI

DE LOS EJEMPLOS

Los ejemplos históricos aclaran todas las cuestiones y proporcionan, por añadidura, el tipo de prueba más convincente en el terreno empírico del conocimiento. Esto reza para el arte de la guerra más que para cualquier otro. El general Scharrihorst, cuyo compendio sobre la guerra real es el mejor de todos cuantos hayan sido escritos, declara que los ejemplos históricos constituyen en este tema la parte más importante, y los utiliza de forma admirable. Si hubiera sobrevivido a la gran guerra en la que cayó, nos habría proporcionado una prueba aún más explícita del espíritu observador y esclarecedor con el que trataba todas sus experiencias.

Pero rara vez los escritores teóricos hacen un uso adecuado de los ejemplos históricos. En su mayoría, la forma en que los utilizan más bien está planteada no sólo para dejar descontenta a la inteligencia, sino incluso para ofenderla. En consecuencia, creemos que es importante considerar en especial el uso correcto y el abuso de los ejemplos.

Sin duda, los conocimientos que constituyen la base del arte de la guerra pertenecen a las ciencias empíricas. Pero si bien derivan principalmente de la naturaleza de las cosas, sin embargo, en su mayor parte sólo partiendo de la experiencia podemos llegar a conocer la esencia de esa naturaleza. Además, la aplicación práctica es modificada por tantas circunstancias, que los efectos nunca pueden ser percibidos por completo a partir de la mera naturaleza de los medios.

Los efectos de la pólvora, ese gran agente de la actividad militar, sólo fueron aprehendidos a través de la experiencia, y hasta la fecha se realizan continuamente experimentos para investigarlos de forma más completa. Es obvio, sin duda, que una bala de plomo a la que por medio de la pólvora se le ha dado una velocidad de 1000 pies por segundo, tiene que destrozar todas las cosas vivientes que alcanza en su recorrido.

No necesitamos que la experiencia nos lo demuestre. Pero, al determinar este efecto, ¡cuántas circunstancias conexas se hallan implicadas, algunas de las cuales sólo pueden ser percibidas por medio de la experiencia! Y no consideramos únicamente el efecto físico; nos interesa también el efecto moral, y el único camino para percibirlo y calcularlo es el de la experiencia. En la Edad Media, cuando las armas de fuego acababan de ser inventadas, su efecto físico, debido a su construcción imperfecta, era insignificante, como es lógico, comparado con el que tiene ahora, pero su efecto moral era mucho mayor. Uno tendría que haber visto realmente la firmeza de esas masas adiestradas y conducidas por Bonaparte, en su ciclo de conquistas, bajo el cañoneo más intenso e ininterrumpido, para comprender lo que pueden realizar tropas curtidas por la extensa práctica en el peligro, cuando una retahíla de victorias las ha llevado a actuar siguiendo la excelsa regla de exigir de sí mismas el máximo posible. Esto nunca sería verosímil para la simple imaginación. Por otra parte, es bien sabido que, aún hoy, en los ejércitos europeos existen tropas que pueden ser dispersadas fácilmente con algunos disparos de cañón, como son las de los tártaros, los cosacos, los croatas, etc.

Pero ningún campo empírico del conocimiento, y en consecuencia ninguna teoría de la guerra, puede complementar siempre sus verdades con pruebas históricas; en cierta medida, también sería difícil ilustrar cada caso individual con la única base de la experiencia.

Si en la guerra cierto medio se muestra muy eficaz, se tiende a repetirlo. Uno copia al otro, y el medio llega a ser una forma corriente y de uso, con base en la experiencia ocupando su lugar en la teoría, que se contenta con recurrir a la experiencia, para indicar su origen, pero no para demostrar su eficacia.

Pero cosa distinta es si la experiencia ha de ser usada para reemplazar un medio en uso, para demostrar la eficacia de uno dudoso, o para introducir uno nuevo; entonces los ejemplos particulares extraídos de la historia deben citarse como prueba.

Si consideramos más detenidamente el uso de un ejemplo histórico, podemos distinguir fácilmente cuatro puntos de vista.

En primer lugar, cabe ser usado simplemente como explicación de una idea. En toda discusión abstracta resulta muy fácil ser mal comprendido o completamente ininteligible. Cuando un autor teme incurrir en ello, recurre a los ejemplos históricos, que servirán para presentar más claramente sus ideas y asegurarse de que es comprendido por sus lectores.

En segundo lugar, puede servir como aplicación de una idea, porque por medio de un ejemplo se crea la ocasión de mostrar la acción de esas circunstancias menores que no pueden ser percibidas por la expresión general de una idea, ya que en ello consiste, precisamente, la diferencia entre la teoría y la experiencia. En uno y otro caso nos referimos a ejemplos verdaderos.

En tercer lugar, podemos considerar especialmente el hecho histórico para fundamentar lo antes dicho. Esto basta en todos los casos en que se desea comprobar la mera posibilidad de un fenómeno o un efecto.

En cuarto y último lugar, cabe deducir alguna teoría de la presentación circunstancial de unos hechos históricos y de la comparación entre alguno de ellos, teoría que encuentra entonces su prueba verdadera en este mismo testimonio.

Para el primero de estos propósitos, todo lo que se requiere generalmente es una mención rápida del caso, porque sólo es usado desde un único punto de vista.

Incluso la exactitud histórica resulta ser una consideración secundaria. Un caso inventado puede asimismo servir a ese propósito; pero los ejemplos históricos tienen que ser siempre preferidos porque acercan más la idea que ilustran a la vida práctica misma.

El segundo uso presupone una presentación más circunstancial de los hechos, pero de nuevo la exactitud histórica tiene aquí una importancia secundaria, y en relación con este punto podemos decir lo mismo que en el primer caso.

Para el tercer propósito, por lo general basta la simple mención de un hecho indudable. Si se afirma que las posiciones fortificadas pueden cumplir su objetivo bajo ciertas circunstancias, sólo es necesario mencionar la posición de Bunzelwitz en apoyo de esa afirmación.

Pero si tiene que ser demostrada una verdad general por medio de la narración de un caso histórico, entonces todo lo que se relacione con la afirmación debe ser analizado exacta y cuidadosamente; por así decir, debe ser reconstruido minuciosamente ante los ojos del lector. Cuanto menor sea la eficacia con que esto puede ser realizado, más débil será la prueba y se hará más necesario compensar el poder demostrativo del que adolece el caso aislado, citando un número más amplio de casos, porque tenemos el derecho de suponer que los detalles más minuciosos que nos es imposible mencionar se neutralizan recíprocamente en relación con sus efectos, en cierto número de casos.

Si queremos probar, por medio de la experiencia, que la caballería está mejor situada detrás de la infantería que en idéntica línea con ella: que es muy peligroso, si no se cuenta con una decidida superioridad numérica, efectuar un movimiento envolvente con columnas ampliamente separadas, ya sea en el campo de batalla o en el teatro de la guerra, o sea, táctica o estratégicamente, entonces, en el primero de estos casos, no bastaría con citar algunas derrotas en las cuales la caballería se encontraba en los flancos de la infantería y algunas victorias en las que la caballería se hallaba en la retaguardia, y, en el último caso, no sería suficiente remitirnos a las batallas de Rívoli y Wagram, al ataque de los austríacos sobre el teatro de la guerra en Italia en 1796 o al de los franceses en el teatro de la guerra alemán, en el mismo año. Por medio de la investigación detallada de las circunstancias y de los acontecimientos considerados uno por uno debe ser mostrada la forma en que estos diferentes ataques y posiciones pudieron contribuir a que se produjera el mal resultado en cada uno de estos casos. Sólo entonces sabremos en qué medida pueden ser censuradas esas formas, punto que es muy necesario señalar, ya que una censura total, efectuada de cualquier modo, no se correspondería con la verdad.

Ya ha sido demostrado que, cuando es imposible un relato detallado de los hechos, una prueba deficiente puede ser reemplazada en alguna medida por la cita de un cierto número de casos; pero es indudable que es este un recurso peligroso y del cual se ha hecho demasiado abuso. En lugar de un ejemplo expuesto con gran detalle, se tratan ligeramente tres o cuatro, dándose así la apariencia de una prueba convincente. Pero hay cuestiones en las que no se prueba nada por mucho que se presenten una docena de casos similares, como son aquellas que se producen con frecuencia, frente a las cuales pueden ser presentados con la misma facilidad otros doce casos de resultado opuesto. Si se enumeran doce batallas perdidas en las que el bando derrotado atacó en columnas separadas, podemos citar otras doce ganadas en las que se usó el mismo orden. Es evidente que por este camino no puede obtenerse ningún resultado.

Mediante la cuidadosa consideración de estas diferentes circunstancias podemos ver con cuánta facilidad cabe hacer mal uso de los ejemplos.

Un acontecimiento que es mencionado en forma superficial, en lugar de ser reconstruido minuciosamente en todas sus partes, es como un objeto observado a gran distancia, que presenta la misma apariencia por todos sus lados y en el que no puede distinguirse su verdadera composición. Tales ejemplos han servido en realidad para fundamentar las opiniones más contradictorias. Para algunos, las campañas de Daun constituyen un modelo de restricción. Para otros no son otra cosa que un ejemplo de timidez y falta de resolución. El paso de Bonaparte por los Alpes Nóricos, en 1797, puede parecer la más eximia de las resoluciones, pero también un acto de pura temeridad. La derrota estratégica de Bonaparte en 1812 puede ser interpretada como la consecuencia ya sea de un exceso de energía como de una falta de ella. Estas dos opiniones han sido expresadas, y es fácil ver que pueden haber surgido porque cada una interpretó la relación existente entre los acontecimientos de forma diferente. Al propio tiempo, estas opiniones antagónicas no pueden reconciliarse recíprocamente y, por lo tanto, una de las dos debe ser necesariamente falsa.

Por más que agradezcamos al excelente Feuquiéres los numerosos ejemplos que incluye en sus memorias ––en parte porque con ello se han conservado gran número de incidentes históricos que de otra forma se habrían perdido, y en parte porque fue el primero en relacionar las ideas teóricas, o sea abstractas, con la vida práctica, hasta donde los casos presentados pueden considerarse que explican y definen con mayor precisión lo que es afirmado teóricamente––, no obstante, de acuerdo con la opinión de los lectores imparciales de nuestros días, apenas alcanzó el objetivo que se propuso a sí mismo: el de probar los principios teóricos por medio de ejemplos históricos. Porque, aunque a veces describe los hechos con gran minuciosidad, sin embargo deja de mostrar que las deducciones extraídas provienen necesariamente de la relación existente entre estos acontecimientos.

Otro mal que resulta de la observación superficial de los acontecimientos históricos es el de que algunos lectores no tienen suficiente conocimiento o memoria de ellos como para ser capaces ni siquiera de captar la intención del autor; de modo que no les queda otro remedio que aceptar ciegamente lo que el autor afirma o continuar careciendo de una verdadera convicción.

Es cierto que resulta extremadamente difícil reconstruir o desarrollar los acontecimientos históricos delante de los ojos del lector de forma adecuada, de tal modo que aquéllos puedan ser usados como pruebas, ya que el escritor carece, por lo general, tanto de los medios como del tiempo o del espacio para obrar así. Pero mantenemos que, cuando nuestro objetivo se centra en sancionar una opinión nueva o dudosa, un solo acontecimiento, analizado a fondo, resulta ser mucho más instructivo que diez tratados superficialmente. El defecto de este tratamiento superficial no es que el escritor presente su historia con la pretensión injustificada de querer probar algo por medio de ella misma, sino que no ha conocido los acontecimientos en forma adecuada, y de esta manera descuidada y veleidosa de encarar la historia surgen puntos de vista falsos e intentos de elaboración de teorías que nunca habrían aparecido si el escritor hubiera considerado como un deber deducir de la estricta relación de los acontecimientos todo lo nuevo de la historia que quisiera ofrecer y buscara probar, y ello de modo concluyente.

Cuando estemos convencidos de las dificultades que entraña el uso de los ejemplos históricos y, al mismo tiempo, de la necesidad de exigirlos, también coincidiremos en que la historia de la guerra más sobresaliente ha de ser siempre el campo más natural de donde seleccionar ejemplos, con la sola condición de que esa historia sea conocida y haya sido recopilada de forma satisfactoria.

No se trata sólo de que los períodos más remotos guardan relación con circunstancias diferentes y, por lo tanto, con una conducción distinta de la guerra, y que, en consecuencia, los acontecimientos producidos en esos períodos son menos instructivos para nosotros, ya sea teórica o prácticamente, sino también que es lógico que la historia de la guerra, como cualquier otra, pierde gradualmente cierto número de pequeños rasgos y detalles que existían originariamente, que cede cada vez más en vida y en colorido, al igual que una pintura oscurecida o desvaída, de la que al final sólo se conservan las grandes masas y los rasgos sobresalientes, adquiriendo de este modo proporciones excesivas.

Si consideramos el estado actual de la conducción de la guerra, podemos decir que, desde la guerra de Sucesión austríaca, las contemporáneas a ella son casi las únicas que guardan una considerable similitud con el presente, al menos en lo que respecta al armamento, y que, a pesar de los muchos cambios que se han producido, en circunstancias grandes y pequeñas, están suficientemente cerca de las guerras modernas como para proporcionarnos enseñanzas considerables. Bastante distinto es el caso de la guerra de Sucesión española, ya que en aquel tiempo el uso de las armas de fuego no estaba todavía bien desarrollado y la caballería era aún el arma más importante. Cuanto más retrocedemos, a medida que la historia de la guerra se hace más árida y más pobre en detalles, menos útil nos resulta. Necesariamente la historia más estéril tiene que ser la de los tiempos antiguos.

Pero esta inutilidad no es en verdad absoluta; se relaciona sólo con esas cuestiones que dependen del conocimiento de detalles minuciosos o con aquellas en que ha variado el método de conducción de la guerra. Aunque conocemos muy poco sobre la táctica empleada en las batallas entabladas entre suizos y austríacos, o en las de los borgoñones contra los franceses, encontramos sin embargo en ellas la evidencia inequívoca de que fueron las primeras en las que se puso de manifiesto la superioridad de una buena infantería sobre la mejor caballería. Una mirada general a la época de los condottieri nos enseña cómo el método total de conducir la guerra depende del instrumento que se use, porque en ningún otro período las fuerzas utilizadas en la guerra habían presentado en tal alto grado las características de un instrumento especializado y habían sido separadas en forma tan completa del resto de la vida civil y política. La forma extraordinaria como los romanos, en la segunda guerra púnica, atacaron a los cartagineses en España y África, mientras Aníbal se encontraba en Italia sin haber sido todavía derrotado, puede ser estudiada como un caso muy instructivo, ya que se conocen suficientemente bien las relaciones generales de los estados y los ejércitos en las cuales residía la eficacia de esa resistencia indirecta.

Pero cuanto más descienden las cosas a lo particular y más se desvían de las generalidades puras, tanto menos podremos buscar ejemplos y experiencias en los períodos muy remotos, porque no tenemos el medio de juzgar en forma adecuada acontecimientos análogos, ni podemos aplicarlos a nuestros medios, por completo diferentes.

Lamentablemente, sin embargo, siempre ha existido una gran tendencia al apriorismo al tratar los acontecimientos de los tiempos antiguos. No discutiremos qué participación pudieron haber tenido en ello la vanidad y la palabrería, pero en la mayoría de los casos no somos capaces de descubrir ninguna intención honesta ni ningún esfuerzo serio para enseñar y convencer y, en consecuencia, sólo podemos considerar esas alusiones como adornos floreados destinados a tapar resquicios y ocultar defectos.

Sería de inmensa utilidad enseñar el arte de la guerra por medio de ejemplos históricos, como se propuso hacer Feuquiéres. Pero sería este un trabajo que ocuparía toda una vida, si hemos de concluir en que el que lo emprendiera debería primero adquirir la competencia para la tarea mediante una larga experiencia personal en la guerra real.

Quienquiera que, llevado por convicciones íntimas, desee emprender esa tarea, tiene que prepararse para cumplirla como si tuviera que efectuar un largo peregrinaje. Tendrá que sacrificar su tiempo, no retroceder ante esfuerzo alguno, ni temer a ningún poder temporal, y habrá de elevarse por encima de todo sentimiento de vanidad personal y de falso pundonor, para decir, de acuerdo con el código francés, sólo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

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